Macron repite la jugada: cerrar la puerta a la izquierda mientras abre el balcón a la ultraderecha
UN GOBIERNO TÉCNICO PARA UNA DEMOCRACIA EN COMA
Emmanuel Macron ha vuelto a hacerlo. En un país sumido en la desigualdad, con la sanidad colapsada, el poder adquisitivo desplomado y la ultraderecha rozando el poder, ha decidido nombrar de nuevo primer ministro a Sébastien Lecornu. El mismo que dimitió hace apenas una semana tras un gobierno que duró catorce horas. El mismo perfil tecnocrático y dócil que tanto gusta al Palacio del Elíseo, donde la autocrítica es un término abolido.
El nuevo gabinete, compuesto por 34 ministros y secretarios de Estado, no representa una apertura política, sino una renovación cosmética del mismo bloque neoliberal que lleva años gestionando Francia como si fuera una empresa en liquidación. Macron lo ha llamado “gobierno de misión”. Lo que no dice es cuál es la misión: aprobar un presupuesto antes de fin de año o impedir que la izquierda vuelva a tocar el poder.
Entre los nuevos nombres, aparecen Laurent Núñez, prefecto de Policía de París y responsable de algunas de las represiones más brutales contra las manifestaciones de los chalecos amarillos, y Catherine Vautrin, exministra de Trabajo, reciclada ahora en Defensa. El mensaje es claro: más control, más mano dura, más obediencia.
La democracia francesa, antaño ejemplo europeo, se ha convertido en un simulacro sostenido por tecnócratas. Un poder que no representa al pueblo, sino a los intereses de los mercados y de Bruselas, obsesionado con el déficit mientras el país se desangra socialmente.
MACRON, EL MEJOR ALIADO DE LA EXTREMA DERECHA
Cada vez que Macron cierra el paso a la izquierda, Marine Le Pen sonríe un poco más. Cada vez que impone un gobierno de tecnócratas, sin urnas ni debate, la ultraderecha se fortalece. No es una paradoja: es un método. La “razón de Estado” de Macron consiste en asfixiar toda alternativa popular para luego presentarse como el último dique frente al fascismo.
Pero ese muro se resquebraja. Las políticas de austeridad, la reforma de las pensiones de 2023, la represión sindical y la criminalización de la protesta han dejado una Francia agotada. Cuando se vacía la democracia de contenido, el fascismo encuentra hueco en la forma. Lo sabe la historia: del oportunismo liberal nacen siempre los monstruos.
Mientras el Elíseo proclama neutralidad y “competencia técnica”, las y los trabajadores franceses siguen pagando los platos rotos. El nuevo ministro de Trabajo, Jean-Pierre Farandou, viene de la empresa pública ferroviaria SNCF, donde se dedicó a aplicar recortes y cerrar líneas rurales. En su mesa le espera la exigencia de suspender la reforma de las pensiones, condición que el Partido Socialista ha puesto para no tumbar al gobierno. Nadie espera que ceda.
La izquierda institucional francesa ha sido marginada por decreto. No por falta de votos, sino por falta de poder real. Macron se ampara en la “estabilidad” mientras destruye la representatividad. La derecha moderada se ha convertido en un decorado, el centro en una palabra vacía y la ultraderecha en la beneficiaria directa del descontento popular.
Los nombres técnicos no ocultan la ideología. Ocultan la responsabilidad. Lecornu no es un gestor: es el contable de un proyecto político que privatiza, militariza y reprime. A su alrededor, figuras recicladas del viejo aparato macronista —Roland Lescure en Economía, Jean-Noël Barrot en Exteriores, Gérald Darmanin en Justicia— repiten el guion de siempre: disciplina fiscal, competitividad y reformas “impopulares”.
Francia vive atrapada en un bucle que recuerda a los años noventa, cuando el miedo al Frente Nacional servía para justificar cualquier concesión al capital. Hoy el pretexto es el mismo, pero el peligro es mayor: Le Pen ya no es una amenaza, es una opción de gobierno. Y Macron, en su ceguera arrogante, le está preparando el terreno.
El liberalismo que se proclama antiextremista es el que ha hecho del autoritarismo una costumbre. Cuando se gobierna contra la gente, el voto de protesta se convierte en única salida. Y cuando se presenta a la izquierda como una anomalía, la extrema derecha se disfraza de sentido común.
En Nueva Caledonia, la centrista Naïma Moutchou sustituye al socialista Manuel Valls, responsable del frágil proceso de paz en la región. En Educación, otro alto funcionario, Édouard Geffray, sin experiencia docente, asumirá la mayor cartera presupuestaria del país. Y en Transición Ecológica, Monique Barbut, exdirectiva de WWF-Francia, simboliza el ecologismo de despacho que firma tratados mientras el país arde y las inundaciones arrasan el sur.
Macron confunde la técnica con la democracia. Pero los gobiernos no se legitiman por su currículum, sino por su proyecto. Y el suyo es claro: mantener intacto el poder de las élites mientras el pueblo se cansa, se abstiene o se radicaliza.
No es una novedad, es la repetición de un error histórico. De ese error nacieron los Salvini, los Trump, los Milei y los Le Pen.
Francia no necesitaba un gobierno técnico. Necesitaba justicia social, diálogo y memoria. Pero en el Palacio del Elíseo llueve siempre la misma lluvia: tecnócratas al mando, pueblo al margen y extrema derecha a la espera.
Macron cree que ha salvado la República. En realidad, la está entregando.
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