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El presidente de Estados Unidos bendice al candidato derechista Abelardo de la Espriella antes de la segunda vuelta y convierte la democracia colombiana en otro tablero de obediencia hemisférica.
WASHINGTON HABLA, LA DERECHA APLAUDE
Donald Trump no ha descubierto la injerencia. La ha convertido en costumbre. En rutina. En esa ceremonia imperial donde Washington opina, señala, amenaza, bendice y después llama “libertad” a lo que no es más que tutela política con traje caro. El 2 de junio, el presidente de Estados Unidos respaldó públicamente al candidato presidencial colombiano Abelardo de la Espriella, abogado de derechas, aspirante sin experiencia en cargos electos y figura lanzada a la segunda vuelta frente al senador izquierdista Iván Cepeda.
La noticia, difundida por Reuters el 3 de junio, no es un gesto menor. No es una anécdota diplomática. No es una frase de campaña. Es el presidente de la principal potencia del continente metiendo la mano en una elección ajena y diciendo, sin demasiado disimulo, qué resultado le conviene a Estados Unidos. Trump escribió en redes sociales que los resultados de esos comicios son “muy importantes” para el futuro de Colombia y para su relación con Estados Unidos. Traducido del idioma imperial: voten bien o aténganse a las consecuencias.
La primera vuelta, celebrada el 31 de mayo, dejó un escenario ajustado. De la Espriella obtuvo casi el 44% de los votos. Cepeda se quedó por debajo del 41%. La diferencia existe, claro. Pero también existe algo más incómodo: una segunda vuelta que debería pertenecer a las y los colombianos, no al despacho de Trump ni a los intereses estratégicos de Washington. Porque cuando un presidente estadounidense decide intervenir simbólicamente en una elección latinoamericana, no habla solo para animar a un candidato. Habla para condicionar un país.
Y la derecha regional lo sabe. Lo sabe demasiado bien. Por eso aplaude este tipo de apoyos con una obediencia que casi da vergüenza ajena. La misma derecha que grita “soberanía” cuando gobierna la izquierda se arrodilla ante Washington cuando el amo levanta la ceja. Llaman injerencia a una declaración de solidaridad entre pueblos, pero llaman alianza a que Trump bendiga a su candidato favorito. Llaman libertad a que Estados Unidos les marque el camino. Llaman democracia a la subordinación.
De la Espriella no es un nombre neutro. Su estilo personal, su discurso de mano dura contra los grupos armados ilegales y su promesa de construir 10 megacárceles han provocado comparaciones con Nayib Bukele, el presidente salvadoreño convertido en fetiche internacional de la derecha punitiva. Ya conocemos la fórmula: miedo, castigo, cárceles gigantes, propaganda, militarización, aplausos de los sectores acomodados y una estética de orden que siempre empieza prometiendo seguridad y termina recortando derechos.
LA DEMOCRACIA NO ES UN PROTECTORADO
El propio De la Espriella respondió al respaldo de Trump con una declaración que sonó más a solicitud de bendición que a defensa soberana. Afirmó, en una entrevista en vídeo compartida en redes, que Estados Unidos juega un papel crucial en la lucha contra el crimen y el “narcoterrorismo”, y en liberar finalmente a Colombia de tanto dolor y violencia. Después añadió que él y Trump comparten valores y principios en defensa de la democracia, la libertad y el Estado de derecho.
La frase tiene truco. Mucho truco. Porque cada vez que la derecha latinoamericana invoca la democracia con patrocinio estadounidense, conviene revisar quién paga la pancarta, quién escribe el guion y quién recoge los beneficios. No hay libertad real cuando un país poderoso decide qué candidatura garantiza sus intereses. Hay dependencia. Hay presión. Hay una vieja historia continental que vuelve con otro decorado, pero con el mismo fondo.
Colombia carga con décadas de violencia política, conflicto armado, narcotráfico, desigualdad, desplazamiento y heridas abiertas. Nadie necesita que Trump venga a dar lecciones. Mucho menos un Trump que ha convertido la política exterior en una mezcla de negocio, amenaza y espectáculo. Presentarse como garante de la estabilidad colombiana mientras se avala una candidatura de mano dura no es preocupación democrática. Es cálculo geopolítico. Es la vieja doctrina de siempre: América Latina como patio trasero, las urnas como trámite y la soberanía como molestia.
El presidente colombiano Gustavo Petro, que ha mantenido una relación turbulenta con Trump, respondió el 2 de junio con una frase precisa: “Cuando un país interfiere en las decisiones de otro país, muere la libertad”. Y ahí está el centro del asunto. No en la simpatía personal entre Trump y De la Espriella. No en la retórica de seguridad. No en los aplausos de la derecha mediática. El centro es este: una potencia extranjera está intentando pesar sobre una elección nacional.
A las y los votantes colombianos no se les respeta cuando se les coloca bajo vigilancia política desde Washington. A las y los trabajadores, campesinos, estudiantes, comunidades indígenas, afrodescendientes, víctimas del conflicto y familias empobrecidas no se les garantiza más democracia cuando un candidato promete 10 megacárceles como si el futuro de un país pudiera construirse encerrando cuerpos. Eso no es proyecto nacional. Es administración del miedo.
Y conviene decirlo claro: el problema no es solo Trump. El problema es la estructura que permite que cualquier presidente estadounidense se sienta con derecho a decidir qué gobiernos son aceptables y cuáles deben ser castigados. Hoy es Colombia. Ayer fueron otros países. Mañana será cualquiera que se salga del guion. La injerencia no siempre llega con tanques. A veces llega con un post en redes sociales, una amenaza comercial, una foto sonriente y una frase sobre la “libertad”.
La segunda vuelta de junio no enfrenta solo dos candidaturas. Enfrenta dos formas de entender la política: una democracia con todas sus tensiones, sus conflictos y sus contradicciones, o un modelo tutelado donde la derecha local mira a Washington antes de mirar a su propio pueblo. Y eso, por mucho que lo maquillen con palabras solemnes, tiene un nombre bastante antiguo.
Cuando el imperio recomienda candidato, no está opinando: está marcando territorio.
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