Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Una secuoya milenaria necesitó una guardiana humana porque las leyes, los gobiernos y el mercado ya habían decidido que valía más muerta que viva.
LUNA, LA SECUOYA QUE EL MERCADO YA HABÍA CONDENADO
Julia Butterfly Hill tenía 23 años cuando decidió subirse a una secuoya roja llamada Luna, en California, para impedir que la talaran. Dicho así puede sonar casi amable, como una escena bonita de activismo ambiental, una postal verde para gente sensible. Pero no. Aquello no fue una tarde de protesta. No fue una foto para redes. No fue una performance cómoda para limpiar conciencias. Fue una declaración de guerra pacífica contra una maquinaria económica que entiende la vida como inventario y los bosques como una fila de cifras esperando pasar por caja.
Julia vivió 738 días en la copa de Luna. Setecientos treinta y ocho días sobre una secuoya de más de mil años, a unos 60 metros de altura, soportando frío, tormentas, aislamiento, presión empresarial y el desprecio habitual de quienes llaman exagerada a cualquier persona que se niega a obedecer al dinero. Mientras abajo seguía funcionando esa normalidad obscena que convierte un árbol milenario en madera, un bosque en propiedad y un ecosistema en mercancía, ella permaneció arriba. Sola, pero no derrotada.
Hay que detenerse ahí. Luna ya estaba viva antes de que existiera Estados Unidos. Antes de sus banderas, sus bancos, sus autopistas, sus campañas electorales y sus empresas con nombre de progreso. Una secuoya que había atravesado siglos terminó dependiendo del cuerpo de una joven de 23 años porque el sistema que presume de civilización no fue capaz de protegerla. Ese es el escándalo. No la protesta. El escándalo es que hiciera falta.
La empresa Pacific Lumber quería talar. Como tantas otras. Como casi siempre. El lenguaje cambia, la lógica no: aprovechamiento, desarrollo, crecimiento, productividad. Palabras limpias para operaciones sucias. Y cuando las y los activistas se interponen, el poder les llama radicales. Radical es pensar que un ser vivo de más de mil años vale menos que una cuenta de resultados trimestral. Radical es ponerle precio a un bosque y llamar empleo a su destrucción. Radical es mirar una secuoya y ver un producto.
Julia no usó violencia. No necesitó convertir la rabia en daño. Se puso delante de la motosierra con su propio cuerpo, con una obstinación incómoda, paciente, desesperante para quienes creen que todo el mundo se compra, se agota o se rinde. Y ganó. Pacific Lumber aceptó proteger Luna mediante un acuerdo de conservación. Luna sigue en pie.
LO BRUTAL NO FUE SUBIRSE AL ÁRBOL, FUE TENER QUE HACERLO
La historia de Julia Butterfly Hill se hizo tan conocida que terminó entrando incluso en la cultura popular, vinculada al capítulo de Los Simpson “Lisa the Tree Hugger”. El sistema tiene esa habilidad: primero ridiculiza a quienes resisten, luego intenta convertir su resistencia en anécdota simpática. La activista loca del árbol. La chica idealista. La ecologista intensa. La caricatura siempre llega cuando el poder necesita desactivar el ejemplo.
Pero aquí no hay nada pintoresco. Lo brutal no es que una mujer viviera casi dos años en un árbol. Lo brutal es que un árbol milenario necesitara una mujer viviendo sobre él para no acabar despedazado. Lo brutal es que las leyes no bastaran. Que los gobiernos no bastaran. Que la administración, la propiedad, la economía y esa palabra tan manoseada llamada progreso ya hubieran elegido el lado de la motosierra. Cuando proteger la vida exige actos heroicos, lo que ha fracasado no es la ciudadanía: lo que ha fracasado es el sistema.
Y todavía hay más. En el año 2000, alguien atacó Luna con una motosierra y le abrió una herida brutal en el tronco. Ni siquiera después del acuerdo. Ni siquiera después de la visibilidad internacional. Ni siquiera después de que el árbol se convirtiera en símbolo. La violencia contra la naturaleza no descansa porque no nace de un arrebato aislado: nace de una cultura. Una cultura que enseña que todo puede explotarse, perforarse, talarse, comprarse, venderse y abandonarse cuando deja de dar beneficios.
Por eso la historia de Luna no pertenece al pasado. No es una postal vieja del ecologismo estadounidense. Es una advertencia para este presente lleno de empresas verdes en los anuncios y de devastación real en los territorios. Las multinacionales aprendieron a decir sostenibilidad con voz suave mientras siguen arrasando montes, ríos, costas y barrios. Las y los gobernantes aprendieron a hacerse fotos con árboles mientras firman licencias. Y una parte de la prensa aprendió a llamar conflicto a lo que muchas veces es saqueo.
Queremos más Julias. Sí. Pero conviene decirlo entero: no porque el mundo necesite mártires, sino porque el mundo está lleno de miserables poniendo precio a todo. Queremos más Julias y más Lunas porque cada territorio arrasado, cada bosque convertido en negocio, cada río enfermo y cada comunidad expulsada repiten la misma pregunta: quién se pone delante. Quién dice basta. Quién entiende que defender la vida no es romanticismo de privilegiadas y privilegiados, sino una forma elemental de supervivencia colectiva.
La resistencia de Julia Butterfly Hill fue pacífica, incómoda y profundamente política. No pidió permiso para amar un árbol. No esperó a que quienes cobran por destruir explicaran con PowerPoint que la destrucción era inevitable. Se subió a Luna y obligó al mundo a mirar hacia arriba. A mirar a una joven de 23 años resistiendo 738 días a 60 metros de altura para defender una vida de más de mil años.
Porque cuando el poder llama progreso a destruir la vida, resistir no es romanticismo: es supervivencia.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir