23 Jul 2026

Categoría: MEDIO AMBIENTE

DESTACADA, MEDIO AMBIENTE

Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe 

Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.

Ahora ha decidido presentarse al Congreso.

Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.

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Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen 

La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.

En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.

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Más de medio millón de personas ya han visto nuestro vídeo sobre cómo los centros de datos de la IA nos están dejando sin agua 

Más de medio millón de personas han visto ya nuestro vídeo sobre el verdadero coste de los centros de datos de la inteligencia artificial. Más de medio millón. Y no lo han visto porque el asunto sea una curiosidad tecnológica ni porque les interese saber cómo funciona un servidor. Lo han visto porque cada vez más gente entiende que esa cosa aparentemente abstracta llamada IA tiene una existencia muy física: edificios gigantescos, subestaciones eléctricas, tuberías, kilómetros de cableado y millones de litros de agua desapareciendo dentro de sistemas de refrigeración.

La respuesta al vídeo confirma algo que las grandes tecnológicas preferirían seguir escondiendo detrás de anuncios llenos de palabras como innovación, progreso y futuro. La preocupación es real. La gente sabe que no estamos hablando de una nube mágica flotando sobre nuestras cabezas, sino de una industria pesada que quiere apropiarse de recursos públicos para alimentar negocios privados. Y quiere hacerlo deprisa, antes de que las comunidades entiendan qué les están plantando al lado de casa.

Nuestro vídeo reúne las advertencias de Erin Brockovich, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, un exboxeador estadounidense, Alexandria Ocasio-Cortez y Naciones Unidas. Personas con trayectorias, ideologías y responsabilidades muy distintas. Todas están mirando hacia el mismo lugar. Todas están viendo cómo la expansión descontrolada de los centros de datos amenaza el agua, dispara el consumo eléctrico y concentra todavía más poder en manos de un puñado de corporaciones.

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Julia Butterfly Hill: la mujer que tuvo que vivir 738 días en un árbol porque el capitalismo quería talarlo 

Julia Butterfly Hill tenía 23 años cuando decidió subirse a una secuoya roja llamada Luna, en California, para impedir que la talaran. Dicho así puede sonar casi amable, como una escena bonita de activismo ambiental, una postal verde para gente sensible. Pero no. Aquello no fue una tarde de protesta. No fue una foto para redes. No fue una performance cómoda para limpiar conciencias. Fue una declaración de guerra pacífica contra una maquinaria económica que entiende la vida como inventario y los bosques como una fila de cifras esperando pasar por caja.

Julia vivió 738 días en la copa de Luna. Setecientos treinta y ocho días sobre una secuoya de más de mil años, a unos 60 metros de altura, soportando frío, tormentas, aislamiento, presión empresarial y el desprecio habitual de quienes llaman exagerada a cualquier persona que se niega a obedecer al dinero. Mientras abajo seguía funcionando esa normalidad obscena que convierte un árbol milenario en madera, un bosque en propiedad y un ecosistema en mercancía, ella permaneció arriba. Sola, pero no derrotada.

Hay que detenerse ahí. Luna ya estaba viva antes de que existiera Estados Unidos. Antes de sus banderas, sus bancos, sus autopistas, sus campañas electorales y sus empresas con nombre de progreso. Una secuoya que había atravesado siglos terminó dependiendo del cuerpo de una joven de 23 años porque el sistema que presume de civilización no fue capaz de protegerla. Ese es el escándalo. No la protesta. El escándalo es que hiciera falta.

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Gigafactorías de IA: el nuevo pelotazo digital que amenaza con convertir territorios enteros en zonas de sacrificio 

Europa quiere tener su propia inteligencia artificial. Esa es la frase bonita. La vendible. La que cabe en una rueda de prensa, en un plan estratégico y en un titular amable sobre soberanía tecnológica. Bruselas no quiere depender de Estados Unidos ni de China para entrenar modelos de IA, desplegar sistemas avanzados y sostener su propia infraestructura digital. Hasta ahí, cualquiera entiende el problema.

Pero luego viene la letra pequeña. Y la letra pequeña pesa toneladas.

La Unión Europea ha puesto sobre la mesa 20.000 millones de euros para levantar entre tres y cinco grandes “gigafactorías de IA”. España quiere una. El Gobierno ha decidido correr antes incluso de que Bruselas publique el concurso oficial y ya ha aprobado más de 1.000 millones de euros para apuntalar la candidatura: 719 millones para la sociedad público-privada que gestionaría la infraestructura y otros 300 millones como aportación voluntaria a EuroHPC, el organismo europeo que coordina las inversiones en supercomputación.

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El planeta ya no deja dormir: el capitalismo convirtió la noche en otra trinchera climática 

La crisis climática ha dejado de ser una advertencia escrita en informes para convertirse en una experiencia física. Se nota en la piel. En la respiración. En esa cama donde el cuerpo debería recuperar fuerzas y ya solo encuentra una habitación convertida en horno. El planeta se calienta, sí, pero hay un dato especialmente brutal: las noches se están calentando más rápido que los días. Y eso no es una anécdota meteorológica. Es una amenaza sanitaria global.

Un estudio publicado el 22 de junio en Nature Climate Change, liderado por Rebecca Emerton, confirma una escalada que debería estar abriendo informativos durante días. Desde la década de 1970, el estrés térmico se ha intensificado en todo el mundo. No hablamos solo de temperatura. Hablamos de la carga real que soporta el cuerpo humano cuando se combinan calor, humedad, viento y radiación solar. Es decir, no lo que marca el termómetro, sino lo que el cuerpo sufre.

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Jornada intensiva cada vez más pronto: el clima cambió, los convenios siguen dormidos 

Este domingo 22 de junio comenzó la primera ola de calor del verano. No en agosto. No en pleno calendario vacacional. En junio. Y con ella se ha vuelto a abrir una pregunta que ya no admite mucho maquillaje: ¿tiene sentido que las jornadas intensivas en sectores como la construcción empiecen en julio cuando el calor extremo ya está golpeando antes?

La respuesta es bastante sencilla. No. Lo que ocurre es que este país tiene una habilidad enfermiza para adaptar la vida de las personas trabajadoras al calendario empresarial, pero una resistencia feroz a adaptar la economía a la realidad física del planeta. El calor llega antes, llega más fuerte y llega con más frecuencia. Las empresas lo saben. Las administraciones lo saben. Los sindicatos lo llevan denunciando años. Pero una parte del mercado laboral sigue funcionando como si el cambio climático fuera una tertulia, no una amenaza concreta para quienes suben a un andamio, limpian calles, reparten paquetes, trabajan en naves industriales, cuidan patios escolares o cargan materiales bajo un sol que ya no perdona.

El cambio climático no es una previsión. Es una condición laboral.

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Asturias acaba de sentir el clima que viene 

En la madrugada del 22 de junio, Asturias vivió uno de esos episodios que algunos titulares aún intentan envolver en el celofán de lo “viral”, como si el problema fuese la espectacularidad del fenómeno y no el mundo que lo está fabricando. Un rayo impactó sobre la antena de RTVE situada en el Monte Naranco, en plena tormenta seca, y poco después llegó el golpe: un reventón cálido que elevó la temperatura en torno a 10 grados en muy poco tiempo en varios puntos del centro del Principado.

En Oviedo, según los datos difundidos por Daniel Pérez, responsable de la Estación Meteorológica de Oviedo-Buenavista, el termómetro pasó de 23,7 grados a 33,3 grados en media hora. Media hora. De una noche cálida a una madrugada sofocante. De dormir con incomodidad a sentir que el aire se convertía en una pared. No en Sevilla. No en Córdoba. No en una llanura abrasada de la Meseta. En Asturias.

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Que todo arda, que nadie pague: Doñana sigue esperando justicia nueve años después 

El 24 de junio de 2017, Doñana sufrió el incendio más grave en décadas. Ardieron más de 8.000 hectáreas en el entorno de Las Peñuelas, en Moguer. Nueve años después, el paisaje ya no humea, pero el expediente judicial sí. Huele a abandono, a burocracia, a esa forma tan española de dejar que el tiempo lo pudra todo hasta que la indignación se canse antes que los tribunales.

Según publicó elDiario.es el 21 de junio, el proceso sigue sin avances reales desde mayo de 2024, cuando el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 2 de Moguer dictó un auto para continuar como procedimiento abreviado las diligencias contra tres personas investigadas. Tres investigados. Un incendio monstruoso. Una zona devastada. Y una causa que, a fecha de junio de 2026, ni siquiera ha dado traslado a las partes personadas —las dos acusaciones particulares y la Fiscalía— de la copia de las actuaciones para que puedan calificar el delito y presentar sus escritos de acusación.

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España entra en la primera ola de calor y el país vuelve a fingir sorpresa 

España encara la primera ola de calor de la temporada. No una tarde pesada. No un episodio incómodo. Una ola de calor. La Agencia Estatal de Meteorología lo plantea con claridad: por extensión, intensidad y duración, lo que llega a partir del fin de semana cumple las condiciones para dejar de hablar de una anomalía puntual y empezar a hablar de otro aviso serio. Otro más.

La previsión no deja demasiado margen al maquillaje. Temperaturas de hasta 40 grados durante el día. Noches tropicales por encima de los 20 grados. Jornadas con valores entre 5 y 10 grados superiores a lo normal para esta época del año, e incluso más de 10 grados por encima de lo habitual en puntos de la mitad del país. Lo dijo Rubén del Campo, portavoz de Aemet, en declaraciones recogidas por Efe: “Dadas las altas temperaturas que se esperan, la persistencia del episodio y la extensión geográfica afectada, es probable que nos encontremos ante la primera ola de calor de este verano”.