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La Cámara Alta de EEUU aprueba por primera vez tramitar una resolución para frenar nuevos ataques mientras crece el miedo al coste económico y político de otra guerra interminable.
Donald Trump lleva meses jugando a la ruleta rusa con Oriente Medio. Amenazas. Ultimátums. Bombardeos “preventivos”. Discursos apocalípticos sobre Irán y armas nucleares. Y, aun así, este 20 de mayo, el presidente estadounidense sufrió algo que detesta más que una derrota militar: una humillación política pública en el Capitolio.
Porque el Senado de EEUU aprobó, por primera vez tras ocho intentos fallidos, avanzar en la tramitación de una resolución destinada a limitar la capacidad de Trump para seguir atacando Irán sin autorización del Congreso. No es todavía una ley definitiva. Falta otra votación en el Senado, el paso por la Cámara de Representantes y luego el posible veto presidencial. Pero el golpe ya está dado. Y es serio.
La votación terminó con un ajustado 50 a 47. Lo suficiente para dejar una fotografía incómoda para la Casa Blanca: republicanos votando contra la estrategia bélica de su propio presidente. Algo impensable hace apenas unos meses.
LA GUERRA QUE EMPIEZA A ROMPER AL PARTIDO REPUBLICANO
La resolución busca obligar a Trump a retirar a EEUU de la guerra con Irán o, como mínimo, someter cualquier nueva ofensiva a la aprobación del Congreso. Es decir, recordar algo básico en teoría democrática: que declarar guerras no debería depender del impulso de un solo hombre obsesionado con parecer fuerte frente a las cámaras.
Desde el ataque ordenado por Trump el 28 de febrero, las y los demócratas habían intentado repetidamente activar mecanismos parlamentarios para frenar la escalada militar. Siempre chocaban contra el muro republicano. Hasta ahora.
El cambio clave llegó de la mano del senador de Luisiana Bill Cassidy, que decidió romper filas después de haber sido derrotado en las primarias republicanas por un candidato apoyado por Trump. La ironía es brutal. Un senador castigado por el trumpismo termina siendo decisivo para cuestionar la guerra impulsada por Trump.
Cassidy se sumó así a otros republicanos que ya habían mostrado rechazo a la deriva militarista: Rand Paul, Susan Collins y Lisa Murkowski. No son mayoría. Ni mucho menos. Pero bastaron para abrir una grieta que hace semanas parecía imposible.
Y esa grieta tiene mucho que ver con el miedo. Miedo político. Miedo económico. Miedo electoral.
Porque el conflicto con Irán está golpeando directamente el bolsillo estadounidense. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha disparado la tensión energética y los precios del combustible vuelven a convertirse en un problema nacional. Otra vez gasolina cara. Otra vez inflación. Otra vez el ciudadano medio pagando las fantasías geopolíticas de Washington.
Las guerras siempre se venden como patriotismo mientras las facturas las paga la clase trabajadora.
Por eso incluso parte del Partido Republicano empieza a incomodarse. No por pacifismo. No por empatía hacia las víctimas iraníes. Mucho menos. Empiezan a inquietarse porque las guerras largas dejan de ser rentables cuando dañan la economía interna y amenazan votos.
Mientras tanto, el vicepresidente JD Vance sigue preparado para inclinar futuras votaciones si hay empate. Y algunos senadores republicanos ausentes podrían cambiar el resultado final en próximas sesiones. Nada está garantizado. Pero el mensaje ya existe: Trump ya no controla completamente el consenso bélico dentro de su propio partido.
EL PRESIDENTE QUE AMENAZA CON EL APOCALIPSIS Y RETROCEDE A ÚLTIMA HORA
La contradicción define esta presidencia. Trump apareció este martes visitando las obras del nuevo salón de gala de la Casa Blanca mientras lanzaba amenazas contra Irán casi como quien comenta la bolsa o el tiempo.
“Dos o tres días. Tal vez viernes, sábado, domingo”, dijo sobre el plazo que daba a Teherán para capitular. Luego añadió algo todavía más inquietante: aseguró que había estado “a una hora” de ordenar nuevos ataques contra Irán el lunes.
Una hora.
Así se está gestionando la posibilidad de otra guerra regional de enormes dimensiones. Como si el planeta fuese un reality show dirigido por millonarios jugando al póker nuclear.
Trump volvió a recurrir a su retórica habitual sobre el supuesto “holocausto nuclear” que provocaría Irán si obtiene armas atómicas. Un discurso basado en el miedo permanente. La política exterior estadounidense lleva décadas funcionando así: fabricar amenazas absolutas para justificar intervenciones que después dejan países destruidos, millones de desplazadas y desplazados y beneficios obscenos para la industria armamentística.
Pero ocurrió algo revelador. El mismo Trump que hablaba de ataques inminentes anunció poco después que había decidido posponer una ofensiva prevista para mañana tras las peticiones de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí.
Es decir, incluso aliados tradicionales de Washington empiezan a temer que esta escalada termine incendiando toda la región.
Las negociaciones entre Washington y Teherán siguen bloqueadas. Irán rechaza las exigencias estadounidenses sobre el enriquecimiento de uranio y ha presentado una contrapropuesta mediante mediadores paquistaníes. Mientras tanto, el ejército estadounidense mantiene preparada una operación de “gran escala” si fracasa la vía diplomática.
Todo ello ocurre bajo un alto el fuego frágil. Inestable. Con amenazas cruzadas cada pocas horas. Y con un presidente estadounidense que un día habla de negociación y al siguiente presume de estar a sesenta minutos de lanzar otra lluvia de bombas.
El problema no es solo Trump. El problema es un sistema político que convierte la guerra en herramienta electoral, negocio privado y espectáculo televisivo mientras el mundo contiene la respiración esperando cuál será el próximo capricho del imperio.
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