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Moncloa habría pedido a empresas públicas y participadas por la SEPI que eviten nuevos contratos con el gigante estadounidense. En nuestro #ReportajeSR ya contamos cómo Palantir había entrado en el corazón del sistema de inteligencia militar español mediante un contrato opaco, sin publicidad y con una sola oferta.
Ahora resulta que Palantir era un problema. Ahora. Cuando ya está dentro. Cuando ya ha firmado con Defensa. Cuando ya se ha sentado en una de las mesas más sensibles del Estado: la inteligencia militar.
Según las informaciones publicadas por El Confidencial, Moncloa ha trasladado indicaciones a empresas públicas y compañías participadas por la SEPI para que eviten nuevos contratos con Palantir Technologies, el gigante estadounidense de inteligencia artificial, análisis masivo de datos y software militar cofundado por Peter Thiel. La razón de fondo sería la misma que venimos señalando desde hace meses: soberanía tecnológica, seguridad nacional, dependencia exterior y control de información sensible. No hablamos de una aplicación cualquiera. Hablamos de quién ordena, cruza, interpreta y convierte en decisión política o militar los datos de un Estado. Ahí está el problema. Ahí estaba desde el principio.
En Spanish Revolution ya lo contamos en uno de nuestros #ReportajeSR, presentado por Patricia Salvador: “PALANTIR EN ESPAÑA: el contrato opaco que mete el tecnofascismo en Defensa”. No era una exageración. No era una alarma abstracta. Era un hecho documentado. El BOE publicó el 13 de noviembre de 2023 que la Jefatura de Asuntos Económicos del Estado Mayor de la Defensa había formalizado un contrato con Palantir Technologies Spain S.L. para una “solución de fusión y análisis de inteligencia” en el Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Importe: 16.540.000 euros. Procedimiento: negociado sin publicidad. Ofertas recibidas: una. Una sola. Para meter software de inteligencia militar en el corazón de Defensa.
Conviene repetirlo porque a veces la gravedad se esconde detrás del lenguaje administrativo. “Solución de fusión y análisis de inteligencia” suena limpio, técnico, casi neutro. Pero no lo es. Significa una herramienta capaz de integrar datos, cruzarlos, analizarlos, establecer vínculos, ordenar información sensible y convertir toneladas de datos en mapas de decisión. En un ministerio cualquiera sería delicado. En Defensa es otra cosa. En inteligencia militar, directamente, es una cuestión de soberanía.
Lo que hoy aparece como preocupación en Moncloa ya estaba escrito en aquel contrato. Y estaba escrito también en sus silencios. Porque la adjudicación se hizo mediante un procedimiento negociado sin publicidad, con una única oferta y bajo un marco donde la seguridad nacional servía, precisamente, para reducir la luz pública. El Estado protegía el secreto militar, sí. Pero también terminaba protegiendo el negocio de una empresa privada extranjera. Y cuando el negocio de una empresa privada entra en el núcleo de la inteligencia de un país, la pregunta no es solo cuánto cuesta. La pregunta es quién manda.
Palantir no es una tecnológica inocente que vende hojas de cálculo con marketing futurista. Es una compañía nacida y criada en el ecosistema de defensa, inteligencia, vigilancia y seguridad de Estados Unidos. Su modelo no consiste simplemente en vender software. Consiste en convertirse en infraestructura. Primero entra como prueba. Luego como herramienta. Luego como sistema. Y cuando una administración depende de una arquitectura privada para entender sus propios datos, sacarla ya no es tan fácil. Esa es la trampa. La dependencia no llega de golpe. Llega por fases.
Por eso la noticia conocida ahora no debería leerse como una victoria completa, sino como una confirmación tardía. Si Moncloa está pidiendo a empresas públicas y participadas que frenen nuevos contratos con Palantir, la pregunta obvia es por qué se le abrió antes la puerta en Defensa. Por qué se permitió que una empresa de ese perfil entrase en el Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Por qué se aceptó un procedimiento tan opaco para una decisión tan sensible. Y por qué, una vez más, la ciudadanía se entera cuando el riesgo ya está instalado.
La discusión no va de antiamericanismo barato, ni de tecnofobia, ni de rechazar la innovación porque sí. Va de democracia. Va de control público. Va de soberanía. Va de impedir que las infraestructuras críticas del Estado terminen subordinadas a corporaciones privadas con intereses geopolíticos, militares y económicos propios. Porque los datos no son humo. Los datos son poder. Y quien controla la arquitectura que los procesa controla una parte decisiva de la realidad.
España no puede combatir la dependencia energética, hablar de autonomía estratégica europea y luego entregar sistemas sensibles a gigantes privados de Silicon Valley vinculados al complejo militar estadounidense. No se puede defender la soberanía con discursos y regalarla por contrato. No se puede alertar ahora del riesgo de Palantir mientras se mira hacia otro lado ante el contrato ya firmado con Defensa.
En nuestro #ReportajeSR lo dijimos claro: el peligro no era solo Palantir. El peligro era normalizar que el tecnofascismo entre en las instituciones vestido de eficiencia, seguridad y modernización. Porque así entra siempre. Nunca se presenta diciendo “vengo a privatizar la inteligencia del Estado”. Se presenta prometiendo rapidez, integración, análisis predictivo, superioridad operativa. Palabras impecables. Demasiado impecables. Luego miras el BOE y descubres que el futuro ya se ha adjudicado sin publicidad y con una sola oferta.
Ahora que el Gobierno parece empezar a cerrar la puerta a Palantir en empresas públicas y participadas, toca hacer la pregunta incómoda: ¿qué pasa con Defensa? ¿Qué pasa con el contrato vigente? ¿Qué auditoría pública se va a hacer? ¿Qué alternativas soberanas se están preparando? ¿Qué garantías existen sobre los datos, los accesos, la dependencia tecnológica y la continuidad del sistema? Porque frenar contratos futuros está bien. Pero no basta. La soberanía no se recupera con una llamada discreta a empresas participadas. Se recupera con transparencia, control democrático y decisiones valientes.
Palantir en España no era una anécdota. Era una advertencia. Y Spanish Revolution ya la había contado.
Ver el #ReportajeSR completo:
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