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Europa arde, las infraestructuras fallan y el negacionismo climático sigue haciendo de coartada para no tocar el sistema que nos está llevando al abismo.
Más de 2 millones de personas ya han visto este vídeo porque dice algo que millones sienten en el cuerpo, en la casa, en el trabajo y en la calle: esto ya no es el verano de siempre. Es la crisis climática atravesando Europa sin pedir permiso.
Francia se queda sin mantas térmicas para cubrir ventanas, suma ya más de 1.000 muertos por el calor y apaga centrales nucleares porque no puede mantenerlas refrigeradas. En Países Bajos riegan puentes de acero para evitar daños. En Alemania y Bélgica saltan las vías por la dilatación. En Europa faltan ventiladores, se abren “espacios fríos” en bibliotecas e iglesias, Dinamarca revienta su récord histórico con 37 grados y España mira de frente los 44º, con más de 600 muertos por calor en una sola semana.
Pero claro que sí, guapi: “el calor de siempre”.
No. No es el calor de siempre. Es el cambio climático entrando por la ventana, por las vías del tren, por los hospitales, por las fábricas, por las redes eléctricas y por los cuerpos de quienes no tienen aire acondicionado ni segunda residencia. Europa está descubriendo tarde que sus infraestructuras fueron diseñadas para un clima que ya no existe. Durante décadas hablaron de esto como si fuera un problema del futuro. Pues ya está aquí. Ya es mañana. Y seguimos actuando como si el mundo fuera el mismo de ayer.
La crisis climática no es un accidente meteorológico. Es un crimen político. Una economía basada en petróleo, gas, carbón, cemento, coches, aviones, macrogranjas y beneficios privados ha tratado la atmósfera como un vertedero. Ahora la factura la pagan siempre los mismos: las trabajadoras y trabajadores en pisos sobrecalentados, empleos precarios, barrios sin sombra y servicios públicos debilitados.
Los ricos queman el planeta y luego compran piscinas, refugios y aire acondicionado. Las y los demás aguantan ciudades cada vez más inhabitables, jornadas laborales bajo temperaturas extremas y servicios públicos adelgazados por años de recortes y privatizaciones.
Así que cuando alguien diga que hay que rearmarse para proteger “nuestro futuro”, conviene recordar lo evidente: el futuro no se defiende llenando Europa de armas mientras arde el planeta. El futuro se defiende organizando la rabia, enfrentando el negacionismo climático y repensando el sistema que ha convertido la vida en combustible.
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