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El presidente de EEUU exige “lealtad” militar, desprecia a sus aliados europeos y convierte el gasto en defensa en un peaje de obediencia.
EL IMPERIO PIDE UN BESITO
Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se sienta ante las cámaras: humillar, amenazar y llamar liderazgo a una mezcla bastante vulgar de matonismo y negocio militar. Esta vez fue en el Despacho Oval, el 24 de junio, con Mark Rutte al lado, secretario general de la OTAN, mirando como quien presencia un atropello diplomático y decide que lo prudente es no molestar al conductor.
El presidente de Estados Unidos cargó contra Italia, Reino Unido, Alemania, Francia y España. No con una discrepancia política. No con una crítica razonada. Con desprecio. “Me ha decepcionado Italia”, dijo. “Me ha decepcionado el Reino Unido. Nos ha decepcionado Alemania y Francia. Nos han decepcionado la mayoría de ellos. España es un auténtico desastre. España es terrible, no quieren pagar nada”. Así habla el supuesto líder del “mundo libre” cuando sus socios no aplauden lo bastante rápido una guerra ilegal.
La escena tiene algo de obsceno. Trump no estaba hablando de cooperación internacional, ni de defensa común, ni de seguridad compartida. Estaba hablando de obediencia. Lo dijo sin esconderlo: “Solo quiero lealtad”. No democracia, no derecho internacional, no paz. Lealtad. La palabra que usan los jefes mafiosos cuando confunden política exterior con pertenencia a una banda.
Y aquí está el centro del asunto. Trump se queja porque Europa no le acompañó como él quería en su aventura militar contra Irán. Una guerra unilateral, lanzada desde la lógica imperial de siempre: EEUU decide, otros callan, las bases europeas sirven, la OTAN legitima y luego se llama “orden internacional” a lo que en realidad es pura subordinación. Según contó el propio Rutte, entre 4.000 y 5.000 aviones estadounidenses salieron de bases europeas hacia Irán. Es decir: Europa sí fue plataforma. Europa sí puso suelo, infraestructura, complicidad. Pero para Trump no basta. El amo no quiere solo la casa abierta. Quiere aplausos en la puerta.
“Nos decepcionaron”, repitió el presidente estadounidense. “No necesitábamos ayuda alguna, los arrasamos, literalmente, en la primera semana. Pero habría estado bien que nos hubieran dicho: ‘Nos gustaría ayudar’”. La frase es brutal. No por su grosería, que también. Es brutal porque desnuda la lógica de la guerra como espectáculo de virilidad política. Trump no necesitaba ayuda, dice. Necesitaba sumisión simbólica. Necesitaba que sus aliados pidieran permiso para participar en la carnicería.
Y luego vino España. Otra vez España como diana, porque el Gobierno no acepta elevar el gasto militar hasta el nivel que exige la nueva liturgia atlántica. Trump dice que España “no quiere pagar nada”. Falso en el fondo, tramposo en la forma. Lo que ocurre es que Pedro Sánchez ha defendido que España puede cumplir objetivos de capacidades militares con un 2,2% del PIB en defensa, no con el 3,5% que reclama la OTAN. Rutte, ya fuera del Despacho Oval, intentó matizarlo: dijo que él y Sánchez acordaron el año pasado “estar en desacuerdo”, que España se comprometió a alcanzar los objetivos de capacidad, y que el presidente español sostiene que puede hacerlo con ese 2,2%. Rutte añadió que no cree que sea posible. Muy valiente. Después. Fuera. Cuando Trump ya había terminado de escupir sobre un Estado miembro de la alianza que él dirige.
RUTTE, EL SECRETARIO GENERAL DE LA REVERENCIA
Lo más grave no es solo Trump. Trump hace de Trump: insulta, presiona, exagera, convierte cada reunión internacional en una subasta de obediencia. Lo verdaderamente deprimente fue ver a Mark Rutte ejercer de secretario general de la OTAN como si el cargo consistiera en asentir ante el emperador. Mientras Trump insultaba a España y despreciaba a varios aliados europeos, Rutte no corrigió, no defendió, no puso límites. Calló. Y después, para rematar la escena, buscó puntos de acuerdo con la “decepción” del presidente estadounidense.
“Estoy de acuerdo en que hay motivos para esta decepción”, dijo Rutte. Luego intentó envolverlo en tecnocracia, hablar de compromisos bilaterales, de Alemania, de plataformas europeas, de matices. Pero el daño ya estaba hecho. El secretario general de la OTAN aceptó el marco de Trump: Europa debe explicaciones a Washington por no arrastrarse lo suficiente.
Rutte incluso se levantó para enseñar un gráfico. Lo llamó el “billón de Trump”. Una puesta en escena casi pedagógica del servilismo. Según él, el gráfico mostraba el aumento del gasto en defensa de europeos y canadienses desde que Trump llegó al poder en 2017. Le atribuyó haber logrado algo que, dijo, no se conseguía desde Eisenhower: que Europa equiparara sus gastos militares a los de EEUU. Traducción política: gracias, señor Trump, por empujar a Europa a gastar más en armas. Gracias por convertir el continente en un cliente cautivo del complejo militar-industrial.
Y ahí está el cadáver moral debajo de la alfombra atlántica. Mientras se recorta en vivienda, sanidad, dependencia, transporte público o transición ecológica justa, los poderosos discuten si el problema de Europa es no gastar lo suficiente en defensa. Como si la seguridad de las personas trabajadoras dependiera de comprar más misiles. Como si las enfermeras y enfermeros, las profesoras y profesores, las cuidadoras y cuidadores fueran a vivir mejor porque la OTAN sonría ante un Excel lleno de tanques.
Trump lo dijo con una claridad obscena: Estados Unidos tiene 50.000 soldados en Alemania, tropas en Reino Unido y por toda Europa, y quiere “un empujoncito, un besito”. No pidió cooperación. Pidió cariño de vasallo. Esa imagen debería perseguir a todas y todos los dirigentes europeos que han vendido la militarización como madurez estratégica. Porque no hay soberanía europea en aplaudir al magnate que te insulta. No hay defensa común en aceptar que Washington trate a sus aliados como morosos de un club privado.
La política exterior convertida en negocio tiene estas escenas. Un presidente que presume de “arrasarlo” todo. Un secretario general que exhibe gráficos como ofrendas. Un continente que se deja arrastrar por la lógica de la guerra mientras sus pueblos pagan facturas, alquileres imposibles y servicios públicos desangrados. Y España, señalada por no arrodillarse al ritmo exacto que exige el dueño del casino.
El problema no es que Trump insulte a España. El problema es que la OTAN ha construido una arquitectura donde ese insulto parece casi normal. Una arquitectura pensada para que el gasto militar suba, la diplomacia baje, las guerras encuentren pista de aterrizaje y las y los ciudadanos miren la factura desde abajo.
Cuando el imperio pide “lealtad”, lo que está pidiendo es silencio ante sus guerras, dinero para sus armas y obediencia para sus delirios.
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