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El choque por Irán destapa fisuras en una alianza basada en el poder, no en principios
Algo se ha roto. Y no es menor. La guerra de Estados Unidos contra Irán está generando un efecto inesperado: las propias derechas ultras empiezan a chocar entre sí. No por ética. No por pacifismo. Por intereses. Por cálculo. Y porque incluso dentro de ese bloque hay límites cuando el conflicto se vuelve demasiado incómodo, demasiado evidente.
La escena es clara. Donald Trump carga contra Giorgia Meloni, hasta ahora una de sus aliadas más fieles en Europa. Lo hace con dureza, sin matices. Le reprocha no implicarse en la ofensiva contra Irán, le acusa de debilidad y llega a cuestionar su liderazgo. Un giro brusco. Hace no tanto, Meloni era el ejemplo a seguir.
El detonante, en parte, ha sido la defensa que la primera ministra italiana ha hecho del papa León XIV tras los ataques del propio Trump. El pontífice, que ha insistido en denunciar la guerra sin ambigüedades, ha respondido con firmeza a las críticas del presidente estadounidense, como recoge la reacción del papa León XIV ante los ataques de Trump por su postura contra la guerra. Y eso ha tensado aún más la cuerda.
Trump no se ha contenido. En una entrevista telefónica de apenas seis minutos con el diario italiano Corriere della Sera, ha pasado al ataque. Literal. “Es ella la que es inaceptable”, ha dicho sobre Meloni. La acusa de no preocuparse por la amenaza iraní, de dejar que Estados Unidos haga el trabajo, de no estar a la altura.
Y va más allá. Mucho más allá. Asegura que Italia podría “volar por los aires en dos minutos” si Irán tuviera armas nucleares. Introduce el miedo. Lo amplifica. Es un patrón conocido. Pero ahora lo dirige contra una aliada.
Un conflicto que desordena el tablero
La ruptura no es solo personal. Es política. Trump insiste en que Meloni “ya no es la misma persona”. Que Italia tampoco lo será. Habla de inmigración, de petróleo, de la OTAN. Mezcla todo. Lo mezcla porque todo forma parte del mismo relato: presión, control, alineamiento.
El mensaje es claro. O estás con Estados Unidos en esta guerra o estás fuera. No hay término medio. Y Meloni, que ha optado por no implicar a Italia en el conflicto, se convierte de repente en objetivo.
Según Trump, la primera ministra “no quiere ayudar con la OTAN” ni participar en la estrategia para “deshacerse del arma nuclear”. La acusa de querer beneficiarse sin asumir riesgos. De mirar hacia otro lado mientras Washington actúa.
Pero lo relevante no es solo lo que dice Trump. Es lo que revela este enfrentamiento. Durante años, la extrema derecha internacional ha vendido una imagen de bloque compacto. Coordinado. Con objetivos comunes. Esa imagen empieza a resquebrajarse.
Porque cuando la guerra deja de ser discurso y se convierte en hechos, las posiciones cambian. Los costes aparecen. Y las alianzas se tensan.
El límite del cinismo
Hay algo más. Algo que explica el fondo del conflicto. La guerra contra Irán no es una operación limpia. No es un relato sencillo. Y eso incomoda incluso a quienes han construido su carrera política sobre la confrontación.
Trump justifica la ofensiva hablando de 42.000 manifestantes asesinados en Irán el mes pasado. Una cifra que lanza sin contexto, sin verificación pública en ese momento, pero que utiliza como argumento moral. Como si eso bastara. Como si la guerra fuera una respuesta automática.
Meloni, en cambio, se distancia. No abraza ese discurso. No al menos de forma explícita. Y ese matiz, mínimo pero significativo, es suficiente para romper la sintonía.
También influye el papel del Vaticano. El papa León XIV ha optado por una línea clara: denunciar la guerra. Sin equilibrios. Sin ambigüedades. Y eso coloca a líderes como Meloni en una posición incómoda. Entre su base ideológica y una institución con peso social y político.
Trump, en cambio, redobla la apuesta. Ataca al pontífice directamente. Dice que “no entiende” lo que ocurre, que “no debería hablar de guerra”. Intenta deslegitimar cualquier discurso que cuestione su estrategia.
El resultado es este. Una fractura visible. Un choque entre quienes, hasta hace poco, compartían agenda, discurso y enemigo.
Se acabó el amor. No por principios. Nunca fue por principios. Se acabó porque incluso dentro de la ultraderecha hay guerras que no todos están dispuestos a asumir. Y eso lo cambia todo.
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