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El “dólar flota” terminó el 2 de septiembre con un comunicado oficial: intervención, desesperación y un país hipotecado.
INTERVENCIÓN TRAS LA CARETA DEL LIBERALISMO
El gobierno de Javier Milei atraviesa su peor momento desde que llegó al poder. El 2 de septiembre de 2025 el Tesoro argentino reconoció públicamente que vende dólares para contener la cotización del peso, enterrando de golpe meses de propaganda en los que el presidente se reía de quienes advertían lo inevitable: que el dólar no flota, que el mercado está manipulado y que el experimento se sostenía sobre humo.
Las reservas brutas cayeron miles de millones en pocos días y los contratos de futuros ya descuentan que la banda superior del tipo de cambio será superada antes de enero. La ficción de la flotación con bandas murió en directo, y con ella el discurso de “no intervención” del supuesto gobierno liberal.
El arsenal de parches ha sido grotesco. Ventas en Rofex y futuros para frenar expectativas, encajes bancarios elevados a más del 50% (un nivel que no se veía desde 1992) para obligar a las y los bancos a inmovilizar dinero y comprar deuda pública, e incluso jornadas completas en las que se prohíbe a las entidades mover un solo peso para evitar corridas cambiarias. A todo esto se suman ventas directas de dólares por parte del Tesoro: el 12, 20, 26 y 27 de agosto se reconocieron operaciones millonarias para sostener artificialmente el tipo de cambio.
El resultado es un oxímoron: un gobierno que se autoproclama libertario convertido en el más intervencionista de las últimas décadas. Todo para aguantar hasta el 7 de septiembre, cuando se celebran elecciones en la provincia de Buenos Aires. El objetivo no es macroeconómico, es electoral: evitar que el dólar toque el techo antes de las urnas.
En paralelo, Milei agotó de forma irresponsable los dólares de la primera mitad del año. Entre junio y julio se adelantó la liquidación récord del agro, que debería haber servido como colchón para el segundo semestre. Lo que otros gobiernos guardaban para la escasez de divisas de fin de año, él lo dilapidó en su luna de miel política. De aquellos polvos, estos lodos.
TASAS AL 75% Y UN CRÉDITO IMPAGABLE
El otro gran pilar del plan de supervivencia son las tasas de interés. El tipo de interés saltó del 30% al 60% en apenas una semana, y los nuevos bonos ya se colocan con cupones cercanos al 75%, muy por encima de una inflación anual del 20–30%. Para los grandes inversores es un banquete: rentabilidad asegurada, riesgo socializado. Para el resto de la sociedad es una soga al cuello.
Los bancos ofrecen créditos impagables. Nadie puede sobrevivir con esas condiciones. Las familias argentinas ya destinan el 18,7% de su renta al pago de deudas, casi el doble que antes de Milei, y la morosidad se disparó hasta superar el 5% en la cartera total y el 6% en créditos personales. Es un efecto dominó: primero las familias, luego las empresas y finalmente la banca.
Para el Estado, la bomba es todavía mayor. Colocar bonos al 75% multiplica el coste de la deuda y agrava un déficit que ya se escondía capitalizando intereses. La promesa de reducir el riesgo país para refinanciar obligaciones a menor coste ha fracasado. Lejos de bajar, el riesgo país sube. Los mercados ven lo obvio: que las reservas netas son prestadas, que las intervenciones son desesperadas y que el modelo es insostenible.
En política, el golpe también llegó. El 1 de septiembre Milei perdió de forma masiva las elecciones en Corrientes, un anticipo del desgaste que enfrenta en Buenos Aires. La combinación es letal: corrupción en su círculo íntimo, deterioro macroeconómico y humillaciones electorales. La épica de la motosierra se derrumba ante la realidad de un país hipotecado.
Las enfermeras y enfermeros, las docentes y los docentes, y las y los jubilados pagan la factura. Mientras tanto, los fondos de inversión internacionales celebran la orgía de intereses y la bicicleta financiera vuelve a girar. En nombre de la libertad se privatizan las rentas y se socializa el dolor.
La promesa de no intervenir murió el 2 de septiembre. El pueblo argentino paga por las carcajadas de Milei.
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