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Cerrar estadios, imponer multas elevadas, retirar puntos; sean cuales sean las medidas, deben ser lo suficientemente fuertes como para enviar un mensaje claro: el racismo no toleramos el racismo
La intolerancia se ha vuelto a vestir de gala en los estadios de fútbol este fin de semana, dejando al descubierto la fealdad de un racismo que, lejos de ser erradicado, parece arraigarse más profundo en las entrañas del deporte rey. Las gradas se han convertido en escenarios de vileza, donde la discriminación racial se corea con la misma intensidad con que se celebran los goles. La suspensión de un partido y la detención de otro por insultos racistas no son incidentes aislados; son síntomas de una enfermedad crónica que carcome el espíritu del fútbol y, por extensión, de la sociedad que lo alberga.
El episodio de Cheikh Sarr, portero del Rayo Majadahonda, atacado por su origen en pleno partido, es un grito de alarma. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, el color de la piel de un jugador determine el trato que recibe en el campo? El deporte, que debería ser un vehículo de unión y respeto mutuo, se ve manchado por actos que no tienen cabida en ninguna sociedad que se precie de ser justa y equitativa.
Los comunicados de condena emitidos por los clubes implicados, aunque necesarios, suenan a poco más que a ruido de fondo en la lucha contra el racismo. Las palabras, sin acciones concretas y consecuencias reales para los perpetradores, son vacías. ¿De qué sirve reiterar la «más absoluta condena» contra el racismo si semana tras semana somos testigos de cómo se repiten estos actos?
El fútbol español está enfermo de racismo, y la repetición de estos episodios vergonzosos es la prueba palpable de ello. Los protocolos contra el racismo de LaLiga, que deberían servir como barreras para detener esta lacra, parecen ser meras formalidades que no logran atajar el problema de raíz. ¿Cuántas veces más deberemos presenciar la interrupción de un partido debido a insultos racistas? ¿Cuántos jugadores más deberán sentirse humillados y atacados por el simple hecho de ser quienes son?
Es hora de que las autoridades futbolísticas, los clubes y la sociedad en su conjunto se tomen en serio la erradicación del racismo en el deporte. Esto implica no solo sanciones más severas para los aficionados que perpetran estos actos, sino también un trabajo profundo y continuado de educación y sensibilización. El racismo no se soluciona con un silbato y la suspensión temporal de un partido; se combate con un cambio de mentalidad y con el compromiso firme de todos los actores involucrados en el deporte.
Cerrar estadios, imponer multas elevadas, retirar puntos; sean cuales sean las medidas, deben ser lo suficientemente fuertes como para enviar un mensaje claro: el racismo no tiene cabida en el fútbol ni en ninguna otra parte. Si el fútbol es un reflejo de la sociedad, es momento de mirarnos en ese espejo y preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser. La lucha contra el racismo en el fútbol es, en última instancia, una lucha por nuestra propia dignidad como comunidad. Ya es hora de que actuemos en consecuencia.
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