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El calor “de verano” ya no llega después: llega antes, golpea más fuerte y vuelve a demostrar que la crisis climática no espera a que la derecha deje de hacer chistes sobre el tiempo.
NO ES VERANO: ES UN PAÍS RECALENTADO
Que haya nevado a principios de mayo no desmiente nada. Más bien retrata el nivel del debate público. Basta una mañana fría, una foto de copos en una sierra o un comentario de bar elevado a tertulia para que el negacionismo saque pecho y finja que ha derrotado a la física. Luego llega la realidad, como suele pasar, y le aplasta el argumentario.
En lo que va de año se han batido ya 12 récords diarios de calor y ningún récord de frío. Cero. El último récord de día frío en España fue en abril de 2022. Desde entonces, nada. En cambio, España acumula 100 nuevos récords de días de calor en cuatro años. El dato no es una opinión. Es el termómetro quitándole el micrófono a los tertulianos.
La Agencia Estatal de Meteorología ha descrito lo que atraviesa la península como la llegada de masas de aire más cálidas que cualquiera de las registradas para estas fechas en el periodo 1991-2020. No hablamos de “un poco de calor”. Hablamos de temperaturas “extraordinariamente altas”, con 30 ºC, 36 ºC e incluso 40 ºC en mayo, cuando todavía estamos en primavera. Mayo. No agosto. No la canícula. Mayo.
La trampa está en confundir tiempo y clima. Unos días fríos no borran décadas de calentamiento, igual que una gotera no desmiente una inundación. A comienzos de mayo hubo algo más de cinco días con bajón térmico, aproximadamente hasta el 15 de mayo, y hasta nevó en varios sistemas montañosos. Pero después el país volvió a enseñar la fiebre real: calor impropio, noches tropicales y una primavera cada vez más corta.
La media histórica de las temperaturas máximas de mayo en España ronda los 20 ºC en el norte, los 25 ºC en el centro y algo más de 26 ºC en el sur. Ahora se habla de 35 ºC en Madrid, de 40 ºC en Córdoba, Sevilla o Badajoz, y de mínimas por encima de 20 ºC en varias zonas. Eso son noches tropicales. Es decir: ni descanso. Ni tregua. Ni cuerpo que aguante si vives en un piso mal aislado, sin sombra, sin aire acondicionado o con una factura eléctrica que te obliga a elegir entre dormir y pagar.
EL CALOR TAMBIÉN TIENE CLASE SOCIAL
La crisis climática no cae igual sobre todas y todos. Quien tiene piscina habla de “veranito”. Quien trabaja repartiendo comida, limpiando calles, cuidando mayores, haciendo obra, recogiendo fruta o durmiendo en una habitación recalentada habla de otra cosa. Habla de mareos. De agotamiento. De noches sin sueño. De cuerpos puestos al límite para que la maquinaria económica no se detenga ni un segundo.
Por eso conviene repetirlo: el calor extremo mata más a los pobres. Y no por casualidad, sino porque el capitalismo ha organizado las ciudades, las viviendas y el trabajo para proteger mejor a quien más tiene. Hay barrios con árboles y barrios con cemento. Hay oficinas climatizadas y cocinas industriales infernales. Hay casas eficientes y pisos que funcionan como hornos. El clima cambia, sí. Pero la desigualdad decide quién paga primero.
Los datos del año encajan en una tendencia que ya no admite maquillaje. Abril fue el abril más cálido de toda la serie histórica en España desde 1961, con una temperatura media de 15,1 ºC en la España peninsular, 3,2 ºC por encima del periodo de referencia 1991-2020. La propia AEMET lo calificó como “extremadamente cálido”. Antes, febrero había sido “muy cálido”, el cuarto febrero más cálido de la serie, con una anomalía de 2,4 ºC. Marzo fue normal, enero prácticamente también, pero el invierno en conjunto, incluyendo diciembre de 2025, tuvo carácter “muy cálido”.
La fotografía completa no dice “qué frío hizo aquel día”. Dice otra cosa: los récords fríos se han desplomado durante al menos tres décadas, mientras los récords cálidos se multiplican. Entre 2016 y 2025 se registraron 220 récords cálidos frente a solo 7 fríos. En un clima estable, lo esperable sería una distribución de unos 5 récords de frío y 5 de calor al año. La realidad ha reventado esa simetría. Y lo ha hecho con la delicadeza de una excavadora.
Aquí aparece el otro negacionismo, el más peligroso: el de quienes ya no niegan del todo el cambio climático, pero piden calma, paciencia, adaptación, mercado, innovación, crecimiento verde y todas esas palabras que sirven para no tocar lo importante. Porque tocar lo importante implica señalar a las petroleras, al urbanismo salvaje, al turismo masivo, a la agricultura industrial, al transporte fósil, a las eléctricas y a una economía que incendia el planeta mientras vende ventiladores.
La física Raquel Olalla, de la Universidad de Vigo, lo resume con claridad: el calentamiento global no significa que haga más calor todos los días y en todos los lugares al mismo tiempo; significa que se altera el régimen climático, que se redistribuyen las variables y que el planeta acumula energía atrapada por los gases de efecto invernadero. Dicho más sencillo: el sistema está roto. Y quienes lo rompieron quieren convencernos de que el problema es que miramos demasiado el termómetro.
No es una anomalía pintoresca. No es “mayo raro”. No es una conversación de ascensor. Es la normalidad climática que nos está fabricando una economía suicida, una economía que convierte cada récord de calor en coste humano y cada aviso científico en ruido de fondo para seguir perforando, quemando, construyendo y especulando.
El planeta no está avisando: está pasando factura.
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