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Un Gobierno que se dice progresista usa la retórica del miedo mientras la extrema derecha marca la agenda
UNA IZQUIERDA PARTIDA ANTE LA “MISIÓN MORAL” DEL LABORISMO
Keir Starmer prometió en septiembre de 2025 una lucha por “el alma del país”. Lo hizo en Liverpool, frente a una militancia que escuchó incrédula cómo el nuevo laborismo asumía que debía tomar decisiones “incómodas”. Aquella advertencia era el preámbulo de un viraje que hoy hiere a la izquierda británica: el uso del control migratorio como pilar central de legitimidad política.
El 30 de septiembre, mientras 531 personas llegaban a las costas inglesas tras cruzar el canal de la Mancha, Starmer señalaba a Reform UK y a Nigel Farage como la amenaza a frenar. La receta del Gobierno no ha sido construir una alternativa progresista, sino disputar a la extrema derecha su marco mental. La “mano dura” se presenta como “misión moral”. La realidad es otra.
La ministra del Interior, Shabana Mahmood, lo anunció sin temblar: elevar de 5 a 20 años el periodo para alcanzar la residencia permanente; obligar a todas las personas solicitantes de asilo a revisiones cada 30 meses, con posibilidad de deportación si “las circunstancias cambian”; expulsar a menores nacidos en territorio británico junto a sus familias. Medidas que los propios diputados laboristas describen como “repugnantes”.
La frase que más resuena en Westminster es también la más incómoda: “Esto se parece demasiado a la retórica de Farage”.
Hasta 20 diputados se han rebelado. Entre ellos, la voz más simbólica: Lord Alf Dubs, superviviente del Kindertransport. Su crítica desgarra: “No vamos a derrotar a Reform intentando ser tan duros como ellos. Hay principios, como la Convención de Ginebra, que no se negocian”.
Dubs recuerda algo elemental: que la izquierda no nació para gestionar miedos, sino para defender vidas. Y advierte de un retroceso histórico: deportar a personas que llevan dos décadas en el país, arrancar a niñas y niños de su entorno, convertir la integración en un castigo.
Convertir el asilo en un procedimiento de vigilancia permanente es deshumanizarlo.
Pero en Downing Street creen que la biografía de Mahmood —de origen paquistaní, hija de migrantes sin papeles— sirve de escudo moral. Como si la procedencia de quien aplica la dureza suavizara la dureza misma.
LA EXTREMA DERECHA MARCA EL RITMO Y EL LABORISMO BAILA
El Observatorio de Migración de Oxford, en palabras del investigador Minhea Cuibus, describe la estrategia laborista como un intento de “vía intermedia”. Un equilibrio improbable entre restringir, tranquilizar y al mismo tiempo abrir canales seguros. Un equilibrio que nadie ve claro.
Los datos estremecen. En la primera mitad de los años 90, Reino Unido concedió 40.000 asilos en cinco años. En 2023, concedió 50.000 en un solo año. Más de 100.000 personas esperan hoy una resolución, muchas alojadas en hoteles convertidos en diana de la extrema derecha. En ese contexto, la respuesta del Gobierno es dar oxígeno a quienes convierten el miedo en proyecto político.
Se castiga a quien migra y se recompensa a quien grita.
Dentro del laborismo, el pánico es evidente. El “muro rojo” —las zonas tradicionalmente obreras del norte de Inglaterra— se desliza hacia una mezcla de conservadurismo social y resentimiento económico que Farage explota con precisión clínica. El profesor Rohan McWilliam lo resume: “El partido está aterrorizado”. No derrotará el fascismo adaptándose al tono del fascismo.
En este nuevo clima, el laborismo ha rectificado ya varias veces en materia social: recortes a la discapacidad, recortes a programas comunitarios. Cada retroceso provoca rebeliones internas. Cada rebelión evidencia una fractura. La cuestión migratoria no es una excepción, es el síntoma de un proyecto que ha renunciado al horizonte transformador para dedicarse a apagar incendios con gasolina.
Frente a ese ruido, la voz más lúcida proviene de un lugar inesperado: Michael Heseltine, histórico conservador de 92 años. Él, y no la izquierda institucional, recuerda que si millones de personas quieren llegar a Europa es porque pueden ver en su móvil cómo viven las y los europeos. Lo explica sin rodeos: “Quieren lo mismo para sus familias, y arriesgarán lo que haga falta”.
Esa es la raíz del fenómeno migratorio: no una amenaza, sino una aspiración legítima.
Heseltine también propone algo que la socialdemocracia británica ha olvidado: cooperación internacional, inversión real en los países de origen, una especie de Plan Marshall global. No muros, sino futuro. No castigo, sino justicia.
Mientras tanto, el Gobierno laborista prefiere hablar de “firmeza”. Algunos lo llaman pragmatismo. Otros, renuncia. Pero lo cierto es que esta dureza no frenará a Farage. Al contrario, normaliza su discurso y legitima su agenda.
Intentar derrotar a la extrema derecha imitándola solo consigue que la extrema derecha parezca inevitable.
Hoy, el Reino Unido afronta una encrucijada moral. Y la izquierda británica vive su propia fractura interna. El problema no es que Starmer quiera “rescatar el alma del país”. El problema es que ha asumido el marco de quienes llevan décadas destruyendo esa alma.
Lo que se está jugando no es solo la política migratoria, sino el sentido mismo de la palabra “progreso”.
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