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La propuesta de un “museo de la verdad” no busca memoria: busca fabricar coartadas para convertir a las víctimas del pinochetismo en una molestia histórica.
CUANDO LA ULTRADERECHA LLAMA VERDAD A SU PROPIA PROPAGANDA
La ultraderecha chilena ha encontrado una nueva forma de insultar a la memoria democrática: proponer un “museo de la verdad” para reinterpretar los años de Salvador Allende antes del golpe de Augusto Pinochet. No es una ocurrencia inocente. No es una disputa académica. No es un debate sereno sobre archivos, testimonios y complejidades históricas. Es otra cosa. Es una operación política para envolver el pinochetismo en papel institucional y venderlo como neutralidad.
Según publicó The Guardian el 9 de junio, siete congresistas del Partido Nacional Libertario, formación de extrema derecha vinculada a Johannes Kaiser, presentaron una iniciativa para crear un museo dedicado a las supuestas víctimas del gobierno de la Unidad Popular. El texto habla de “hambre”, “humillación”, “violencia política” y “caos económico”. Muy solemne todo. Muy dramático. Muy limpio. Lo que no aparece con la misma claridad es la otra parte de la historia: la presión exterior, la intervención de Estados Unidos, la estrategia de desestabilización y el golpe militar que terminó con un gobierno elegido democráticamente.
Fuente original: https://www.theguardian.com/world/2026/jun/09/chilean-lawmakers-propose-museum-of-truth-for-pre-pinochet-years?utm_source=chatgpt.com
Allende llegó al poder en 1970. Pinochet lo derrocó el 11 de septiembre de 1973 mediante un golpe respaldado por la CIA. Esa fecha no es una nota al pie. Es el centro de todo. Porque cuando una fuerza política pretende hablar de “verdad” y borra la mano de Washington, no está completando la memoria: la está mutilando. Llamar museo de la verdad a un museo que omite la intervención de la CIA es como llamar hospital a una fábrica de heridas.
El proyecto dice querer preservar una memoria “completa” y “sin sesgo ideológico”. La frase ya viene manchada. Porque quienes la pronuncian no llegan desde la inocencia, sino desde un campo político que lleva años justificando, minimizando o embelleciendo la dictadura. Johannes Kaiser obtuvo un 13,9% de los votos en la primera vuelta presidencial del año pasado mientras elogiaba el régimen de Pinochet, bajo el cual miles de personas fueron asesinadas, desaparecidas, torturadas, encarceladas o empujadas al exilio. No hablamos de matices. Hablamos de cadáveres, celdas, vuelos, centros de tortura y familias esperando durante décadas.
Y ahí está el truco. La extrema derecha no niega siempre de frente. A veces hace algo más eficaz: reordena el foco. Mueve la cámara. Agranda un problema real, como el desabastecimiento o la crisis económica durante la Unidad Popular, y saca del encuadre el sabotaje, el bloqueo, la conspiración y la violencia militar. Después llama a eso equilibrio. No lo es. Es revisionismo con corbata.
LA MEMORIA NO ES UN CAPRICHO: ES UNA BARRERA CONTRA EL HORROR
Chile ya cuenta con un Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago. Fue inaugurado en 2010 y trabaja sobre las violaciones cometidas durante la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1990. Sus archivos se apoyan en las comisiones Rettig y Valech, que documentaron más de 40.000 víctimas, entre personas detenidas desaparecidas, ejecutadas, torturadas y presas políticas. De ellas, 3.065 fueron asesinadas o continúan desaparecidas. Esas cifras no son ideología. Son Estado. Son expedientes. Son nombres. Son familias.
Por eso molesta tanto. Porque la memoria democrática pone límites a los herederos políticos de la barbarie. Les recuerda que no todo puede lavarse con marketing. Que no todo cabe en una tertulia. Que no basta con repetir “libertad” mientras se acaricia la sombra de un régimen nacido del bombardeo de La Moneda. Las y los defensores del pinochetismo saben que no pueden ganar del todo mientras existan archivos, placas, testimonios, sentencias y museos. Por eso quieren disputar el relato. No para ampliar la verdad, sino para desactivarla.
La propuesta llega, además, con José Antonio Kast en la presidencia desde marzo. Kast ha defendido públicamente el legado de la dictadura y su gobierno ya ha dado señales inquietantes en materia de memoria y derechos. El artículo de The Guardian recuerda también que una encuesta de 2023 situó en el 36% el porcentaje de chilenas y chilenos que aprobaban el régimen de Pinochet. Ese dato debería helar la sangre. No porque una sociedad no pueda debatir su pasado, sino porque una parte significativa de esa sociedad parece dispuesta a mirar una dictadura y ver orden donde hubo terror.
El pinochetismo siempre tuvo una coartada económica. Dijo que mataba para salvar. Que torturaba para estabilizar. Que desaparecía para modernizar. El capitalismo autoritario latinoamericano lleva décadas vendiendo la misma mercancía podrida: primero disciplina a sangre y fuego, luego privatiza lo común y finalmente pide reconocimiento histórico por haber impuesto “orden”. Orden para las élites. Miedo para las y los trabajadores. Silencio para las víctimas. Negocio para los de siempre.
La memoria no exige idealizar a Allende ni convertir la Unidad Popular en estampita. La memoria exige contar todo. Todo. También los errores, las tensiones, la inflación y el desabastecimiento. Pero contarlo todo significa nombrar a la CIA, a Nixon, a Kissinger, a los militares golpistas, a los civiles cómplices y a quienes convirtieron Chile en laboratorio neoliberal sobre cuerpos rotos. Lo demás es una trampa. Una trampa vieja, pero peligrosa.
La extrema derecha chilena no quiere un museo. Quiere una lavandería. Quiere colgar fotografías, seleccionar testimonios, fabricar víctimas útiles y construir una narrativa donde el golpe parezca consecuencia natural y no crimen político. Quiere que el 11 de septiembre de 1973 deje de ser una herida democrática para convertirse en una nota incómoda entre vitrinas. Quiere que el horror tenga patrocinio público.
Y frente a eso no caben medias palabras. Un país que permite a los herederos del terror escribir la memoria acaba entregándoles también el futuro.
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