20 Jul 2026

Categoría: POLÍTICA ESTATAL

POLÍTICA ESTATAL, PRINCIPAL

Nacho Cano, la pirámide del privilegio que acabó con 6,2 millones en deudas 

El gran espectáculo de Nacho Cano prometía contar la conquista de México como una luminosa historia de amor, evangelización y mestizaje. Al final, la obra que mejor retrata su trayectoria no es la que se representaba sobre el escenario, sino la que se desarrollaba detrás: favores políticos, escaparates públicos, despidos improcedentes, un curso sin reconocimiento oficial y una empresa incapaz de pagar sus deudas. Malinche cerró en Madrid en marzo de 2025 y su promotora terminó reconociendo un pasivo de más de 6,2 millones de euros frente a unos activos valorados en 2,5 millones.

El Juzgado de lo Mercantil número 12 de Madrid admitió el concurso voluntario de Producciones Malinche mediante un auto publicado el 28 de abril de 2026. La sociedad reconocía que no disponía de liquidez para atender sus obligaciones inmediatas. Había dejado de depositar sus cuentas anuales después de 2021, cuando ya declaraba pérdidas de 231.243 euros, pese a disponer entonces de activos por unos 4,5 millones. No fue una caída inesperada. Fue una debacle cocinada durante años bajo los focos.

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Vallejo-Nájera: el Mengele español que la democracia siguió condecorando 

El 3 de julio de 2026, Pedro Sánchez anunció que el Consejo de Ministros tramitaría la retirada de la condecoración. El gesto es necesario. También llega tarde. No estamos ante un vestigio escondido en un archivo, sino ante un reconocimiento oficial mantenido durante 51 años de democracia.

Vallejo-Nájera no fue un médico que cometió algunos excesos al calor de una guerra. Fue jefe de los Servicios Psiquiátricos del ejército franquista, coronel, ideólogo del régimen y responsable de investigaciones concebidas para demostrar una conclusión política decidida de antemano: que las personas marxistas, republicanas y defensoras de la igualdad eran mentalmente inferiores.

La psiquiatría no fue para él una herramienta de cuidado. Fue un uniforme más.

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El PP copia el manual de Trump y Bolsonaro para ensuciar las urnas 

Lo que está haciendo el PP con sus bulos sobre el proceso electoral no es nuevo, ni brillante, ni siquiera original. Está calcado del manual que Donald Trump activó en 2020 en Estados Unidos y que Jair Bolsonaro agitó en 2022 en Brasil: sembrar sospechas antes de que ocurra nada, convertir derechos en amenazas, presentar a quienes votan como material sospechoso y dejar flotando la idea de que solo hay democracia cuando gana la derecha.

Ahora el objetivo es el voto exterior, la llamada “ley de nietos” y el crecimiento del censo de personas españolas residentes fuera. Feijóo no necesita decir “pucherazo” con todas las letras para jugar a eso. Le basta con hablar de “ingeniería electoral”, insinuar que el Gobierno está fabricando votantes y colocar bajo sospecha a cientos de miles de personas que han recuperado la nacionalidad por vías legales. El País señala que el PP ha cuestionado el voto de más de 300.000 nuevos ciudadanos registrados al amparo de la Ley de Memoria Democrática y ha extendido dudas sobre el trabajo de funcionarias, funcionarios y personal diplomático encargado de tramitar peticiones de 2,45 millones de descendientes.

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Patriotismo de pulsera y deuda con Hacienda: la España de la bandera en la muñeca también aparece en la lista de morosos 

La Agencia Tributaria publicó el 30 de junio su decimotercera lista de grandes morosos con Hacienda. Y, otra vez, el retrato es incómodo. No solo por los nombres famosos. No solo por las cifras. También por la estética. Por esa manera tan española, tan de plató, tan de palco, de confundir el amor al país con llevar la bandera en la muñeca mientras la deuda con lo público queda para otro día. Patriotismo de mercadillo para tapar agujeros fiscales.

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El Financial Times retrata el Madrid de Ayuso: una capital convertida en escaparate para ricos 

El Financial Times ha puesto palabras —y bastante incómodas— a lo que en Madrid se ve desde hace tiempo caminando por sus barrios: la capital se ha convertido en una ciudad de moda, sí, pero también en una máquina de triturar vida cotidiana. El diario británico, fundado en 1888 y con más de dos millones de lectores diarios, ha dedicado un amplio reportaje a la Comunidad de Madrid y a la transformación de una ciudad que ya no se vende solo como capital administrativa, sino como refugio dorado para turistas, inversores, nómadas digitales y fortunas extranjeras.

El enlace al análisis original es este: https://www.ft.com/content/8955cbef-afe8-4c9f-8381-b279c7f4c2c0

La postal es muy bonita, claro. Fachadas luminosas, terrazas llenas, museos, gastronomía, sol, barrios “vibrantes”, ese vocabulario tan de folleto para gente que puede pagar 3.000 euros al mes por vivir donde antes vivía una familia trabajadora. Pero detrás del brillo aparece la pregunta de siempre. La pregunta sucia. ¿Quién gana con este modelo y quién se queda mirando desde fuera?

Porque Madrid crece. Madrid atrae. Madrid se llena de dinero. Pero no todo crecimiento es prosperidad. A veces es simplemente expulsión con camareros sonrientes, copas caras y apartamentos turísticos.

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Menos misiles y más botijos: Europa arde mientras Bruselas mira al cuartel 

España conoce bien la liturgia del calor. El botijo, el abanico y el toldo forman parte de una cultura popular que aprendió antes que muchos ministerios que sobrevivir al verano también es una cuestión material. No es folclore. Es adaptación. Es inteligencia colectiva. Es la respuesta humilde de quienes nunca necesitaron un comité de expertos para entender que el sol, cuando aprieta, mata.

Wyoming lo resumió con una frase que funciona porque golpea donde debe: “menos drones, menos misiles y menos tanques y más toldos, más botijos y más abanicos”. Detrás de la broma hay una evidencia incómoda. Europa está entrando en una fase climática que ya no admite discursos de sobremesa ni promesas para 2050. La amenaza no viene. Ya está aquí. Y viene con vías férreas deformadas, centrales nucleares paradas por el calor, ciudades del norte colapsadas y personas mayores muriendo en sus casas sin hacer ruido.

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PP, los derechos no caen del cielo 

Jaime de los Santos subió el 25 de junio a la tribuna del Congreso y dejó una frase pensada para titulares: “Soy del PP, soy maricón y me siento muy orgulloso de ambas cosas”. La frase funcionó. Circuló, se comentó, se aplaudió en ciertos espacios y permitió al Partido Popular colocarse, por unos minutos, una medalla que no le pertenece. La de la libertad conquistada por otras personas. La de los derechos arrancados a mordiscos por quienes estuvieron antes, muchas veces enfrente del propio PP.

La intervención llegó durante la votación de una iniciativa del PSOE para penalizar las llamadas terapias de conversión, esas prácticas dirigidas a eliminar, corregir o negar la orientación sexual, la identidad sexual o la expresión de género. Dicho de forma menos burocrática: intentos de disciplinar cuerpos y vidas que no caben en la moral de siempre. La propuesta salió adelante con 178 votos a favor, 32 en contra de Vox y 137 abstenciones del PP. Ahí está el dato. Frío, bastante más elocuente que cualquier discurso.

Porque el problema no es que De los Santos dijera que es “maricón”. El problema es pretender convertir esa afirmación en coartada política mientras su partido evitaba votar a favor de proteger a quienes siguen siendo señalados, castigados o humillados por ser quienes son. No basta con pronunciar una palabra si luego se esquiva el voto que protege vidas concretas. Eso no es valentía institucional. Es marketing con bandera arcoíris prestada.

Mónica García lo clavó este fin de semana con una réplica. Le recordó a De los Santos que pudo llegar al Congreso y decir eso gracias a personas como Carla Antonelli, que se dejaron la piel cuando hacerlo costaba insultos, amenazas, carrera política, familia y tranquilidad. “No dijiste soy maricón en 2005, no dijiste soy maricón en 2007, lo dices en 2026”, vino a decirle. Y ahí está la clave. No es lo mismo llegar cuando la puerta está abierta que haber estado empujándola mientras desde dentro echaban el cerrojo.

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José Manuel Soto y el negocio del “no”: cuanto más ultra, más rentable 

José Manuel Soto volvió a la televisión y volvió a hacer lo que ya forma parte de su personaje público: colocar una frase reaccionaria en horario de consumo masivo y esperar a que el incendio haga el resto. Esta vez fue en De Viernes, tras su paso por Supervivientes 2026, donde recuperó sus declaraciones sobre el consentimiento y la Ley del solo sí es sí. No para rectificar. No para matizar. Para insistir.

Años atrás, Soto escribió en redes que un “no” podía ser “un no”, pero también “un ya veremos” o un “cúrratelo un poco más, chaval”. Añadió otra frase todavía más reveladora: “Si un ‘no’ fuera siempre un ‘no’, muchos no hubiéramos venido al mundo”. La frase quedó ahí, como quedan tantas cosas en este país: flotando entre el chascarrillo machista, la nostalgia del señorito y la coartada de “solo era una opinión”. Pero no era una opinión cualquiera. Era una forma de negar el centro mismo del consentimiento.

El 28 de junio, en Telecinco, lejos de admitir que aquello fue un disparate, Soto volvió a la carga: “Eso fue cuando la Ley del solo sí es sí, que cuando una mujer te dice que no, es que no. Y eso no es así”. Después remató la faena: “Hay veces que una mujer te dice que no y al siguiente día te dice que sí. En ese momento, no. Pero tú sabes perfectamente que las mujeres cuando te dicen que no, a veces te están diciendo: ‘Cúrratelo un poquito más’”. Ahí está el problema. Entero. Sin maquillaje.

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Siempre es igual: tocar poder para cobrar más 

Siempre es igual. Llegan hablando de “gasto político”, de “burocracia”, de “chiringuitos”, de “administración elefantiásica”. Llegan con la motosierra en la boca y la calculadora en el bolsillo. Pero cuando pisan moqueta, la motosierra desaparece. La calculadora, no. La calculadora sirve para otra cosa: para repartir cargos, levantar nuevas direcciones generales, abrir despachos, colocar nombres y convertir la promesa de austeridad en una nómina pública más abultada.

El segundo Gobierno de coalición de PP y Vox en Castilla y León no ha venido a adelgazar nada. Ha venido a ocupar. El 29 de junio, en un Consejo de Gobierno extraordinario que ni siquiera fue comunicado previamente, el Ejecutivo de Alfonso Fernández Mañueco aprobó una nueva estructura autonómica que rompe su propio techo: por primera vez, los altos cargos superarán el centenar. La derecha que decía venir a desmontar el “gasto político” acaba de construir una administración con al menos 105 personas en la cúpula: presidente, vicepresidenta, diez consejeros y consejeras, once viceconsejerías, diez secretarías generales, 63 direcciones generales o cargos asimilados y nueve delegados territoriales.