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El termómetro apunta a los 40 grados, las noches no bajarán de 20 y la crisis climática vuelve a encontrar a demasiadas administraciones haciendo lo mínimo y vendiéndolo como gestión.
España encara la primera ola de calor de la temporada. No una tarde pesada. No un episodio incómodo. Una ola de calor. La Agencia Estatal de Meteorología lo plantea con claridad: por extensión, intensidad y duración, lo que llega a partir del fin de semana cumple las condiciones para dejar de hablar de una anomalía puntual y empezar a hablar de otro aviso serio. Otro más.
La previsión no deja demasiado margen al maquillaje. Temperaturas de hasta 40 grados durante el día. Noches tropicales por encima de los 20 grados. Jornadas con valores entre 5 y 10 grados superiores a lo normal para esta época del año, e incluso más de 10 grados por encima de lo habitual en puntos de la mitad del país. Lo dijo Rubén del Campo, portavoz de Aemet, en declaraciones recogidas por Efe: “Dadas las altas temperaturas que se esperan, la persistencia del episodio y la extensión geográfica afectada, es probable que nos encontremos ante la primera ola de calor de este verano”.
Conviene detenerse ahí. Primera. De este verano. Estamos a 18 de junio, con el curso escolar todavía respirando, con muchas viviendas sin aislamiento digno, con barrios enteros convertidos en hornos de ladrillo y asfalto, y con miles de personas trabajadoras obligadas a producir bajo temperaturas que ya no son meteorología cotidiana, sino una forma de violencia ambiental.
EL CALOR NO GOLPEA IGUAL A QUIEN TIENE PISCINA QUE A QUIEN TIENE TURNO PARTIDO
Para este jueves y este viernes, Aemet prevé jornadas cálidas, similares a la del miércoles, con tormentas localmente fuertes por la tarde en zonas de la meseta norte, la cordillera cantábrica, el sistema ibérico y los Pirineos. Pero el salto llega después. Durante el fin de semana, los termómetros volverán a subir de forma generalizada.
Se superarán los 35 grados en amplias zonas. Se alcanzarán los 40 en áreas del nordeste peninsular, del centro y de la mitad sur. Y por la noche, cuando supuestamente el cuerpo debería recuperar algo de tregua, llegarán las noches tropicales. Mínimas que no bajarán de 20 grados en muchos puntos. Dormir será difícil. Descansar será un privilegio. Como casi todo.
Porque no, el calor no es democrático. No lo es. Lo sufre más quien vive en un piso pequeño sin ventilación cruzada. Quien cuida a una persona dependiente. Quien trabaja en una cocina, en una obra, en el campo, en limpieza, en reparto, en transporte, en residencias, en hospitales saturados. Lo sufre más la infancia, las personas mayores, las personas enfermas, las trabajadoras y trabajadores pobres. La ola de calor no cae sobre una sociedad neutra: cae sobre una sociedad desigual.
Este jueves, las máximas subirán ligeramente en la cornisa cantábrica. Bajarán en el litoral atlántico gallego, el interior de Catalunya y de la Comunitat Valenciana y el oeste de Castilla y León. Pero el mapa general es el que es: se podrán superar los 34-35 grados en el interior de Euskadi, los 35-36 grados en amplias zonas del cuadrante suroeste, los 36-38 grados en el noreste y los 38-39 grados en los valles del Guadiana y del Guadalquivir.
No estamos hablando de una incomodidad estacional. Estamos hablando de salud pública. De cuerpos llevados al límite. De urgencias, golpes de calor, insomnio, ansiedad térmica, incendios, pérdida de productividad, riesgo laboral y una factura social que siempre acaba en la misma mesa: la de quienes menos tienen.
DIEZ COMUNIDADES EN AVISO Y UNA POLÍTICA QUE SIGUE LLEGANDO TARDE
Hay avisos por calor en hasta diez comunidades autónomas: Andalucía, Aragón, Baleares, Castilla y León, Catalunya, Extremadura, Comunidad de Madrid, Navarra, Euskadi y La Rioja. Diez. La cifra importa porque desmonta la excusa cómoda de que esto afecta solo “al sur” o solo “a determinadas zonas”. El calor se expande, se intensifica y se instala. Lo que antes parecía excepcional empieza a parecer calendario.
En los archipiélagos se esperan pocos cambios en las temperaturas. En los valles fluviales del suroeste y los litorales mediterráneos, las noches tropicales impedirán que muchas casas bajen de los 20 grados. Otra vez: descansar será difícil. Y cuando dormir se convierte en una pelea contra la temperatura, el día siguiente empieza ya perdido.
Barcelona aparece en esta fotografía con una medida que debería ser norma y no noticia: una red de refugios climáticos para aliviar el calor y proteger a la población vulnerable. Bien. Necesario. Pero insuficiente si se plantea como parche urbano mientras seguimos aceptando ciudades diseñadas para el negocio inmobiliario, el turismo masivo, el cemento y el consumo energético sin freno. No se puede vender resiliencia climática mientras se permite que la especulación convierta los barrios en planchas de hormigón.
La emergencia climática no necesita más campañas de sonrisas institucionales. Necesita sombra, vivienda digna, transporte público reforzado, protocolos laborales reales, escuelas preparadas, residencias protegidas, sanidad pública con recursos, límites al urbanismo depredador y una política energética que no trate el aire acondicionado como solución universal. Porque el aire acondicionado salva a quien puede pagarlo y agrava el problema si el sistema sigue funcionando con la misma lógica de siempre: más consumo, más desigualdad y más negocio.
Aquí está la trampa. Cada ola de calor se presenta como noticia aislada. Se cuenta el pico, se dibuja el mapa, se avisa a las y los ciudadanos de que beban agua, eviten las horas centrales del día y cuiden a las personas vulnerables. Todo correcto. Todo necesario. Pero se suele dejar fuera lo principal: las personas vulnerables no son vulnerables por casualidad, sino porque un modelo económico las coloca ahí.
El calor extremo ya no es una advertencia del futuro. Es presente. Tiene fecha: 18 de junio. Tiene cifras: 40 grados, noches por encima de 20, anomalías de 5 a 10 grados y hasta más de 10 sobre lo normal. Tiene mapa: diez comunidades con avisos. Y tiene responsables políticos y económicos que llevan décadas mirando al cielo como si el cielo no estuviera respondiendo.
Nos dijeron que el mercado lo arreglaría todo. De momento, lo que ha arreglado es que hasta respirar fresco empiece a parecer un lujo.
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