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La izquierda acepta una derrota por menos de un punto mientras la ultraderecha prepara el regreso del país al bloque de Trump, Netanyahu y los enemigos de la paz.
UNA DERROTA MÍNIMA Y UNA RESPONSABILIDAD QUE LA ULTRADERECHA JAMÁS HABRÍA TENIDO
Iván Cepeda reconoció este miércoles 24 de junio la victoria de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia. Lo hizo sin épica barata, sin delirio conspirativo, sin llamar a romper el país. “He decidido aceptar el resultado que señala que Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de la República”, afirmó el candidato del Pacto Histórico. Una frase dura. Durísima. No por su teatralidad, sino por lo que certifica: Colombia se asoma a cuatro años de oscuridad tras una elección decidida por una diferencia mínima.
La noticia no es solo que De la Espriella haya ganado. La noticia es que Cepeda ha reconocido su victoria, que la izquierda ha decidido no incendiar Colombia pese a una distancia inferior al 1%, y que el país queda ahora en manos de una ultraderecha que ya ha empezado a enseñar sus alianzas. Trump fuera. Israel fuera. Revancha dentro. El manual entero.
De la Espriella se impuso en los comicios celebrados este domingo con 12,9 millones de votos, el 49,78%, y una ventaja de menos de un punto porcentual sobre Cepeda. Es decir, una victoria legal, sí, pero no una coronación social. No hay aval histórico. No hay plebiscito moral. No hay país entregado en bloque a la ultraderecha. Hay una sociedad partida, con millones de personas que votaron contra ese proyecto y que ahora tendrán que resistir desde las calles, las instituciones, los sindicatos, las universidades, los barrios y los territorios.
Cepeda lo recordó con claridad: “Menos de un 1% de los votos separan a las candidaturas”. Ese dato debería pesar como una losa sobre cualquier gobierno que pretenda actuar como si hubiera recibido un cheque en blanco. Pero ya sabemos cómo funciona el cinismo del poder. Cuando la derecha gana por un pelo, habla como si hubiera arrasado. Cuando la izquierda gana por millones, le piden moderación, renuncias, paciencia y perdón.
“Compatriotas, hemos llegado al final de una intensa controversia electoral; ha sido una contienda política decisiva para el destino de Colombia”, dijo Cepeda. Y lo fue. No estamos ante una alternancia normal entre programas equivalentes. Colombia no ha elegido entre dos administraciones grises. Ha quedado atrapada entre dos horizontes políticos: uno que hablaba de paz, convivencia y diálogo, y otro que llega desde la tradición más dura de la derecha latinoamericana, esa que siempre llama libertad al privilegio y orden a la obediencia.
Cepeda aceptó el resultado “como un acto de responsabilidad democrática” y para contribuir a “la convivencia, a la paz y al diálogo”. Ahí hay una diferencia esencial. La izquierda, incluso derrotada por menos de un punto, elige sostener el suelo democrático. La ultraderecha, cuando pierde, suele acusar fraude, señalar enemigos internos, inventar conspiraciones y convertir la derrota en gasolina para el odio. Lo hemos visto demasiadas veces. En Estados Unidos, en Brasil, en Europa, en todas partes donde el trumpismo ha dejado su peste política.
Aceptar una derrota no significa bendecir el proyecto ganador. No significa silencio. No significa resignación. Significa reconocer una cifra y prepararse para defender todo lo que esa cifra amenaza. Porque De la Espriella no llega solo. Llega con una cultura política detrás, con una red internacional detrás y con un programa de restauración autoritaria que no necesita esconder demasiado sus intenciones.
TRUMP, ISRAEL Y EL REGRESO AL BLOQUE DE LOS PODEROSOS
Cepeda denunció también una “abierta e indebida injerencia extranjera” en los asuntos internos de Colombia. Apuntó directamente a Donald Trump y a su gobierno por sus intervenciones a favor de Abelardo de la Espriella durante el proceso electoral. No es un detalle diplomático. Es una señal de época. La ultraderecha ya no actúa como una suma de fenómenos locales. Se organiza, se protege, se amplifica y se legitima a escala internacional.
Trump se ha convertido en algo más que un presidente estadounidense. Es una plantilla. Un método. Una forma de pudrir la conversación pública hasta convertir cualquier debate en una pelea de barro. Su fórmula es conocida: miedo al cambio, odio al adversario, culto al dinero, desprecio a las y los pobres, persecución de las minorías, insulto como política exterior y mentira como cemento ideológico. En Colombia, esa sombra ha planeado sobre una elección decidida por menos del 1%. Conviene no mirar hacia otro lado.
La primera señal internacional de De la Espriella ha sido igual de clara. Tras recibir la felicitación del ministro israelí de Exteriores, Gideon Saar, anunció que Colombia “restaurará y fortalecerá” sus relaciones diplomáticas con Israel. “Colombia restaurará y fortalecerá su relación con el Estado de Israel como nunca antes. Israel puede contar con Colombia como un amigo leal y un aliado firme”, afirmó. Ahí está la fotografía del nuevo poder. Sin maquillaje. Sin complejos. Sin pudor.
Mientras el mundo asiste al genocidio en Gaza, mientras Netanyahu debería responder ante la justicia internacional, mientras miles de niñas y niños palestinos han sido convertidos en escombros con nombre, la ultraderecha colombiana corre a prometer lealtad a Israel. No habla primero de hambre. No habla primero de desigualdad. No habla primero de paz interna. Habla de restaurar una alianza con un Estado señalado por su maquinaria de destrucción. Cada cual elige sus prioridades. De la Espriella ya ha elegido las suyas.
Cepeda respondió rechazando que las futuras autoridades colombianas reanuden relaciones diplomáticas “con un gobierno genocida” y subrayó que “Netanyahu debe ser juzgado por una corte internacional por genocidio”. Esa frase marca una frontera ética. De un lado, quien reconoce una derrota para evitar que el país arda. Del otro, quien celebra su llegada al poder prometiendo amistad firme a un gobierno manchado por el asedio a Gaza. La diferencia no es de estilo. Es de humanidad.
Ahora vendrán los editoriales pidiendo calma. Vendrán los tertulianos y tertulianas de siempre explicando que hay que dar tiempo al nuevo presidente. Vendrán los mercados sonriendo, las embajadas respirando tranquilas, los grandes apellidos brindando por la estabilidad. La estabilidad, ya se sabe, suele ser el nombre elegante que las élites dan a su tranquilidad cuando abajo empieza el miedo.
Pero Colombia no puede permitirse ingenuidad. Una victoria de 12,9 millones de votos, con el 49,78% y una diferencia inferior a un punto porcentual, no borra a la otra mitad del país. No borra a las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. No borra a las mujeres que han sostenido la vida frente a la violencia. No borra a las y los trabajadores, a las víctimas, a las juventudes que salieron a las calles, a quienes defendieron la paz cuando la guerra era negocio y bandera.
De la Espriella gobernará. Cepeda lo ha reconocido. Esa es la noticia. Pero el reconocimiento democrático de una derrota no convierte en democrático todo lo que venga después. Al contrario: obliga a mirar cada paso con más atención, porque los próximos cuatro años pueden ser una restauración de los viejos poderes con traje nuevo, una larga noche de revancha vestida de orden.
Cepeda ha reconocido la victoria; Colombia, en cambio, acaba de reconocer el tamaño del abismo.
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