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Un informe de Ecologistas en Acción alerta de que casi la mitad de los alimentos analizados contienen residuos tóxicos y que el 32% mezcla varios plaguicidas a la vez, un riesgo que la comunidad científica considera especialmente preocupante.
El dato impresiona. Pero lo peor llega cuando se mira despacio. El 69% de la fruta consumida en España contiene restos de plaguicidas. Y no hablamos solo de trazas aisladas. El nuevo informe Directo a tus hormonas 2026, publicado este 19 de mayo por Ecologistas en Acción, advierte de una exposición masiva y cotidiana a sustancias químicas asociadas a alteraciones hormonales, problemas reproductivos, cáncer o daños ambientales persistentes.
La organización ha analizado los últimos datos disponibles del Programa de Control de Residuos de Plaguicidas de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), correspondientes a alimentos consumidos en 2024. El resultado deja poco margen para el optimismo: el 46% de los alimentos consumidos en España contiene residuos de al menos un plaguicida.
En total aparecen 127 plaguicidas distintos. Entre ellos, 59 sustancias no autorizadas en la Unión Europea. También se detectan 48 plaguicidas considerados disruptores endocrinos, sustancias capaces de alterar el sistema hormonal incluso en cantidades muy bajas. El informe identifica además 14 plaguicidas PFAS, conocidos como “químicos eternos” por su enorme persistencia en el medio ambiente y su relación con enfermedades graves. Y todavía hay más: aparecen 15 sustancias catalogadas como “candidatas a la sustitución” por sus efectos cancerígenos, tóxicos para la reproducción o por su capacidad de bioacumulación.
No es una alarma abstracta. Está en la fruta. En la verdura. En la compra semanal.
EL PROBLEMA NO ES SOLO UN PLAGUICIDA, SINO TODOS A LA VEZ
Uno de los aspectos que más preocupa a la comunidad científica es el llamado “efecto cóctel”. El problema no sería únicamente encontrar una sustancia concreta, sino la combinación de muchas en un mismo alimento. Y ahí el informe es especialmente duro.
El 32% de las muestras analizadas presenta contaminación múltiple por varios plaguicidas. Hay casos extremos. Ocho muestras contenían más de diez sustancias distintas al mismo tiempo. Una muestra de uva llegó a tener 14 plaguicidas diferentes.
Kistiñe García, coautora del estudio, resume así la preocupación: “Preocupa que el 32% de los alimentos presenten contaminación múltiple con más de un plaguicida, con casos extremos como el de ocho muestras con más de 10 sustancias cada una, o una uva con 14 plaguicidas distintos”.
La cuestión es que la regulación europea sigue evaluando muchos de estos productos de forma individual. Como si los consumidores y consumidoras ingirieran una sustancia aislada cada vez. Pero la realidad es otra. Se mezclan compuestos. Se acumulan. Se cruzan entre sí. Y los efectos combinados siguen sin estar correctamente previstos ni regulados.
La población está expuesta cada día a una sopa química cuyo impacto completo todavía no se evalúa adecuadamente. Esa es la advertencia de fondo que atraviesa todo el informe.
Ecologistas en Acción señala también que existen diferencias claras entre los productos locales y los importados. Según sus datos, el 61% de los alimentos locales está libre de plaguicidas, mientras que entre los alimentos importados esa cifra cae al 28%.
La organización recomienda priorizar alimentos de temporada y proximidad. No solo por sostenibilidad o sabor. También por salud. Muchos productos importados requieren tratamientos adicionales para soportar largos periodos de transporte y conservación. Ahí aparece con frecuencia el fungicida imazalil, identificado como disruptor endocrino y señalado como la sustancia más detectada en los análisis.
UNA AGRICULTURA ATRAPADA ENTRE EL NEGOCIO QUÍMICO Y LA FALTA DE APOYO
El informe no carga únicamente contra los residuos presentes en los alimentos. También apunta a las decisiones políticas que sostienen este modelo agrícola. Porque muchas agricultoras y agricultores siguen dependiendo de estos productos para competir en un sistema dominado por la gran distribución y la presión constante sobre los precios.
Koldo Hernández, coautor del estudio, plantea una idea sencilla pero importante: “Siempre que se pueda, es preferible elegir alimentos ecológicos, aunque sin olvidar que el objetivo es que todos los alimentos, no solo los ecológicos, estén limpios de plaguicidas”.
Ahí está el núcleo del debate. Convertir la alimentación sana en un lujo para quien pueda pagarla no resuelve nada. El problema es estructural. Y el propio informe señala directamente al Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación por no apoyar suficientemente la transición hacia modelos agrícolas menos dependientes de sustancias tóxicas.
Sin ayudas públicas reales, muchas explotaciones quedan atrapadas entre la rentabilidad y la salud pública. Mientras tanto, las grandes empresas agroquímicas siguen colocando productos en el mercado aunque acumulen advertencias científicas desde hace años.
Ecologistas en Acción también lanza una alerta sobre el llamado Ómnibus de Alimentos y Piensos impulsado por la Comisión Europea. La propuesta podría facilitar aprobaciones ilimitadas de determinados plaguicidas. Según la organización, al menos 13 sustancias activas incluidas en esa reforma ya están presentes en el 17% de los alimentos españoles.
La paradoja es casi grotesca. La propia Agencia Europea de Seguridad Alimentaria reconoce que existe una alternativa más segura: destinar más recursos al proceso de evaluación y control. Es decir, el problema no sería técnico. Sería político. Otra vez.
Por eso Ecologistas en Acción ha impulsado la campaña Por la salud, las abejas y la agricultura, con la que pide frenar una desregulación que consideran innecesaria y peligrosa.
Porque mientras Bruselas discute procedimientos y las multinacionales defienden beneficios, los residuos siguen llegando al plato. Directos a las hormonas. Directos al cuerpo.
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