Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La última ola de calor deja cientos de muertes, Francia registra alrededor de 1.000 fallecimientos más de lo habitual y la política europea sigue obsesionada con comprar tanques antes que proteger vidas.
EUROPA SE DERRITE Y EL PODER HACE COMO SI SUDAR FUERA UNA ANÉCDOTA
España conoce bien la liturgia del calor. El botijo, el abanico y el toldo forman parte de una cultura popular que aprendió antes que muchos ministerios que sobrevivir al verano también es una cuestión material. No es folclore. Es adaptación. Es inteligencia colectiva. Es la respuesta humilde de quienes nunca necesitaron un comité de expertos para entender que el sol, cuando aprieta, mata.
Wyoming lo resumió con una frase que funciona porque golpea donde debe: “menos drones, menos misiles y menos tanques y más toldos, más botijos y más abanicos”. Detrás de la broma hay una evidencia incómoda. Europa está entrando en una fase climática que ya no admite discursos de sobremesa ni promesas para 2050. La amenaza no viene. Ya está aquí. Y viene con vías férreas deformadas, centrales nucleares paradas por el calor, ciudades del norte colapsadas y personas mayores muriendo en sus casas sin hacer ruido.
La última ola de calor que ha golpeado Europa no ha sido una rareza simpática para titulares de verano. La OMS ha cifrado en más de 1.300 las muertes relacionadas con esta ola en el continente, según informó la Cadena SER el 29 de junio. Francia, por su parte, registró alrededor de 1.000 fallecimientos más de lo habitual durante los días más duros, con un 85% de los casos entre personas mayores de 65 años, según RTVE y agencias. No hablamos de incomodidad. Hablamos de mortalidad. Hablamos de clase, de edad, de vivienda, de precariedad energética y de abandono institucional. (Cadena SER)
Europa se ha permitido durante demasiado tiempo tratar el cambio climático como un asunto de departamentos técnicos, cumbres con moqueta y comunicados llenos de palabras lavadas. Mientras tanto, el termómetro se ha metido en la vida cotidiana a golpes. París ha visto a vecinos y vecinas bañándose en canales. Berlín ha tenido a la policía refrescando a la gente con los mismos furgones que sirven para reprimir protestas. Copenhague ha dejado de ser postal fresca del norte para convertirse en otro punto del mapa bajo asfixia térmica. La ironía es miserable. Los instrumentos del orden público acaban sirviendo de regadera porque la política climática llegó tarde, mal y con miedo a molestar al mercado.
Y sí, España está acostumbrada al calor. Pero conviene no confundir costumbre con inmunidad. Que un país haya aprendido a bajar persianas, cruzar calles buscando sombra o vivir pendiente de una botella de agua no significa que pueda soportarlo todo. Las enfermeras y enfermeros, las médicas y médicos, las trabajadoras y trabajadores de emergencias, las cuidadoras y cuidadores ya saben lo que significa cada episodio extremo: más golpes de calor, más ingresos, más ancianos y ancianas en riesgo, más barrios pobres convertidos en hornos. Luego vendrá alguien a llamarlo “verano duro”. Como si el lenguaje pudiera ocultar el cadáver.
EL DELIRIO MILITARISTA NO DA SOMBRA, NO DA AGUA Y NO SALVA A NADIE
Lo más obsceno no es solo la falta de reacción. Es la prioridad política. Mientras el continente se calienta a una velocidad que la propia OMS vincula a una Europa que se calienta más rápido que la media global, las instituciones comunitarias y los gobiernos nacionales siguen empeñados en vender miedo geopolítico para justificar más gasto militar. Miles de millones para armarnos “ante amenazas” que muchas veces se formulan con una vaguedad calculada. Miles de millones para drones, misiles, tanques, industria de guerra y contratos blindados. Para toldos, rehabilitación térmica, refugios climáticos, transporte público resistente, sanidad reforzada y redes de cuidados, ya tal. (Cadena SER)
La vieja Europa, tan solemne para hablar de seguridad, parece incapaz de entender que la seguridad también es no morir solo en un piso a 39 grados. Seguridad es que un tren no quede inutilizado porque las vías no aguantan el calor. Seguridad es que una central no tenga que reducir actividad porque el sistema energético está diseñado como si el clima siguiera obedeciendo al siglo XX. Seguridad es que las escuelas, los centros de trabajo y las residencias estén preparadas para temperaturas extremas. Seguridad es sombra. Agua. Sanidad pública. Vivienda digna. Barrios verdes. Menos hormigón. Menos negocio fósil. Más vida.
Pero ahí está el capitalismo europeo, siempre tan serio cuando reparte dinero hacia arriba y tan prudente cuando se trata de proteger a la gente. Para rescatar bancos hubo urgencia. Para comprar armamento hay urgencia. Para blindar fronteras hay urgencia. Para perseguir a personas migrantes hay urgencia. Para impedir que miles de personas mayores mueran durante olas de calor, Bruselas descubre de pronto la complejidad administrativa, el equilibrio fiscal y la necesidad de “estudiar medidas”. Qué casualidad. La burocracia siempre se despierta cuando la factura beneficia a los de abajo.
Wyoming acierta porque baja el debate de la nube tecnocrática a la mesa de la cocina. Botijos, abanicos y toldos no son una política climática completa, claro. Nadie serio diría eso. Pero sirven como símbolo brutal de una verdad sencilla: la adaptación climática debe empezar por proteger cuerpos, no balances empresariales. Hace falta inversión pública masiva, planificación urbana, reducción real de emisiones, control de los lobbies fósiles, servicios públicos fuertes y una ruptura clara con esa economía que convierte cada catástrofe en oportunidad de negocio.
Lo contrario es esta farsa: gobiernos que prometen transición verde mientras subvencionan sectores contaminantes, élites que hablan de resiliencia desde despachos climatizados, televisiones que tratan las olas de calor como decorado de piscina y autoridades que se escandalizan mucho ante enemigos abstractos pero casi nada ante muertos contables. Es una violencia más silenciosa. No lleva uniforme, pero mata. No dispara, pero deja a la gente sin protección. No bombardea, pero convierte la vida en un territorio hostil.
Europa no necesita más épica de guerra. Necesita menos testosterona presupuestaria y más política pública de supervivencia. Menos desfile, menos industria armamentística, menos obediencia al lobby fósil y más refugios climáticos, más sanidad, más rehabilitación de viviendas, más sombra en los barrios, más transporte público, más cuidados. Menos misiles y más botijos, sí. Pero sobre todo menos negocio con el miedo y más derecho a seguir respirando.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir