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La televisión vuelve a demostrar que algunas polémicas no se emiten por accidente: se programan, se ceban y se monetizan.
EL CONSENTIMIENTO NO ES UN JUEGO DE SEDUCCIÓN
José Manuel Soto volvió a la televisión y volvió a hacer lo que ya forma parte de su personaje público: colocar una frase reaccionaria en horario de consumo masivo y esperar a que el incendio haga el resto. Esta vez fue en De Viernes, tras su paso por Supervivientes 2026, donde recuperó sus declaraciones sobre el consentimiento y la Ley del solo sí es sí. No para rectificar. No para matizar. Para insistir.
Años atrás, Soto escribió en redes que un “no” podía ser “un no”, pero también “un ya veremos” o un “cúrratelo un poco más, chaval”. Añadió otra frase todavía más reveladora: “Si un ‘no’ fuera siempre un ‘no’, muchos no hubiéramos venido al mundo”. La frase quedó ahí, como quedan tantas cosas en este país: flotando entre el chascarrillo machista, la nostalgia del señorito y la coartada de “solo era una opinión”. Pero no era una opinión cualquiera. Era una forma de negar el centro mismo del consentimiento.
El 28 de junio, en Telecinco, lejos de admitir que aquello fue un disparate, Soto volvió a la carga: “Eso fue cuando la Ley del solo sí es sí, que cuando una mujer te dice que no, es que no. Y eso no es así”. Después remató la faena: “Hay veces que una mujer te dice que no y al siguiente día te dice que sí. En ese momento, no. Pero tú sabes perfectamente que las mujeres cuando te dicen que no, a veces te están diciendo: ‘Cúrratelo un poquito más’”. Ahí está el problema. Entero. Sin maquillaje.
Porque no hablamos de una torpeza verbal. Hablamos de una idea vieja, peligrosa y profundamente reaccionaria: que el “no” de una mujer no vale por sí mismo, que debe ser interpretado, descifrado, perseguido, vencido. El machismo siempre ha necesitado convertir la negativa en misterio para seguir llamando seducción a la insistencia. Y eso no es romanticismo. Es cultura de la presión.
Santi Acosta tuvo que intervenir para poner un mínimo de cordura: “En ese momento, no. Y ya está”. Parece poco, pero en ese plató era mucho. Porque cuando alguien convierte el consentimiento en una negociación unilateral, la respuesta no puede ser el debate templado ni la risita incómoda. La respuesta debe ser clara. Un no es un no. Hoy, mañana y pasado mañana. Y si al día siguiente hay un sí, será otro momento, otra decisión y otra libertad. No una deuda pendiente con quien insistió.
Emma García lo entendió perfectamente. Desde Fiesta, el domingo 28 de junio, respondió con firmeza a la pieza emitida. “Esperaba también que le hubiese dado la vuelta y hubiese reflexionado sobre este tema”, dijo. Y después clavó la frase que desmonta toda la coartada: “Tenemos, no todo el derecho, sino toda la libertad de decir sí y no cuando nos dé la gana. Creo que no hay ninguna duda al respecto. Y aun así, podemos engendrar cuando nos dé la gana también”.
No hay ninguna duda. Ninguna. Y si alguien necesita convertir esa evidencia en tertulia, quizá el problema no está en la ley, ni en el feminismo, ni en la supuesta “corrección política”. Está en una masculinidad educada para creer que la voluntad de las mujeres es un obstáculo narrativo.
LA TELEVISIÓN QUE CONVIERTE EL RETROCESO EN PRODUCTO
La cuestión no termina en Soto. Sería demasiado cómodo. El asunto de fondo es otro: cuanto más ultra, más rentable. El circuito está perfectamente engrasado. Una figura pública suelta una barbaridad. El programa la empaqueta. Las y los colaboradores reaccionan. Las redes arden. Los portales titulan. La cadena rasca audiencia, conversación y permanencia. La indignación se convierte en formato. El machismo, en contenido. Y todo parece espontáneo, aunque huele a escaleta desde lejos.
El artículo de verTele fue publicado el 29 de junio a las 12:26 h, con Emma García y José Manuel Soto como protagonistas visibles de una polémica que ya venía servida desde De Viernes. La misma televisión que atraviesa una crisis profunda sigue buscando salvación en el ruido, aunque el ruido consista en dar espacio a discursos que deberían estar socialmente derrotados. Ese mismo domingo, el dato de audiencias mostraba otra fotografía incómoda: Cuatro alcanzó un 7% y logró una victoria histórica sobre Telecinco, que se quedó en el 6,9%. La crisis de Telecinco no es solo de números. También es de modelo.
Y aquí aparece la pregunta tramposa: “¿Por qué no debería tener voz José Manuel Soto?”. Claro que puede tener voz. La tiene. La ha tenido durante años. La tiene en redes, en platós, en entrevistas y en titulares. Lo que no existe es el derecho divino a que una cadena convierta cualquier regresión en espectáculo sin que nadie señale el precio social de esa decisión. Tener voz no significa tener barra libre para normalizar la sospecha sobre el consentimiento de las mujeres.
La derecha mediática ha aprendido una lección muy rentable: el escándalo vende más que la razón. No necesita ganar el argumento; le basta con ocupar la pantalla. No necesita convencer a todo el mundo; le basta con contaminar el terreno. Si el “no” vuelve a parecer discutible, si la libertad sexual se presenta como exageración feminista, si las mujeres que ponen límites son tratadas como parte de un malentendido sentimental, el retroceso ya ha hecho su trabajo.
Y mientras tanto, el capitalismo de plató aplaude por dentro. Porque no hay nada más barato que una polémica reaccionaria. No exige investigación, no exige periodismo, no exige memoria. Solo hace falta sentar a alguien dispuesto a decir lo que otros ya no se atreven a defender en voz alta y esperar a que el algoritmo haga caja. Las espectadoras y espectadores ponen la atención. Las mujeres ponen el cansancio. La cadena pone la publicidad.
Por eso la respuesta de Emma García importó. No porque resuelva el problema, sino porque rompió el decorado durante unos segundos. Dijo algo elemental en un lugar donde lo elemental todavía parece discutible: las mujeres pueden decir sí, pueden decir no, pueden cambiar de opinión, pueden no justificar nada y pueden decidir sobre su deseo sin pedir permiso a ningún señor con nostalgia de un mundo donde insistir era una virtud masculina.
José Manuel Soto no ha sido censurado. Ha sido escuchado, emitido, comentado y amplificado. Lo que ocurre es que algunas personas confunden la libertad de expresión con la impunidad cultural. Y no. A estas alturas, quien convierte un “no” en un “ya veremos” no está defendiendo la seducción: está intentando devolvernos al tiempo en que la voluntad de las mujeres se trataba como una puerta mal cerrada.
El consentimiento no se interpreta: se respeta. Lo demás es negocio, machismo y basura televisada.
Fuentes de referencia: verTele/elDiario.es sobre la respuesta de Emma García y las declaraciones de Soto, La Vanguardia y Telecinco sobre la emisión en Fiesta, y verTele/elDiario.es sobre los datos de audiencia del domingo 28 de junio. (eldiario.es)
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