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Mientras bombardea Gaza, el Estado israelí despliega una campaña global de imagen financiada con dinero público, desde los escenarios hasta los algoritmos
Israel no solo participó en Eurovisión 2024 mientras bombardeaba Gaza. Lo hizo con luces, vítores, confeti y escenografía bélica.
Mientras los misiles caían sobre Rafah, la televisión pública israelí KAN —que responde directamente al Gobierno de Benjamin Netanyahu— celebraba su presencia en uno de los escenarios más mediáticos de Europa como un acto de normalidad democrática. No era solo una canción: era un mensaje. Un relato cuidadosamente construido que repite el mantra del país moderno, progresista, plural. Una democracia asediada, no un Estado ocupante. Una víctima, no un verdugo.
El decorado servía a la estrategia. La llamada Hasbará, término hebreo para la “explicación” o justificación de la política israelí, no es un rumor ni una elucubración. Es un proyecto estatal. Un andamiaje de propaganda sofisticada que combina diplomacia pública, ciberinteligencia, marketing cultural y manipulación informativa.
En 2024, el presupuesto del Ministerio de Asuntos Estratégicos de Israel incluyó 150 millones de dólares adicionales para operaciones internacionales de imagen, según datos públicos del gobierno israelí. El objetivo es claro: controlar el relato.
LA MÁQUINA DE LA HASBARÁ EN EUROPA
La participación de Israel en Eurovisión no es anecdótica. Forma parte de una red más amplia. Uno de los principales patrocinadores del festival en 2025 fue MoroccanOil, una empresa de capital israelí que no solo financia, también impone condiciones. Mientras se expulsaba a Países Bajos por una bandera, a Israel se le permitía acosar a delegaciones críticas sin consecuencias. El doble rasero era tan escandaloso como calculado.
Pero hay más. La firma KKR, uno de los mayores fondos de inversión del mundo y con estrechos vínculos con el lobby sionista en EE.UU. e Israel, es dueña o inversora de festivales culturales por toda Europa, desde Francia hasta los Países Nórdicos. Su apuesta no es solo financiera. Es narrativa. Es geopolítica a través del entretenimiento.
Y si hablamos de propaganda, no podemos obviar el caso de España, donde el grupo ACOM (Acción y Comunicación sobre Oriente Medio), dirigido por David Hatchwell, actúa como correa de transmisión de la Hasbará. Sus vínculos con la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso y el partido de ultraderecha Vox son conocidos, y sus campañas contra Podemos, Palestina o cualquier crítica al sionismo han ocupado platós como el de Iker Jiménez, donde se blanquean crímenes, se difama a periodistas y se tergiversa la realidad.
Esto no es libertad de expresión. Es intoxicación mediática con licencia institucional.
REDES, BOTS Y ACOSO DIGITAL COMO ESTRATEGIA DE ESTADO
El caso de Eurovisión 2025 no fue una excepción, sino una operación orquestada. Según una investigación de The Guardian, el llamado Team Jorge, una unidad secreta israelí, ha intervenido elecciones, sabotajes mediáticos y campañas de desprestigio en al menos 30 países. Con softwares como Pegasus o con astroturfing masivo, las redes sociales se convierten en trincheras de guerra psicológica.
Durante el festival, hashtags pro-israelíes inundaron Twitter e Instagram. Cuentas falsas replicaban argumentos idénticos en varios idiomas, vídeos emotivos, memes preparados. Todo seguía un guion. Todo tenía un presupuesto. Porque la Hasbará no es amateur: es milimétrica, profesional, militarizada.
Y mientras los medios hablaban de canciones, los tanques seguían avanzando por Gaza.
LA MÚSICA COMO ARMADURA, LOS INFLUENCERS COMO SOLDADOS
En el campo de batalla cultural, todo sirve. Desde becas en universidades extranjeras hasta infiltración en movimientos feministas o LGTBI. Israel lleva años invirtiendo en lo que llama Brand Israel, una estrategia para lavar su imagen internacional a través del arte, la ciencia, la música o el deporte. “Un país que canta no puede estar bombardeando civiles”, parece ser el eslogan.
Pero la realidad es otra. Según la ONU y Human Rights Watch, Israel ha bombardeado escuelas, hospitales, campamentos de refugiados y centros de prensa en Gaza durante los meses en los que ensayaba para Eurovisión. Más de 38.000 personas muertas, la mayoría civiles. Más de 17.000 menores. Y mientras, el espectáculo seguía.
Cada influencer comprado es un cómplice. Cada nota de prensa, una coartada. Cada festival, una cortina de humo.
Frente a esto, el silencio europeo es cómplice. Pero hay grietas. En mayo de 2025, el Gobierno británico suspendió sus negociaciones comerciales con Israel por la ofensiva sobre Gaza. En España, el Congreso votó a favor de embargar la compraventa de armas con el Estado sionista. Son pasos, pequeños, pero necesarios.
Porque no hay Eurovisión que tape una masacre. No hay canción que silencie los gritos bajo los escombros. Y si la propaganda baila, gritaremos más fuerte.
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