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El nuevo informe del laboratorio de Thomas Piketty desmonta la gran mentira neoliberal sobre la desigualdad y señala a los ultrarricos como principal problema global
LA MITAD DEL PLANETA SOBREVIVE CON EL 2% DE LA RIQUEZA
El nuevo “Global Justice Report” del World Inequality Lab vuelve a poner cifras a algo que el sistema intenta esconder constantemente detrás de discursos sobre esfuerzo individual, emprendimiento y meritocracia. La mitad más pobre de la humanidad controla apenas el 2% de la riqueza global. El informe plantea elevar esa cifra hasta el 30%. Y solo esa comparación ya retrata la obscenidad del modelo económico actual mejor que mil discursos políticos. No estamos hablando de desigualdad abstracta. Estamos hablando de miles de millones de personas viviendo con salarios miserables, alquileres imposibles y servicios públicos deteriorados mientras una minoría acumula fortunas capaces de comprar medios de comunicación, campañas electorales, tribunales fiscales a medida y hasta programas espaciales privados para millonarios aburridos.
Durante años nos vendieron la idea de que la pobreza era un problema inevitable derivado de la complejidad económica global. Mentira. El informe de Thomas Piketty y su equipo señala algo mucho más incómodo: el planeta no está colapsando porque demasiada gente tenga poco. Está colapsando porque una minoría tiene muchísimo más de lo que cualquier ser humano podría necesitar jamás. Jets privados, fondos fósiles, yates gigantescos, especulación inmobiliaria, megaproyectos extractivos y un hiperconsumo delirante sostenido sobre explotación laboral y destrucción ambiental. Mientras tanto, a la mayoría se le pide reciclar más, ducharse rápido y aceptar jornadas laborales eternas como sacrificio colectivo por el clima. La culpa siempre hacia abajo. El negocio siempre hacia arriba.
EL VERDADERO TABÚ: REPARTIR PODER
Lo más peligroso del informe no es la denuncia moral. Es que demuestra que otra distribución de la riqueza no solo es posible, sino perfectamente compatible con una mejora material global. Menos concentración extrema de capital, menos lujo inútil y más inversión pública en sanidad, educación, energía limpia, vivienda y reducción de jornada laboral. El World Inequality Lab incluso plantea impuestos de hasta el 90% para las rentas más altas. Y ahí es donde las élites económicas empiezan a hablar de “populismo”, “radicalismo” o “ataque al crecimiento”. Curioso. Nunca consideran radical que ocho personas acumulen más riqueza que países enteros. Radical parece siempre cualquier intento de limitar ese saqueo.
El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado una maquinaria ideológica brillantemente cruel. Nos convencieron de que “no hay dinero” para pensiones, hospitales o transporte público mientras se multiplicaban beneficios empresariales récord y fortunas privadas imposibles de imaginar hace apenas unas décadas. Nos hicieron creer que trabajar más horas por menos salario era responsabilidad económica. Que la precariedad era modernidad. Que la desigualdad era simplemente el precio inevitable del progreso. Pero informes como este dejan algo muy claro: la pobreza no es un accidente del sistema. Es una consecuencia funcional de un modelo que necesita concentración extrema de riqueza para sostener relaciones de poder profundamente desiguales. Y cuando eso queda expuesto con cifras, el debate deja de ser económico. Se convierte en una batalla política directa entre democracia y oligarquía.
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