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Israel intensifica sus operaciones pese al alto el fuego del 17 de abril, ocupa territorio libanés, demuele aldeas y deja ya más de 3.200 personas asesinadas desde el 2 de marzo.
LA TREGUA QUE ISRAEL CONVIRTIÓ EN PAPEL MOJADO
Benjamín Netanyahu ha vuelto a decirlo sin apenas disimulo. El martes 26 de mayo, desde Tel Aviv, junto al jefe del Estado Mayor del Ejército, Eyal Zamir, y el ministro de Defensa, Israel Katz, anunció que las Fuerzas de Defensa de Israel están “profundizando sus operaciones en Líbano”. No habló de retirada. No habló de respetar el alto el fuego vigente desde el 17 de abril. No habló de las aldeas libanesas arrasadas ni de las y los civiles expulsados de sus casas. Habló, como siempre, de seguridad.
La fórmula ya es conocida. Israel ocupa, bombardea, desplaza y después lo llama “zona de amortiguación”. La frontera deja de ser frontera. El territorio ajeno pasa a ser colchón. Las casas de otras personas se convierten en posiciones estratégicas. Y el derecho internacional queda reducido a un trámite molesto que solo se exige a los enemigos.
Netanyahu afirmó que sus tropas están desplegando “muchas fuerzas sobre el terreno” y tomando “posiciones dominantes estratégicas”. Traducido a lenguaje menos militar y más honesto: el ejército israelí no se ha limitado a permanecer en el sur de Líbano, sino que ha ampliado sus operaciones incluso más allá de la zona ocupada. La propia confirmación de un portavoz castrense a EFE desmonta el relato de la contención. No estamos ante una operación defensiva quirúrgica. Estamos ante una expansión.
En esa denominada “zona de defensa avanzada”, el ejército israelí está demoliendo aldeas enteras, destruyendo infraestructura civil y saqueando bienes de residentes a quienes se les impide regresar. Lo que para Netanyahu es una línea de protección para las comunidades del norte de Israel, para las familias libanesas es una expulsión material, física, concreta. Una casa destruida no es una metáfora. Una aldea vaciada tampoco.
La tarde del martes 26 de mayo, Israel emitió nuevas órdenes de evacuación para numerosas aldeas y localidades del sur de Líbano, incluida Nabatiye. Durante la noche del lunes al martes intensificó los bombardeos y anunció ataques contra más de 100 objetivos en el valle de la Bekaa y el sur del país. Cien objetivos. Detrás de esa cifra fría hay carreteras, edificios, miedo, hospitales pendientes, familias moviéndose otra vez con lo puesto. La guerra siempre se narra con mapas. Se sufre con cuerpos.
Israel sostiene que responde al lanzamiento de cohetes, misiles y drones de Hizbulá, cuya actividad habría aumentado tras las violaciones israelíes del alto el fuego y la ocupación del sur libanés. Pero ahí está la trampa central: la potencia ocupante se presenta como víctima del desorden que ella misma alimenta. Primero entra. Luego se queda. Después castiga la respuesta a su presencia. Y finalmente pide al mundo que lo llame defensa propia.
WASHINGTON MIRA, TRUMP AVALA Y LÍBANO PAGA
La sombra de Estados Unidos vuelve a aparecer donde siempre aparece: detrás del ruido de los motores, detrás del margen de impunidad, detrás de la diplomacia que dice contener mientras autoriza. Según medios israelíes, el Gobierno de Donald Trump fue informado de los planes de Israel para intensificar la ofensiva en Líbano y dio su visto bueno, con una petición concreta: no golpear Beirut con contundencia ni “tirar abajo” edificios enteros en la capital. Lo contó el Canal 12, citando al embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee.
Es una forma obscena de administrar la violencia. No se cuestiona la ofensiva. Se regula su estética. No se frena la ocupación. Se sugiere que la destrucción sea más dosificada. Washington no parece preocupado por Líbano como país soberano, ni por las y los civiles desplazados, ni por el alto el fuego convertido en una burla. Le preocupa que Israel dinamite sus negociaciones con Irán.
Porque Irán ha vinculado el fin del conflicto con garantías de no agresión también para Hizbulá. Y ahí está otro de los nudos. Israel se opone a un acuerdo con Teherán, acata a regañadientes la tregua impuesta por Estados Unidos en Líbano y, mientras tanto, sigue moviendo tropas, bombardeando y ocupando. La paz, para Netanyahu, no parece un objetivo. Parece un obstáculo táctico.
Desde el 2 de marzo, cuando Israel lanzó su última ofensiva contra Líbano, han muerto más de 3.200 personas y más de 1 millón han sido desplazadas. Son cifras que deberían bastar para detener cualquier maniobra de propaganda. Más de 3.200 vidas. Más de 1 millón de personas obligadas a abandonar sus hogares. No estamos ante un daño colateral. Estamos ante una política de fuerza sostenida, calculada y bendecida por quienes luego dan lecciones de estabilidad.
La historia, además, no empieza hoy. Israel ya ocupó Líbano y ya fracasó. Lo hizo durante los años 80 y 90, y 26 años después vuelve a repetir un guion que incluso voces críticas han descrito como un desastre estratégico. Pero los imperios rara vez aprenden cuando el coste lo pagan otros. Aprenden las madres que entierran. Aprenden las niñas y los niños que huyen. Aprenden las y los trabajadores que pierden su casa, su taller, su campo, su barrio. Los gobiernos armados solo recalculan.
Netanyahu dice que busca “soluciones creativas e innovadoras” contra los drones explosivos de Hizbulá. La frase tiene algo de laboratorio militar y mucho de cinismo. Porque la creatividad que necesita la región no es otra tecnología para matar mejor. Es el fin de la ocupación. Es el respeto al alto el fuego. Es dejar de convertir cada frontera en una excusa para avanzar unos kilómetros más sobre la vida ajena.
Israel no está defendiendo una frontera: está ensayando, otra vez, la vieja lógica colonial de ocupar primero y justificar después.
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