Venezuela tiembla: dos terremotos, edificios caídos y un país obligado a sobrevivir otra vez
Venezuela sufrió este 24 de junio dos golpes sísmicos consecutivos que han sacudido no solo la costa central del país, sino también la idea miserable de que las tragedias naturales llegan a territorios neutros. No llegan a territorios neutros. Llegan a ciudades con edificios envejecidos, servicios públicos castigados, familias empobrecidas, hospitales al límite y barrios donde la vida cotidiana ya era una prueba de resistencia antes de que el suelo empezara a moverse.
El primer terremoto fue registrado por el Servicio Geológico de Estados Unidos a las 18:04, con una magnitud de 7,2, cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy, a unos 280 kilómetros al oeste de Caracas. Casi inmediatamente después, un segundo terremoto, todavía más fuerte, golpeó la misma zona: magnitud 7,5, con epicentro cerca de Yumare. Antes, las primeras mediciones hablaron de 7,1 en las inmediaciones de Morón, en Carabobo. Las cifras se revisan, sí. Pero la destrucción no espera a que los organismos técnicos terminen de ajustar decimales.
Aldama se queja de pagar impuestos por una comisión de seis millones en plena pandemia
Hay escenas que resumen una época mejor que cualquier informe judicial. Víctor de Aldama, empresario, comisionista y condenado por el Tribunal Supremo a cuatro años y medio de cárcel en el caso Mascarillas, apareció este martes en Telemadrid para explicar su particular tragedia fiscal: ganó millones durante lo peor de la pandemia y, por encima, tuvo que pagar impuestos.
Sí. Ese es el nivel.
Mientras miles de trabajadoras y trabajadores sanitarios se jugaban la vida con bolsas de basura, mascarillas reutilizadas y turnos imposibles, mientras las enfermeras y enfermeros entraban en habitaciones sin saber si saldrían contagiados, mientras las familias enterraban a sus muertos sin despedirse, había quien hacía números. No números de camas. No números de respiradores. Números de comisión.
Colombia ante el negocio de la guerra: puerta abierta al militarismo de De la Espriella
Colombia vuelve a mirar al abismo con una mezcla conocida: miedo, promesas de mano dura y una derecha que vende la guerra como si fuera una política pública. En el Putumayo, junto a la frontera con Ecuador, un centenar de guerrilleros de la Coordinadora Nacional de Combatientes espera desde el 14 de junio en un centro instalado por el Gobierno de Gustavo Petro. Ya entregaron las armas. Lo hicieron sin un marco legal sólido, sin garantías claras y con un calendario político encima: el 7 de agosto tomará posesión Abelardo De la Espriella, presidente electo de extrema derecha, abogado penalista de 47 años y nuevo apóstol de la guerra sin cuartel.
La escena es cruel. Un proceso de paz que no termina de cerrar nada deja a gente armada en transición, a territorios abandonados y a un Estado incapaz de sostener lo que promete. Petro llegó al poder en 2022 con la bandera de la “paz total”. La idea era ambiciosa, quizá necesaria, pero acaba su mandato sin acuerdos definitivos y con varios grupos armados más fuertes que al inicio. El ELN conserva control en zonas de frontera con Venezuela. Las disidencias de las antiguas FARC han crecido. Y el secuestro, que parecía una herida en retirada, vuelve a rondar los 350 casos al año.
La derecha ya tiene su relato servido: la paz fracasó, entonces toca plomo. Simple. Brutal. Falso. Porque el fracaso de una política de paz mal ejecutada no convierte la guerra en una solución inteligente. La convierte, como tantas veces, en el refugio de quienes no saben gobernar otra cosa que el miedo.
Inglaterra se cuece: el clima que negaron ya está cerrando escuelas, hospitales y trenes
Inglaterra y Gales están viviendo una escena que debería liquidar de una vez la comedia negacionista. Calor extremo, escuelas cerradas, tiendas bajando persianas, centros comunitarios paralizados, citas hospitalarias retrasadas y trenes suspendidos por toda la red. No hablamos de una incomodidad de verano. Hablamos de un país que empieza a comprobar, con el asfalto blando bajo los pies, que fue construido para un clima que ya no existe.
La Met Office ha lanzado por segunda vez en la historia una alerta roja por calor, la máxima. Solo ese dato bastaría para callar a quienes siguen vendiendo el cambio climático como una exageración de ecologistas, científicas y científicos, activistas y adolescentes con pancartas. Pero no se callan. Nunca se callan. Porque el negacionismo no nace de la ignorancia: nace de los intereses.
Albania marca el camino: un país se planta ante la familia Trump
Las protestas estallaron hace tres semanas, cuando las excavadoras empezaron a talar zonas boscosas y a arrasar dunas antiguas en un espacio protegido. La reserva de Pishë Poro-Narta, en la península de Zvërnec, no es un solar vacío esperando a que llegue la genialidad inmobiliaria de turno. Allí se encuentra uno de los últimos ríos salvajes de Europa. Sus costas protegen una laguna interior clave para la migración de cientos de aves raras y para más de 70 especies en peligro de extinción. Flamencos, focas monje, tortugas bobas. Vida, dicho de otra manera. Vida que no cotiza bien cuando aparece el capital depredador con casco blanco y sonrisa de folleto.
La “revolución de los flamencos” nació de ahí. De un límite. De ver cómo se levantaba una valla para impedir el acceso público. De ver a guardias privados enfrentarse a vecinas y vecinos. De ver a un terrateniente local arrastrado esposado por un terreno rocoso mientras la policía miraba. La escena resume una época: la seguridad privada empuja, el Estado calla y el dinero avanza.
Trump insulta a España y Rutte agacha la cabeza: la OTAN como patio trasero de la Casa Blanca
Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se sienta ante las cámaras: humillar, amenazar y llamar liderazgo a una mezcla bastante vulgar de matonismo y negocio militar. Esta vez fue en el Despacho Oval, el 24 de junio, con Mark Rutte al lado, secretario general de la OTAN, mirando como quien presencia un atropello diplomático y decide que lo prudente es no molestar al conductor.
El presidente de Estados Unidos cargó contra Italia, Reino Unido, Alemania, Francia y España. No con una discrepancia política. No con una crítica razonada. Con desprecio. “Me ha decepcionado Italia”, dijo. “Me ha decepcionado el Reino Unido. Nos ha decepcionado Alemania y Francia. Nos han decepcionado la mayoría de ellos. España es un auténtico desastre. España es terrible, no quieren pagar nada”. Así habla el supuesto líder del “mundo libre” cuando sus socios no aplauden lo bastante rápido una guerra ilegal.
Almeida convierte el Ayuntamiento en una agencia de colocación del PP
Hay gente que tarda meses en encontrar empleo. Hay jóvenes con máster, idiomas, alquiler imposible y contratos basura que encadenan entrevistas para cobrar poco más que la supervivencia. Hay trabajadoras y trabajadores públicos que opositan durante años para acceder a una plaza con garantías. Y luego está Madrid. O mejor dicho: el Madrid del PP, ese ecosistema donde algunas puertas no se abren por mérito, sino por parentesco político, cercanía institucional y una red de favores que ya ni se molesta en disimular.
El Ayuntamiento de José Luis Martínez-Almeida ha tardado un solo día en recolocar a F. T., pareja de Jorge Rodrigo, consejero de Vivienda, Transportes e Infraestructuras de Isabel Díaz Ayuso, después de su salida forzosa de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo. Un día. Ni una semana de luto administrativo. Ni una pausa para guardar las formas. Un día para salir de una empresa pública donde su contratación había sido cuestionada por la Oficina Antifraude y entrar como personal eventual en el equipo del alcalde.
El estanque podrido de Trump: 2.028 pies de ego, chapuza y poder
Donald Trump quería una imagen. Otra. Porque su política, muchas veces, funciona así: primero la imagen, luego el relato, después la amenaza y, si todo sale mal, la culpa siempre es de alguien más. El Reflecting Pool del Lincoln Memorial, ese espejo de agua que une simbólicamente el Monumento a Washington con la estatua de Abraham Lincoln, debía convertirse en una exhibición de mando, limpieza, grandeza nacional y pintura azul “American flag”. Una postal para vender gestión. Una piscina ideológica.
Pero el agua no obedeció.
El análisis publicado por The Guardian el 23 de junio describe una escena casi demasiado perfecta para ser real: el estanque, de 2.028 pies, convertido en una masa verde por una floración de algas, con olor desagradable, turistas haciendo fotos, equipos de televisión entrevistando a visitantes y la obra de 14,7 millones de dólares reducida a espectáculo de fracaso público. No es una anécdota menor. Es una maqueta del poder cuando se cree constructor y solo sabe posar junto a los escombros.
Trump había prometido limpiar, embellecer y reforzar el Reflecting Pool. Dijo que estaba deteriorado por la dejadez de presidentes anteriores. Muy suyo. La culpa siempre viene heredada, incluso cuando la chapuza lleva su firma fresca. Según el artículo, adjudicó el contrato sin concurso a una empresa que, de acuerdo con su propia explicación, ya había trabajado en piscinas de uno de sus clubs de golf. El Estado como extensión del resort privado. La democracia como mantenimiento de club.
La rehabilitación debía estar lista para el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio. Todo muy solemne, todo muy bandera, todo muy azul imperial. Pero en cuestión de semanas, el supuesto símbolo renovado acabó cubierto de algas. El viernes anterior al reportaje, se observó incluso una pieza de unos 4 pies del nuevo revestimiento azul oscuro flotando parcialmente en el agua. El decorado se despegaba. Literalmente.
Y aquí aparece la parte más trumpista de todas. Ante la humillación, el presidente no asumió el ridículo. Denunció sabotaje. Afirmó que vándalos habían causado un corte de 300 pies en el estanque, que lo habían contaminado ilegalmente con productos químicos y que habían marcado un “86 47” gigante en el césped cercano, una referencia usada como jerga para deshacerse de Trump. Según el propio relato, al menos 5 personas fueron arrestadas, entre ellas el ex piragüista olímpico David Hearn, que negó públicamente los cargos. Trump amenazó con 10 años de cárcel.
Diez años por tocar la pintura que se cae. Ahí está el país que vende libertad mientras convierte una chapuza estética en asunto policial. Cuando el poder no puede tapar su incompetencia, criminaliza a quien la señala.
EL ESTANQUE QUE REFLEJA DEMASIADO
El Reflecting Pool no es cualquier estanque. Es el lugar desde el que multitudes escucharon a Martin Luther King pronunciar “I have a dream”. Es un espacio cargado de memoria democrática, lucha civil, dignidad colectiva. Y ahora, bajo la mirada de Lincoln, aparece como un charco turbio de propaganda mal ejecutada, residuos flotantes y hojas atrapadas en una esquina. Un pato muerto llegó a hacerse viral en redes, según recoge el análisis. La imagen es brutal porque no necesita editorial. Se explica sola.
No es que el estanque sea el mayor problema de Estados Unidos. El propio texto lo sitúa junto a asuntos mucho más graves: la negociación para acabar la guerra en Irán, la inflación elevada y unas elecciones de medio mandato en el horizonte. Pero precisamente por eso funciona como símbolo. Porque el trumpismo no es solo la gran amenaza autoritaria en discursos inflamados. También es esto: una obra pública convertida en capricho personal, un contrato discutible, una estética patriótica pegada con prisa, una crisis inventada para ocultar la crisis real.
George Derek Musgrove, historiador y coautor de Chocolate City: A History of Race and Democracy in the Nation’s Capital, lo resume con dureza: Trump quiso usar el estanque para avergonzar a la administración Obama, desviar la atención de la guerra en Irán y abrazar su identidad de constructor. Pero al imponer una solución que no resolvía el problema de las algas y entregar un contrato sin concurso a una empresa cuestionada por su experiencia, el asunto empezó a oler a corrupción. No solo a agua estancada. A régimen.
La empresa responsable, Atlantic Industrial Coatings, defendió que las zonas necesitadas de reparación eran “una parte muy pequeña” del proyecto total de 7 acres, es decir, 2,83 hectáreas, y que no demostraban un fallo del revestimiento. Es la defensa habitual de la chapuza: no miren el desastre completo, miren solo el porcentaje. Pero la política no se mide únicamente en metros cuadrados dañados. Se mide en lo que revela. Y esto revela mucho.
Trump ha querido rehacer Washington a su imagen. Derribó el Ala Este de la Casa Blanca para abrir paso a un salón de baile, tomó el control del John F. Kennedy Center for the Performing Arts, aunque después su nombre fue retirado de la fachada, y presentó planes para un arco triunfal. Monumentos, mármol, salones, nombres dorados. La pulsión imperial de quien confunde gobernar con marcar territorio.
Sidney Blumenthal, biógrafo de Lincoln y antiguo asesor de Bill y Hillary Clinton, lo formuló de manera demoledora: Trump quería un monumento para sí mismo en Washington y por fin lo tiene. Es este estanque. Una metáfora perfecta de cleptocracia, fracaso, incompetencia y desastre ante el Lincoln Memorial.
Y quizá ahí esté la clave. El Reflecting Pool ya no refleja a Lincoln ni a la nación que quiso contarse a sí misma una historia de emancipación imperfecta. Refleja otra cosa. Refleja a un poder obsesionado con el brillo, incapaz de gestionar el barro, dispuesto a llamar vandalismo a su propia torpeza y justicia a la intimidación policial. Refleja el capitalismo de la apariencia: millones para barnizar una postal mientras el fondo se pudre.
Trump quería un espejo azul patriótico. Ha conseguido un charco verde que devuelve exactamente lo que es.
Ester Expósito contra el ‘puritanismo rancio’: “Me parece hipócrita que se apropien de nuestro discurso para quitarnos libertad”
Ester Expósito se sentó el 24 de junio en el sofá de Henar Álvarez, en Al cielo con ella, y no fue precisamente para esquivar el asunto. La actriz abordó la polémica de la Casita de Bad Bunny, esa parte del escenario del cantante puertorriqueño en la que apareció bailando y que, por lo visto, ha servido para que media España descubra una nueva emergencia nacional: una mujer joven moviéndose como le da la gana.
Antes de entrar al barro, Expósito hizo algo bastante más honesto que muchas de las personas que la han señalado. Aclaró que la demanda de diversidad le parece necesaria. “Que se pida diversidad y cuerpos distintos de mujeres me parece maravilloso y estoy totalmente de acuerdo”, vino a decir. Queremos ver la realidad. Mujeres distintas, cuerpos distintos. Hasta ahí, ningún problema. El problema empieza cuando esa reivindicación se utiliza como coartada para montar otro juicio moral contra una mujer concreta. Otra vez. Siempre otra vez.
Tucker Carlson rompe con Trump: cuando el monstruo descubre que el imperio también lo devora
ucker Carlson no se ha vuelto progresista. Conviene dejarlo claro desde la primera línea para no caer en entusiasmos baratos. Tucker Carlson sigue siendo Tucker Carlson: un comunicador reaccionario, una figura central de la derecha dura estadounidense, un propagador de bulos, un arquitecto televisivo del resentimiento blanco y una de las voces que más ayudó a normalizar el trumpismo como espectáculo político. Pero que alguien así rompa con los republicanos dice mucho del nivel de descomposición interna del monstruo.
La ruptura se hizo oficial en una entrevista grabada el 18 de junio en el pódcast Can’t Be Censored. Allí, el antiguo comunicador estrella de Fox News lo dijo sin demasiada vuelta: “No voy a apoyarlos. No hay ninguna posibilidad de que lo haga”. No hablaba de los demócratas. No anunciaba una epifanía democrática. Hablaba del Partido Republicano, el mismo bloque político al que dice haber apoyado durante 35 años, el mismo aparato que lo convirtió en altavoz, símbolo y agitador.
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Más de medio millón de personas ya han visto nuestro vídeo sobre cómo los centros de datos de la IA nos están dejando sin agua
Más de medio millón de personas han visto ya nuestro vídeo sobre el verdadero coste de los centros de datos de la inteligencia artificial. Más de medio millón. Y no lo han visto porque el asunto sea una curiosidad tecnológica ni porque les interese saber cómo funciona un servidor. Lo han visto porque cada vez más gente entiende que esa cosa aparentemente abstracta llamada IA tiene una existencia muy física: edificios gigantescos, subestaciones eléctricas, tuberías, kilómetros de cableado y millones de litros de agua desapareciendo dentro de sistemas de refrigeración.
La respuesta al vídeo confirma algo que las grandes tecnológicas preferirían seguir escondiendo detrás de anuncios llenos de palabras como innovación, progreso y futuro. La preocupación es real. La gente sabe que no estamos hablando de una nube mágica flotando sobre nuestras cabezas, sino de una industria pesada que quiere apropiarse de recursos públicos para alimentar negocios privados. Y quiere hacerlo deprisa, antes de que las comunidades entiendan qué les están plantando al lado de casa.
Nuestro vídeo reúne las advertencias de Erin Brockovich, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, un exboxeador estadounidense, Alexandria Ocasio-Cortez y Naciones Unidas. Personas con trayectorias, ideologías y responsabilidades muy distintas. Todas están mirando hacia el mismo lugar. Todas están viendo cómo la expansión descontrolada de los centros de datos amenaza el agua, dispara el consumo eléctrico y concentra todavía más poder en manos de un puñado de corporaciones.
Xbox despide a 3.200 personas: el riesgo era de los jefes, la factura es de la plantilla
Xbox acaba de confirmar la mayor reestructuración de su historia. El 6 de julio, Asha Sharma comunicó a la plantilla que la división reducirá aproximadamente 3.200 puestos durante el año fiscal 2027, con 1.600 despidos inmediatos y cuatro estudios saliendo de Xbox hacia nueva gestión. Microsoft, en paralelo, recorta unos 4.800 empleos en total, alrededor del 2% de su plantilla global. No es una anécdota. Es una purga empresarial envuelta en lenguaje de consultora.
La frase oficial es casi una confesión: “nuestro negocio hoy no es saludable”. La dirección reconoce márgenes entre 3 y 10 veces inferiores a los de negocios comparables, una base instalada menor, costes más altos y una apuesta por Game Pass, el modelo multiplataforma y una cartera más amplia de contenidos que “no creció al ritmo esperado”. Dicho sin barniz corporativo: los jefes imaginaron una máquina de crecimiento infinito, compraron estudios, multiplicaron equipos, alargaron inversiones y ahora explican que se equivocaron. Pero quienes salen por la puerta no son quienes vendieron la fantasía. Son trabajadoras y trabajadores que hicieron exactamente lo que les dijeron.
Sony quiere matar el disco: juegos digitales para ricos y propiedad de mentira
Sony ya ha puesto fecha al entierro del formato físico. En su propia web de PlayStation avisa de que, desde enero de 2028, los nuevos juegos lanzados para PlayStation se podrán comprar en PlayStation Store y en tiendas, pero solo en formato digital. Los discos de juegos publicados antes de esa fecha seguirán funcionando, sí. Ese matiz importa. Pero el camino está marcado: el futuro que Sony quiere vender no cabe en una estantería, cabe en una cuenta, en una contraseña, en un servidor y en unas condiciones de uso que casi nadie lee porque están escritas precisamente para que casi nadie las lea.
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15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
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Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
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