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El fútbol más popular del planeta ha sido metido en una máquina de precios imposibles, calor extremo, controles migratorios y espectáculo para ricos.
UN MUNDIAL PARA EL NEGOCIO, NO PARA LA GENTE
Que una televisión estadounidense tenga que aclarar que Leo Messi no juega con la selección de Estados Unidos parece un chiste. No lo es. Es una radiografía. El cartel viral venía a decir que, aunque Messi juega en el Inter Miami, su selección es Argentina y no puede jugar con Estados Unidos. Una obviedad planetaria convertida en aclaración televisiva. Ahí empieza el problema. No porque haya gente que no sepa de fútbol, que todo el mundo empieza por algún sitio. El problema es otro: la FIFA ha entregado el Mundial a un país donde el fútbol se entiende demasiado a menudo como producto, no como cultura popular.
El Mundial no es solo un torneo. Es memoria, barrio, viaje, camiseta repetida durante años, familias mirando partidos en bares, niñas y niños aprendiendo nombres imposibles, trabajadoras y trabajadores organizando turnos para ver a su selección. Eso era. O eso debía ser. Pero este Mundial, coorganizado por Estados Unidos, México y Canadá, con 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades sede, parece diseñado por una consultora que jamás ha pisado una grada sin invitación VIP.
La ampliación a 48 equipos se vendió como apertura. Más países. Más ilusión. Más fútbol. Pero también significa más partidos, más derechos televisivos, más paquetes de hospitalidad, más vuelos, más hoteles disparados y más dinero entrando en una maquinaria que ya ni disimula. La final será el 19 de julio en el MetLife Stadium, en Nueva Jersey, aunque FIFA insista en venderlo como “New York/New Jersey” porque hasta el mapa se maquilla cuando lo pide el negocio.
El problema no es que Estados Unidos organice partidos. El problema es que este Mundial parece organizado contra las y los aficionados normales. Entradas carísimas. Desplazamientos absurdos. Ciudades separadas por distancias enormes. Estadios pensados para coches, autopistas, aparcamientos y consumo. El fútbol convertido en parque temático para quien pueda pagarlo.
No hablamos de una queja romántica. Hablamos de cifras. En Nueva Jersey se han llegado a señalar trenes de ida y vuelta a 98 dólares para días de partido, cuando un desplazamiento similar para la NFL suele costar 12,90 dólares. En Massachusetts, 80 dólares frente a los 20 dólares habituales. Es decir: llega el Mundial y todo sube. Sube el tren. Sube el hotel. Sube el billete. Sube la cerveza. Sube hasta la paciencia. La afición no viaja, es exprimida.
FIFA repetirá que el torneo es “para todos”. Claro. Para todos los que puedan pagar. Para todos los que puedan cruzar fronteras sin miedo. Para todos los que tengan tarjeta, visado, hotel, seguro, coche, entrada y tiempo libre. El capitalismo siempre llama universal a aquello que solo puede disfrutar quien tiene dinero.
CALOR, FRONTERAS Y PROPAGANDA: EL PRECIO REAL DEL ESPECTÁCULO
Luego está el calor. Ese detalle incómodo que no cabe en los vídeos promocionales. El Mundial empezó el 11 de junio, en pleno verano norteamericano, con partidos repartidos en ciudades donde las temperaturas y la humedad no son un matiz. Son una amenaza. Reuters recogía la advertencia de especialistas sobre Miami: la sensación térmica medida con índice de globo húmedo podría acercarse a los 48,8 grados en algunos partidos si se combinan humedad, radiación, temperatura ambiente y efecto urbano. Eso no es deporte de élite. Eso es poner cuerpos al límite para que el calendario televisivo no se mueva.
FIFA ha introducido pausas de hidratación de 3 minutos en los 104 partidos. Tres minutos. Como si el cuerpo humano fuese una marca patrocinadora que se reinicia con un sorbo de agua. Climate Central advierte que 14 de los 16 estadios tienen ahora más días de calor extremo en junio y julio que durante el primer Mundial norteamericano de 1970. En ciudades repetidoras, esos días extremos se han triplicado de media desde los Mundiales de 1986 y 1994. Miami y Ciudad de México aparecen entre los casos más graves. Pero el balón rueda. La televisión manda.
El calor no afecta por igual a todos. Afecta a jugadores, sí. Afecta a árbitros y árbitras. Afecta a hinchas mayores, a niñas y niños, a personas con problemas de salud, a trabajadores y trabajadoras de seguridad, limpieza, hostelería y transporte que no salen en la ceremonia inaugural. El Mundial vende emoción, pero descansa sobre una capa de gente sudando por salarios bajos mientras otros brindan en zonas premium.
Y luego está la frontera. Porque celebrar un Mundial en Estados Unidos bajo la administración Trump significa meter el mayor evento popular del planeta en una maquinaria de vigilancia, visados, deportaciones y miedo. Organizaciones de derechos humanos han denunciado un “clima de miedo” por las políticas migratorias, las redadas, la actuación de ICE y los riesgos para aficionados y aficionadas, periodistas, comunidades migrantes y personal laboral. Human Rights Watch pidió incluso una tregua de ICE durante el torneo. Una tregua. En un Mundial. Qué frase más brutal. Qué derrota moral.
Amnistía Internacional advirtió en marzo de que más de 500.000 personas fueron deportadas de Estados Unidos el año pasado, una cifra superior a seis veces la capacidad del MetLife Stadium, el recinto de la final. Esa comparación debería estar en todos los carteles del torneo. No lo estará. La FIFA prefiere mascotas, himnos, logos y sonrisas editadas.
Por eso la pregunta de Messi no es una anécdota graciosa. Es el síntoma perfecto. Un país que confunde club con selección no tiene por qué quedar fuera del fútbol, pero una industria que confunde pasión con mercado sí debería estar bajo sospecha. Porque el Mundial no se le ha dado a la afición estadounidense que ama el soccer desde abajo, ni a las comunidades migrantes que han mantenido vivo el fútbol en barrios, parques y canchas durante décadas. Se le ha dado al negocio. A las plataformas. A los estadios corporativos. A las autoridades que quieren foto global mientras persiguen pobres en la frontera.
El fútbol sobrevivirá, porque el fútbol siempre sobrevive a quienes intentan comprarlo. Sobrevive en una plaza de Buenos Aires, en una calle de Casablanca, en un descampado de Lagos, en una pista de barrio de Madrid, en una playa de Recife y en cualquier niña que chuta una pelota sin saber todavía cuánto vale una entrada. Pero este Mundial deja una imagen difícil de borrar: el deporte del pueblo secuestrado por quienes solo entienden el pueblo como público objetivo.
Un Mundial donde hay que explicar que Messi no juega para Estados Unidos quizá no sea una fiesta global: quizá sea la prueba de que el negocio ya ni necesita entender lo que vende.
Fuentes usadas para verificar datos: FIFA confirma el formato de 104 partidos, 16 ciudades y tres países sede; MetLife Stadium será la sede de la final del 19 de julio. (FIFA) Reuters y Climate Central recogen los riesgos por calor extremo, las pausas de hidratación y el aumento de días peligrosos en las sedes. (Reuters) The Independent y The Guardian documentan los sobrecostes de transporte, entradas y accesibilidad. (The Independent) Reuters, Human Rights Watch y Amnistía Internacional han alertado sobre riesgos de derechos humanos, ICE, visados y deportaciones. (Reuters)
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