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Cuando el lujo necesita vallas, excavadoras y leyes hechas a medida, ya no es turismo: es saqueo con vistas al mar.
SAZAN NO ES UN CAPRICHO PARA MILLONARIOS
Albania ha encontrado una frase que debería escribirse en todos los puertos del Mediterráneo: “Nuestro país no está en venta”. No es poesía patriótica. No es folclore balcánico para decorar una protesta. Es una advertencia política. Una de esas frases que aparecen cuando la gente entiende que detrás de un resort de lujo, de una inversión presentada como salvación y de una foto bonita en una península, casi siempre viene lo mismo: privatización, expulsión, cemento y obediencia.
La isla de Sazan, ese “pequeño paraíso” albanés frente a Vlorë, se ha convertido en el centro de una revuelta que ya no habla solo de una isla. Habla de país. Habla de quién manda. Habla de si una costa, una laguna, una memoria colectiva y un ecosistema pueden entregarse como si fueran una parcela disponible en el escaparate global del dinero. Y el apellido Trump, claro, ayuda a entender el aroma del asunto. Ivanka Trump y Jared Kushner aparecen vinculados a dos complejos turísticos de lujo en la costa sur de Albania. Uno de ellos afecta a Sazan y al área de Zvërnec. Nada pequeño: se habla de una inversión de 1.400 millones de euros, de una península con ocho kilómetros de costa y de un proyecto que, según ecologistas, podría alcanzar las 10.000 habitaciones.
Diez mil habitaciones. La cifra no describe desarrollo. Describe ocupación.
Las protestas estallaron hace tres semanas, cuando las excavadoras empezaron a talar zonas boscosas y a arrasar dunas antiguas en un espacio protegido. La reserva de Pishë Poro-Narta, en la península de Zvërnec, no es un solar vacío esperando a que llegue la genialidad inmobiliaria de turno. Allí se encuentra uno de los últimos ríos salvajes de Europa. Sus costas protegen una laguna interior clave para la migración de cientos de aves raras y para más de 70 especies en peligro de extinción. Flamencos, focas monje, tortugas bobas. Vida, dicho de otra manera. Vida que no cotiza bien cuando aparece el capital depredador con casco blanco y sonrisa de folleto.
La “revolución de los flamencos” nació de ahí. De un límite. De ver cómo se levantaba una valla para impedir el acceso público. De ver a guardias privados enfrentarse a vecinas y vecinos. De ver a un terrateniente local arrastrado esposado por un terreno rocoso mientras la policía miraba. La escena resume una época: la seguridad privada empuja, el Estado calla y el dinero avanza.
Ina Shkurti, cartógrafa de 32 años, recuerda Sazan como parte de su infancia. Se bañaba allí de niña, soñaba con la isla de adolescente y regresaba cada verano a Vlorë ya de adulta. Su indignación no es sentimentalismo. Es lucidez. Si una pareja rica llega, urbaniza una isla y luego limita el acceso a quienes la sienten como propia, el problema no es turístico. Es democrático. O más exactamente: antidemocrático.
LA DICTADURA DEL DINERO SUCIO
Edi Rama, primer ministro albanés, no parece dispuesto a frenar. Elegido el año pasado para un cuarto mandato, vende el proyecto como una oportunidad histórica para convertir Albania en el destino turístico de lujo más atractivo del Mediterráneo. Lo llama “bendición”. También promete que, a largo plazo, habrá aproximadamente un 25% más de árboles y espacios verdes. Ese viejo truco. Primero se tala, luego se maquilla. Primero se destruye, luego se presenta una infografía verde.
Albania tiene tres millones de habitantes y recibió el año pasado cerca de 12 millones de turistas. Esa cifra debería abrir un debate serio sobre infraestructuras, vivienda, empleo, agua, residuos, acceso público y soberanía territorial. Pero el capitalismo turístico no debate: aterriza. Llega con promesas de empleo, hoteles limpios, restaurantes nuevos y “confianza”. Como si la confianza se construyera entregando reservas naturales a sociedades opacas y fortunas extranjeras.
El proyecto obtuvo aprobación preliminar después de que el Parlamento albanés modificara leyes estrictas que protegían zonas ambientalmente sensibles. No hay pruebas de que Kushner participara en ese cambio legislativo, pero la coincidencia huele demasiado a mundo real. La oposición denuncia falta de transparencia y señala que la identidad de los inversores queda escondida tras una sociedad pantalla con varias capas en Países Bajos. Qué sorpresa. Los ricos aman la patria ajena, pero prefieren esconder el dinero en estructuras que nadie entienda.
La indignación ya ha desbordado a Kushner e Ivanka. Las y los jóvenes albaneses gritan “Rama ik” cada noche frente a la oficina del primer ministro: Rama, dimite. Justina Prenga, de 24 años, lo resume sin literatura: la generación Z dice basta. Lizander Saraci, gestor de riesgos y padre de dos hijos, apunta al corazón del asunto tras más de 30 años de transición: hospitales terribles, educación hundida, falta de trabajo, emigración constante. Y luego aparece un megaproyecto de lujo para explicarles que el futuro era esto: habitaciones para ricos donde antes había naturaleza común.
“Stop a la dictadura del dinero sucio” es uno de los lemas de las protestas. No se puede decir mejor. Porque este tipo de operaciones casi nunca reparten prosperidad. Reparten migajas, uniformes, salarios bajos y una postal para Instagram. El beneficio gordo se va a otra parte. A cuentas lejanas. A despachos blindados. A familias que descubren “paraísos” donde ya vivían pueblos, memorias, animales, trabajadoras y trabajadores.
El Parlamento Europeo se pronunció la semana pasada y pidió detener nuevas construcciones en zonas protegidas. Algunos eurodiputados hablaron de “capitalistas depredadores”. Bruselas lleva tiempo reclamando a Tirana la derogación de una ley que permite acelerar proyectos de inversores estratégicos y que considera injusta. La UE, incluso la UE, ha tenido que mirar este caso y decir: cuidado. Silvio Gonzato, embajador europeo en Albania, recordó que, a año y medio del objetivo de cerrar negociaciones de adhesión, el país debería alinearse con las normas ambientales comunitarias.
Rama respondió prometiendo seguir adelante con Zvërnec, siempre, dice, bajo una evaluación de impacto ambiental conforme a la UE. Traducción política: se continúa, se revisa el papel y se llama sostenibilidad a lo que ya nació como negocio.
No todo el mundo se opone. Hay empresarios locales entusiasmados, como el dueño de un restaurante llamado “Ivanka”. Hay quien cree que Albania debe aprovechar la oportunidad, que si no lo hace lo harán otros. Es el chantaje de siempre: o aceptas el saqueo o te quedas atrás. Como si el progreso fuera escoger qué millonario te compra primero.
Mientras tanto, la ornitóloga Ledi Selgjekaj observa desde hace cinco años cómo las obras del nuevo aeropuerto internacional de Vlorë ya han roto corredores ecológicos. Los flamencos y sus nidos con huevos han sido golpeados especialmente. Y si el aeropuerto entra en funcionamiento, dice, será un desastre. Si los resorts siguen adelante, será la sentencia de muerte.
Ahí está la palabra. Muerte. No “desarrollo”. No “oportunidad”. No “modernización”. Muerte ambiental, muerte democrática y muerte de lo común para que una élite global pueda vender exclusividad sobre ruinas recién pintadas.
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