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Defensa entregó a una empresa nacida en el ecosistema de la CIA una pieza sensible de la inteligencia militar española, sin publicidad, con una sola oferta y bajo una capa de secreto que huele demasiado a negocio blindado.
El nuevo #ReportajesSR, presentado por Patricia Salvador, pone el foco donde casi nadie quiere mirar: Palantir ya está dentro del Ministerio de Defensa. No hablamos de una aplicación de oficina, ni de una modernización administrativa, ni de otro contrato tecnológico perdido en el BOE. Hablamos de una compañía privada extranjera, vinculada desde su origen al ecosistema de inteligencia estadounidense, entrando en una zona crítica del Estado: la arquitectura con la que las Fuerzas Armadas fusionan, analizan y ordenan información sensible.
EL CONTRATO QUE NADIE DEBATIÓ
El dato central es obsceno por su claridad. En 2023, la Jefatura de Asuntos Económicos del Estado Mayor de la Defensa adjudicó a Palantir Technologies Spain S.L. un contrato de 16.540.000 euros sin IVA para una “solución de fusión y análisis de inteligencia” en el Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. El BOE lo publicó el 13 de noviembre de 2023. La adjudicación fue el 10 de octubre de 2023. El procedimiento: negociado sin publicidad. Ofertas recibidas: 1. Criterio de adjudicación: precio, 100%. Traducción política: sin competencia real, sin debate público y sin una explicación democrática a la altura de lo que estaba en juego.
Antes hubo una prueba. Palantir ya había firmado un contrato previo de 256.200 euros como prueba de concepto. Público detalló el 22 de abril que ese contrato sirvió de puerta de entrada al contrato grande: 16,54 millones de euros, unos 20 millones con IVA, para el software de inteligencia militar Gotham. Una escalera perfecta. Primero entras como ensayo. Luego te conviertes en infraestructura. Luego ya eres difícil de sacar.
La herramienta no es inocente. Gotham permite integrar datos de distintos orígenes, tamaños, tipos y formatos. Procesa altos volúmenes de información. Automatiza tareas. Visualiza vínculos. Hace análisis temporal, estadístico y geoespacial. Ordena la realidad para que el poder pueda actuar sobre ella. Cuando una tecnología decide qué conecta, qué destaca y qué convierte en amenaza, ya no estamos ante una simple herramienta: estamos ante una forma de mirar del Estado.
Ahí está el núcleo del problema. La tecnología militar no es neutral cuando organiza datos para la inteligencia militar. No lo es cuando la vende una empresa privada. No lo es cuando esa empresa pertenece a otro ecosistema geopolítico. Y no lo es cuando entra mediante un procedimiento excepcional que reduce al mínimo la luz pública.
Defensa respondió parcialmente a las solicitudes de información. Alegó seguridad nacional, defensa e información clasificada. También invocó la protección de los intereses económicos y comerciales de Palantir. Es decir: el Estado no solo protegió el secreto militar, también protegió el negocio de la empresa. La resolución del Ministerio admite acceso parcial y sostiene que facilitar toda la información causaría un perjuicio más grave a la seguridad nacional y la defensa que el interés público de acceso.
Hay secretos necesarios. Nadie sensato pide publicar datos operativos de inteligencia militar. Pero otra cosa muy distinta es convertir el secreto en una cortina general para no discutir quién controla el software, qué dependencia se crea, qué acceso mantiene la empresa, qué auditorías existen y qué alternativas fueron valoradas. La seguridad nacional no puede ser una palabra mágica para esconder decisiones políticas de enorme calado.
LA SOBERANÍA TAMBIÉN SE PIERDE POR SOFTWARE
Palantir no vende solo código. Vende dependencia. Vende una promesa: juntar datos dispersos, acelerar decisiones y hacer más eficiente el poder. Suena limpio. Suena moderno. Suena inevitable. Precisamente por eso es peligroso.
Newtral ya recogió en octubre de 2023 las dudas de expertos en contratación pública sobre la transparencia y la concurrencia del procedimiento. Francisco Blanco, colaborador del Observatorio de Contratación Pública, cuestionó que la selección hubiera seguido un procedimiento ordinario de contratación pública y advirtió de que la contratación directa con Palantir suponía una vinculación política con estrategias de inteligencia militar de EEUU. Lorena Jaume-Palasí, experta en ética e inteligencia artificial, apuntó otro asunto decisivo: Palantir no busca solo vender software de forma puntual, sino establecerse como infraestructura a largo plazo.
Y esa palabra lo cambia todo: infraestructura. Porque una infraestructura no se compra y se apaga al día siguiente. Se integra. Se adapta. Se vuelve necesaria. Forma a personal. Ordena flujos. Crea inercias. Captura procesos. El verdadero poder de estas empresas no está solo en venderte una herramienta, sino en lograr que después ya no puedas imaginar el sistema sin ellas.
La filial española también ha hecho caja. Público informó de que Palantir Technologies Spain SLU alcanzó 19,26 millones de euros de ingresos, un 50% más que el año anterior y cinco veces más que en 2020. Su beneficio se multiplicó por nueve desde 2020 hasta llegar a 414.070 euros en 2024. La venta a Defensa no aparece como un episodio aislado, sino como una palanca de crecimiento. El miedo factura. La guerra factura. La vigilancia factura.
La empresa no entra solo por la puerta militar. En España también ha trabajado para grandes corporaciones como Mahou, Mutua Madrileña, Eysa o Valoriza, según Público. Ese es el patrón: aterrizar, demostrar utilidad, ampliar presencia, hacerse familiar y terminar pareciendo inevitable. El capitalismo de datos siempre se presenta como solución técnica. Luego descubrimos que era una nueva forma de privatizar poder público.
La discusión no es si España necesita tecnología avanzada. Claro que la necesita. La pregunta es quién la controla. Quién puede auditarla. Quién entiende el sistema. Quién puede modificarlo. Quién puede apagarlo. Quién se beneficia cuando se vuelve imprescindible. Las y los responsables políticos deberían responder sin rodeos: qué alternativas se valoraron, qué empresas fueron invitadas, qué controles independientes existen, qué límites se han fijado y qué plan tiene el Estado para no quedar atrapado en una arquitectura privada extranjera.
Europa vive una fiebre de rearme. Los gobiernos suben gasto militar, la inteligencia artificial se presenta como frontera inevitable y las grandes tecnológicas han descubierto que la seguridad es un mercado fabuloso. La guerra ya no solo vende tanques. Vende plataformas, nubes, algoritmos, análisis predictivo y sistemas opacos que cada vez menos personas entienden y cada vez más personas padecen.
Palantir en Defensa no es una anécdota. Es una señal. Señala un Estado dispuesto a hablar de soberanía con una bandera en la mano mientras entrega partes sensibles de su inteligencia a empresas que no responden ante la ciudadanía. Señala una democracia demasiado cómoda dejando que el poder se vuelva ilegible. Señala un futuro donde la política se esconde detrás del software y el negocio detrás del secreto.
Palantir no vende solo software: vende una idea del mundo en la que los derechos estorban, la democracia va demasiado lenta y el futuro pertenece a quien pueda vigilarlo todo.
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