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En el último censo realizado en los campamentos de refugiados hay más de 1.800 personas víctimas por mina y más de 400 fallecidas.
Amargo como la vida
Vuelve a acariciarse de forma tosca la piel escarchada de su frente. El sol y la arena son impasibles frente a cualquier rostro y rastro físico, pero no torna, por suerte, árida el vestigio y rastro cultural del pueblo saharaui.
Tras abanicar el carbón con el recorte de una caja de cartón Daha Bulahi se dispone a preparar, de forma casi mecánica, el primer paso del té, el que es amargo como la vida… Y así es.
Daha nació en El Aiún, en el Sáhara Occidental, «bajo bandera española», repite. Donde, insiste, «existía total convivencia entre dos pueblos que no se olvidan pese a los desmanes políticos».
Para ejemplificarlo me extiende de una fotografía de su juventud, él y un amigo suyo, junto a una chica canaria con la que iban a la playa en verano.
Cuando narra su historia no puedo evitar pensar en mis padres, ya que nacieron en la misma época y vivieron una infancia y juventud casi paralelas… Hasta COU.

Cuando cumplió 17 años, tras lo que se conoció como el Acuerdo Tripartito, que no fue más que «la firma de una traición, de un regalo entre reyes», dice.
Daha recuerda que por aquel entonces, la legión española, que tan presente estaba en los bares y el ocio de la vida en el Sáhara Occidental, «se esfumó de golpe» y las ciudades comenzaron a estar tomadas por militares marroquíes, «que ya hacían latente sus vulneraciones a los derechos».
De esto tiene consciencia antes de la Marcha Verde, que para él «no fue más que un acto de formalizar lo que ya comenzábamos a sentir en la realidad, ya había presos saharauis, muertos, violaciones…».
«Yo, entonces, no tuve más remedio que cruzar el desierto en un 4×4 con amigos míos. Mis padres tuvieron que quedarse con mi hermano, que había sufrido una quemadura grave y estaba ingresado. Nunca he vuelto».
Al hablar de cruzar el desierto, más allá de una epopeya bíblica, ahora nos vienen imágenes elitistas de las carreras del Dakar o las excursiones organizadas, pero por aquel entonces a la sórdida travesía se le añadían las bombas que sobrevolaban.
«Otros cruzaron andando, familias con niños, ganado de cabras o camellos…», resopla poniendo de manifiesto la relatividad de la suerte que tuvo.

«Los saharauis venimos de la cultura nómada y ese camino constató nuestro conocimiento del terreno, porque para evitar ser heridos se avanzaba de noche y nos escondíamos de día».
Este vaivén, el avanzar de noche y esconderse de día marcó los años venideros de Daha, ya en el ejército, esta representaba la práctica y estrategia militar frente al despliegue marroquí.
«Avanzábamos incluso con las luces apagadas», muestra indicando el camino con su mano izquierda. «Esta fue la clave que me desveló un alto cargo marroquí que hicimos preso: nosotros luchábamos por ideales y ellos con la mirada cegada».
Lo bélico no suele terminar cuando lo dictamina una fecha concreta. En el caso del Sáhara la perduración del conflicto reside en la desposesión de las tierras a sus habitantes, pero también se encuentra cercenado y flanqueado por un muro, el más largo del mundo, que impide a estos su regreso. Estalla las aspiraciones…
En los 90 Daha comenzó a dedicarse al desminado. «Se calcula a la baja que hay más de 7 millones de estás y según el último censo de 2020 han causado más de 1800 víctimas heridas y más de 400 mortales, además de el impacto que tiene para animales…».
Ocurrió en la zona de Tifariti, en el año 94, «trataba de desactivar una mina que funcionaba de forma química, con dos elementos, y vi que no estaba bien e intenté lanzarla hacia el lado contrario y lejos de donde estaban trabajando mis compañeros, pero…»
«Fui trasladado al hospital militar de Tifariti y al final acabé en Tinduf, donde estuve ingresado, perdí todos los dedos de mi mano y un ojo». «Perdí mucha sangre y me desmoralicé, porque yo era una persona ágil, activa…».
«Pasó un tiempo en el que sentía que ya no podía servir al pueblo, a mi familia…». Amargo como la vida…
Dulce como el amor
Tras calentar la tetera vuelve a dejar caer el té sobre los vasos que, al contrario del cubilete de trilero, expone y ofrece todo su arraigo y sinceridad. El segundo paso es el de la dulzura, como el amor…
«Con el tiempo fui recuperando mi moral, partiendo también de mi experiencia personal, porque hemos vivido una larga guerra y he visto como varios saharauis que han sido mutilados de pierna, de brazos siguen viviendo normal».

Esa desmotivación se terminó materializando en Daha en el voluntariado contra las minas antipersona. Comenzó a colaborar en un centro de heridos y en campañas de sensibilización.
«A través de un curso entendí muchas cosas de acción humanitaria que yo había vivido, comprendí la relevancia y el peligro de las minas. A raíz de eso, junto con otros compañeros creamos ASAVIM».

ASAVIM es una asociación para la sensibilización contra las minas que nace con la voluntad de cooperación y para ayudar a personas afectadas, pero para ello lo primero fue necesario hacer un censo. «Al principio alcanzamos a 1.000 personas».
«Al empezar nos venía todo difícil porque no teníamos muchos conocimientos y fue con la ayuda de otras organizaciones, sobre todo ACAPS que fuimos buscando el camino».
La tesón de Daha lo llevó a repensar el modo de reproducir la ayuda humanitaria y a través de sus vivencias. «Vi que mayoritariamente los saharauis entendemos como criar a los animales, sobre todo a las cabras y a las ovejas. Y vi que también son muy rentables para las familias que viven aquí en los campamentos».
Partiendo de esa idea primigenia se le ocurrió «que una forma muy buena de ayudar económicamente a una familia es crearle una cooperativa. Este proyecto lo comenzamos con la ayuda de Marta Aioz».
La primera cooperativa de ganado para víctimas de minas se pone en pie el 2016. Estas constan de 5 o 6 cabezas de ganado que se entregan a la familia, con un corral, una cisterna y los comederos, también se les financia la comida de los animales durante un año.

«Al cabo de este año el beneficiario ha de devolver dos cabezas, las cuales se juntan con otras de otras cooperativas para formar una nueva».
«Es un proyecto de mucho éxito, favorable a las familias y de mucha eficiencia y rendimiento.
Cinco años después ya han conseguido crear 104 cooperativas en total, de las cuales casi la mayoría han seguido adelante, «porque la familia se convence», sentencia orgulloso.
Dulce como el amor…
Suave como la muerte
Antes de acompañar a Daha a su trabajo aparece corriendo Avida, su nieta, de pelo rizado y carácter de torbellino y maravillosamente inteligente, más teniendo en cuenta que solamente tiene dos años.

Avida hace poco estuvo ingresada por asma y fue atendida por un médico cubano. La medicina en los campamentos se matiza en lo carente, pero fascina la mera posibilidad de tejer una red sanitaria pública en un campo de refugiados.
En este sentido ha sido descomunal la labor educativa y de gestión de recursos que han proporcionado las delegaciones cubanas, instaladas de forma permanente.
«No imaginamos un futuro para nuestros descendientes sin libertad», expresa melancólicamente aguerrido, su voz cambia, pasa su mano por el enmarañado pelo de Avida.
La dulzura del amor sigue constante más allá de lo superfluo, pero el tercer paso del té es de la suavidad, como la muerte…
Sí, parece de forma irremediable conmensurable en la constatación de una sola individualidad, pero la lucha por la libertad es la perpetuación de un pueblo en comunidad.
Cambia de tema de repente, aunque solo lo parece. «A mi lo que de verdad me parte el alma es viajar a España y ver a gente durmiendo en la calle, aquí aún con nuestras limitaciones todo el mundo tiene casa y comida».
Me lo espeta de golpe y casi me deja sin respuesta, pero atisbo a responder un escueto añadido: «y educación y sanidad».
Damos el último sorbo y, después de dejar a Avida con su madre nos «vamos a entregar comida a familias vulnerables» y a mi me sigue fascinando la idea de concebir personas «más» vulnerables en el contexto de un campo de refugiados.
La lucha de la humanidad mal entendida a veces se limita a la ayuda humanitaria. «La mayoría de nuestros problemas terminarían con nuestro regreso al Sáhara, con nuestra libertad, pero aquí seguimos en el desierto de los desiertos…».

Le pregunto sobre esta entrega de comida, viene del Ayuntamiento de Llíria y se reparte a familias que la asistenta social identifica como vulnerables..
Silencio y medio después me desvela lo que escondían varios puntos suspensivos de antes. «Algunas organizaciones mandan estos víveres y hay que repartirlos, obviamente, pero yo no tengo ayuda, pongo gasolina y tiempo».

El tercer paso del té, pese a su suavidad es el que menos puede abarcarse, cierra una liturgia y como el fin de la vida misma y la lucha contra la muerte estremece tanto que de forma habitual no termina de comprenderse.

Descontextualizado, para la supervivencia, la ayuda humanitaria termina volviéndose en moralina occidental, pero en Daha la dureza de la vida, la dulzura del amor y la suavidad de la muerte se cristalizan en la certidumbre de quien huye, ama y resiste…
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