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La ministra Mónica García retrató a Jaime de los Santos después de que presumiera en el Congreso de poder decir “soy maricón” mientras su partido se abstenía ante la prohibición de las terapias de conversión.
EL ORGULLO NO LO INVENTÓ EL PP
Jaime de los Santos subió el 25 de junio a la tribuna del Congreso y dejó una frase pensada para titulares: “Soy del PP, soy maricón y me siento muy orgulloso de ambas cosas”. La frase funcionó. Circuló, se comentó, se aplaudió en ciertos espacios y permitió al Partido Popular colocarse, por unos minutos, una medalla que no le pertenece. La de la libertad conquistada por otras personas. La de los derechos arrancados a mordiscos por quienes estuvieron antes, muchas veces enfrente del propio PP.
Jaime de los Santos no decía “soy maricón y del PP” en 2005 ni en 2007 para defender las leyes. Lo dice en 2026 porque antes el colectivo LGTBIQ+ se partió la cara para conquistar los derechos que hoy disfruta y poder gritarlo desde el Congreso.
— Mónica García (@Monica_Garcia_G) June 27, 2026
Luego llegó la votación y apretó… pic.twitter.com/RcYmBFp86z
La intervención llegó durante la votación de una iniciativa del PSOE para penalizar las llamadas terapias de conversión, esas prácticas dirigidas a eliminar, corregir o negar la orientación sexual, la identidad sexual o la expresión de género. Dicho de forma menos burocrática: intentos de disciplinar cuerpos y vidas que no caben en la moral de siempre. La propuesta salió adelante con 178 votos a favor, 32 en contra de Vox y 137 abstenciones del PP. Ahí está el dato. Frío, bastante más elocuente que cualquier discurso.
Porque el problema no es que De los Santos dijera que es “maricón”. El problema es pretender convertir esa afirmación en coartada política mientras su partido evitaba votar a favor de proteger a quienes siguen siendo señalados, castigados o humillados por ser quienes son. No basta con pronunciar una palabra si luego se esquiva el voto que protege vidas concretas. Eso no es valentía institucional. Es marketing con bandera arcoíris prestada.
Mónica García lo clavó este fin de semana con una réplica. Le recordó a De los Santos que pudo llegar al Congreso y decir eso gracias a personas como Carla Antonelli, que se dejaron la piel cuando hacerlo costaba insultos, amenazas, carrera política, familia y tranquilidad. “No dijiste soy maricón en 2005, no dijiste soy maricón en 2007, lo dices en 2026”, vino a decirle. Y ahí está la clave. No es lo mismo llegar cuando la puerta está abierta que haber estado empujándola mientras desde dentro echaban el cerrojo.
El PP lleva años intentando ocupar una posición imposible: quiere parecer moderno sin romper con sus alianzas reaccionarias, quiere hablar de libertad mientras vota o se abstiene contra avances reales, quiere hacerse fotos con derechos que antes combatió y ahora administra como si fueran una concesión elegante de gente moderada. Pero los derechos LGTBI no son una herencia familiar del conservadurismo amable. Son una conquista social. Y conviene repetirlo porque el blanqueamiento funciona precisamente cuando se olvida quién pagó el precio.
ABSTENERSE TAMBIÉN ES TOMAR PARTIDO
La abstención del PP no fue un accidente técnico ni una rareza parlamentaria. Fue política. Una política calculada para no aparecer junto a Vox en el “no”, pero tampoco al lado de quienes sí querían penalizar las terapias de conversión. Esa zona gris tan cómoda. Esa cobardía con corbata. Cuando se vota sobre derechos humanos, abstenerse no es neutralidad: es dejar una rendija abierta al abuso.
Las terapias de conversión no son un debate académico ni una extravagancia de sectas lejanas. Son violencia envuelta en falsa ayuda. Son culpa organizada. Son el viejo mandato de obedecer a la norma, disfrazado de tratamiento, acompañamiento o fe. Y frente a eso no caben equidistancias. Las y los diputados no estaban votando una consigna de partido para ganar una tarde en redes. Estaban votando si el Estado debe proteger a personas vulnerables frente a prácticas que buscan quebrarlas por dentro.
Por eso la respuesta de García tuvo tanta fuerza. No porque fuera ingeniosa, sino porque puso el dedo en la impostura. Jaime de los Santos puede sentirse orgulloso de lo que quiera, faltaría más. Puede agradecer el amor de su padre y de su madre, católicos de derechas, como hizo en su intervención. Pero la política empieza justo después de la biografía personal. Empieza cuando una persona con escaño decide si su historia sirve para abrir derechos a las demás o para maquillar la abstención de su partido.
Y en este caso, después del discurso, llegó el voto. La palabra fue una; el gesto político, otro. Ahí se rompió el decorado. Porque decir “soy maricón” desde la tribuna en un país donde ya existe matrimonio igualitario, leyes trans, activismo histórico, memoria de persecución y una generación entera de militantes que puso el cuerpo, no tiene el mismo peso que votar para que ninguna persona sea sometida a una terapia de conversión. Lo primero puede emocionar. Lo segundo protege.
Mónica García remató con una idea demoledora: que De los Santos pudiera decir esa frase en el Congreso también es un triunfo de quienes lucharon antes. De todos y todas. De quienes abrieron puertas, ventanas y armarios mientras la derecha hablaba de familia, orden y naturaleza. De quienes soportaron burlas televisivas, sermones, expedientes, palizas y silencios. De quienes no tenían focos, ni tribuna, ni partido grande detrás. Solo dignidad. Y a veces ni eso les dejaron.
El PP quiere apropiarse del resultado sin asumir la pelea. Quiere disfrutar del paisaje sin reconocer a quienes limpiaron el camino. Quiere que una frase valiente de uno de los suyos tape 137 abstenciones. No tapa nada. Al contrario: lo ilumina todo.
Porque una cosa es decir quién eres cuando ya puedes decirlo, y otra muy distinta es votar para que nadie vuelva a ser torturado por serlo.
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