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Subido a hombros, sin permiso y con un mensaje de odio. Ese es el nuevo formato de la “España combativa”.
LA UNIVERSIDAD, CAMPO DE BATALLA CULTURAL DE LA EXTREMA DERECHA
Vito Quiles apareció por la parte trasera de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada el 22 de octubre, ondeando una bandera de España y rodeado de una escolta que lo levantó sobre los hombros para abrirse paso entre abucheos. No tenía permiso, pero eso era parte del espectáculo. El acto formaba parte de su gira “España combativa”, una serie de apariciones improvisadas en universidades andaluzas con un objetivo evidente: provocar enfrentamientos y alimentar la narrativa de la censura “progre”.
La Universidad de Granada negó haber autorizado ningún evento, dejando claro en un comunicado que no existía solicitud oficial alguna. Pese a ello, Quiles se presentó ante un campus tomado por la tensión y por un amplio dispositivo policial que incluía agentes de las Unidades de Intervención Policial y de Prevención y Reacción. El propio despliegue policial era la imagen perfecta que buscaba: el falso disidente protegido por el Estado frente a estudiantes indignados que no quieren odio en sus aulas.
“Los discursos racistas, machistas, homófobos o clasistas no tienen cabida en la universidad ni en ningún espacio público”, denunciaban los colectivos sociales y estudiantiles concentrados en la Plaza de la Universidad. Muchos coreaban “que viva la clase obrera” frente al intento de Quiles de coger un megáfono para no decir, una vez más, nada.
El ruido no era nuevo. Quiles, señalado por periodistas como José Enrique Monrosi por acoso y amenazas dentro del Congreso, se ha convertido en símbolo del antiperiodismo militante: un agitador disfrazado de reportero que usa la provocación como estrategia de visibilidad. Cada grito o empujón es combustible para su personaje.
LA DERECHA JUEGA A LA CENSURA INVERSA
El caso de Granada no es aislado. Siete asociaciones estudiantiles “liberales” firmaron un manifiesto invocando la libertad de expresión para justificar su presencia. Pero el debate no era sobre libertad de expresión, sino sobre los límites del espacio público. ¿Puede cualquiera usar una universidad —sin permiso— para difundir odio o falsedades? La ultraderecha ha aprendido a pervertir el concepto de libertad hasta convertirlo en escudo de impunidad.
Mientras las y los estudiantes protestaban por la invasión de su campus, los seguidores de Quiles gritaban contra la prensa con el clásico “manipuladora”, como si toda crítica al discurso ultra fuese censura. En ese espejo deformado, quienes defienden la convivencia son acusados de totalitarios, y quienes siembran el odio se autoproclaman defensores del pensamiento libre.
La “España combativa” de Quiles es, en realidad, una España en guerra contra la inteligencia y la crítica. No busca debatir, sino humillar. No viene a dialogar, sino a grabar vídeos virales para su público. Su paso por Granada fue eso: una performance política diseñada para alimentar el relato del mártir censurado, mientras el verdadero ataque era contra la propia idea de universidad como espacio de pensamiento libre y antifascista.
El intento de convertir las facultades en platós del espectáculo ultra revela una estrategia más amplia. Se trata de colonizar el espacio público a través del ruido, la victimización y la provocación. Lo que no pueden conquistar por argumentos, lo invaden con megáfonos.
Granada resistió. Lo hizo entre cánticos, pancartas y dignidad. Porque no hay nada más subversivo que una comunidad universitaria que se planta frente a la mentira organizada.
Y si algo quedó claro en la Facultad de Derecho es que la “España combativa” no está en los hombros de un agitador con bandera, sino en quienes se niegan a que el odio entre por la puerta trasera.
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