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Mientras nos hablan de modernización, eficiencia y seguridad, el Estado español abre la puerta de su inteligencia militar a una de las empresas más vinculadas al negocio global de la vigilancia, la guerra y el poder algorítmico. Te lo contamos en #ReportajesSR. Presentado por Patricia Salvador.
Durante años, el discurso oficial sobre la digitalización del Estado se presentó como algo inevitablemente positivo. Más tecnología. Más rapidez. Más eficacia. Más seguridad. Pero casi nunca se habla de quién diseña esa tecnología, quién controla los sistemas o qué intereses terminan entrando por la puerta trasera de las instituciones públicas.
Y ahí aparece Palantir.
No como una startup cualquiera. No como una simple empresa de software. Sino como una de las compañías más estrechamente vinculadas al complejo militar y de inteligencia estadounidense. Una empresa creada con financiación ligada a la CIA, especializada en convertir cantidades masivas de datos en herramientas de vigilancia, análisis predictivo y toma de decisiones estratégicas.
En 2023, el Estado Mayor de la Defensa adjudicó a Palantir un contrato de 16,54 millones de euros sin IVA para integrar una solución de análisis e inteligencia dentro del sistema de inteligencia de las Fuerzas Armadas. Y lo hizo mediante un procedimiento negociado sin publicidad, con una sola oferta presentada.
Es decir: sin competencia real. Sin debate público. Sin transparencia efectiva.
El problema no es únicamente jurídico o administrativo. El problema es político.
Porque cuando una democracia entrega una parte de su arquitectura de inteligencia militar a una empresa privada extranjera, la pregunta deja de ser técnica. Empieza a ser una cuestión de soberanía.
¿Quién controla los datos? ¿Quién controla el software? ¿Quién puede auditarlo? ¿Quién decide cómo se interpreta la realidad dentro del aparato militar?
Antes del gran contrato hubo una prueba piloto. En 2022, Defensa ya había adjudicado a Palantir una “prueba de concepto” también mediante procedimiento negociado sin publicidad y también con una sola oferta. Durante cuatro meses, personal militar y técnicos de la compañía trabajaron conjuntamente para probar capacidades de integración y análisis masivo de información.
La descripción oficial parece sacada de una película de ciencia ficción militarizada: integración de datos de múltiples orígenes, análisis geoespacial, automatización de procesos, detección de patrones, visualización de redes y conexiones, auditoría de usuarios, análisis temporal y estadístico.
Traducido: una herramienta diseñada para transformar enormes cantidades de información en decisiones operativas dentro de estructuras militares.
Y ahí está la cuestión de fondo.
La tecnología nunca es neutral cuando organiza la mirada del poder.
Quien controla el sistema que ordena los datos también condiciona la forma en la que el Estado interpreta amenazas, riesgos y prioridades. No es solo software. Es infraestructura política.
Mientras tanto, el Ministerio de Defensa respondió parcialmente a las solicitudes de información alegando razones de seguridad nacional y protección de intereses comerciales. La opacidad volvió a imponerse como norma.
Porque el secreto puede ser necesario en determinados ámbitos militares. Claro que sí. Pero también puede convertirse en una coartada perfecta para blindar decisiones políticas incómodas y evitar cualquier control democrático serio.
EL NUEVO NEGOCIO DEL MIEDO: GUERRA, DATOS Y DEPENDENCIA TECNOLÓGICA
Lo más inquietante es que Palantir no entra únicamente por la vía militar.
Según informó Público en abril de 2026, la filial española de la compañía multiplicó sus ingresos hasta alcanzar 19,26 millones de euros y disparó sus beneficios tras vender a Defensa su sistema Gotham.
Además, alrededor de cuarenta empresas españolas utilizan ya productos de Palantir, entre ellas grandes corporaciones como Airbus o Mutua Madrileña.
Ese es precisamente el modelo de expansión de estas compañías.
Primero entran en sectores estratégicos. Después demuestran utilidad. Más tarde generan dependencia. Finalmente dejan de percibirse como una empresa privada para convertirse en una infraestructura aparentemente imprescindible.
Y cuando un Estado depende de una infraestructura que no controla plenamente, empieza a perder soberanía aunque conserve banderas, himnos y discursos patrióticos.
Porque la soberanía del siglo XXI no se juega solo en las fronteras físicas. También se juega en el control del software, de los algoritmos y de las redes de datos.
Mientras tanto, Europa atraviesa una nueva fiebre de rearme. Los presupuestos militares aumentan. La inteligencia artificial se convierte en negocio prioritario. Y las grandes tecnológicas descubren que la guerra, la frontera y la vigilancia son mercados extraordinariamente rentables.
La promesa siempre es la misma: anticipar amenazas, automatizar decisiones, gestionar mejor el caos.
Pero el precio es enorme.
La guerra se llena de plataformas privadas. La vigilancia se llena de algoritmos opacos. La democracia se vacía de control ciudadano.
Palantir representa con crudeza ese nuevo pacto entre Silicon Valley y el poder militar.
Ya ni siquiera intentan disfrazarse de empresas inocentes que “solo conectan personas” o “mejoran la comunicación”. Ahora quieren ocupar directamente el núcleo duro del poder estatal: defensa, inteligencia, fronteras y seguridad.
Por eso este caso no debería despacharse como una simple adjudicación técnica.
La pregunta no es únicamente si la herramienta funciona.
La pregunta es para quién funciona. Bajo qué controles funciona. Qué dependencia genera cuando ya está integrada. Y qué capacidad real tendrá el Estado para desprenderse de ella cuando se vuelva indispensable.
Porque ahí reside el verdadero negocio del tecnofascismo contemporáneo.
No venderte una aplicación.
Sino construir un mundo donde la vigilancia parezca inevitable, la opacidad parezca normal y la democracia sea vista como un obstáculo demasiado lento para quienes quieren gobernarlo todo a golpe de algoritmo.
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