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Más de 200 animales procedentes de El Pardo fueron sacrificados entre sangre, disparos fallidos y agonías conscientes en un matadero que ahora afronta un expediente sancionador
Hay imágenes que desmontan cualquier discurso institucional sobre “bienestar animal” en apenas unos segundos. Y las que ha revelado elDiario.es en una exclusiva son exactamente eso. Un espejo incómodo. Uno lleno de sangre. Cervatillos aterrorizados. Animales amontonados unos sobre otros. Disparos defectuosos. Cuerpos aún vivos colgados por una pata mientras se desangran lentamente sobre el suelo metálico de un matadero segoviano autorizado por la administración.
Todo ocurrió el 5 de marzo de 2025 en el matadero Vicente de Lucas Fuentetaja, en Segovia. Más de 200 ciervos capturados en el Monte de El Pardo acabaron allí tras un operativo de control poblacional. El problema no es solo la matanza. El problema es cómo se produjo. El problema es que las imágenes muestran algo mucho peor: animales conscientes durante su agonía, disparos múltiples sin control, cervatillos viendo morir a otros de su especie mientras intentaban escapar heridos por los pasillos del matadero.
Y aun así, durante meses, todo siguió funcionando.
EL NEGOCIO DEL “BIENESTAR ANIMAL” ACABA EN UN CHARCO DE SANGRE
La industria lleva años perfeccionando un lenguaje quirúrgico para esconder violencia bajo palabras técnicas. “Control poblacional”. “Aturdimiento”. “Manejo”. “Sacrificio autorizado”. Frases limpias para describir escenas que, vistas sin filtros burocráticos, son otra cosa. Pánico. Dolor. Muerte industrializada.
Según la investigación publicada por elDiario.es, los animales procedían del Monte de El Pardo, uno de los espacios naturales protegidos más importantes de Europa, con 15.821 hectáreas y protegido dentro de la Red Natura 2000 como ZEPA. Allí la caza está prohibida. Los controles de población se realizan mediante capturas vivas y traslado a mataderos autorizados.
Ahí empieza la gran contradicción. Porque en cuanto esos animales silvestres entran en un matadero industrial, pasan a aplicarse las normas europeas de bienestar animal. Y las imágenes descritas en la denuncia apuntan precisamente a que esas normas fueron vulneradas de manera sistemática.
Igualdad Animal denunció hasta ocho infracciones graves de la normativa europea. Entre ellas, la ausencia de aturdimiento efectivo previo, el uso de métodos agresivos y violentos para mover a animales aterrorizados, las aglomeraciones extremas y el hecho de que los ciervos presenciaran la muerte de otros mientras esperaban su turno.
No hablamos de errores aislados. Hablamos de un sistema funcionando durante horas. Entre las 6:00 y las 11:00 de la mañana. Disparo tras disparo.
La propia Ley 32/2007 considera infracción muy grave que un animal permanezca consciente tras el aturdimiento. También castiga el manejo violento que provoque ansiedad o miedo. Las sanciones pueden llegar a los 100.000 euros. La pregunta es otra: cuánto vale exactamente el sufrimiento cuando el negocio sigue siendo rentable.
Porque mientras las imágenes muestran animales agonizando, la empresa defendía que todo se realizaba “con normalidad”, “correcta, eficaz y eficientemente” y cumpliendo la normativa vigente. Ese es probablemente el detalle más perturbador de toda la historia. Que quienes ven esas escenas creen sinceramente que forman parte de una rutina aceptable.
INSTITUCIONES QUE REACCIONAN TARDE Y UNA INDUSTRIA ACOSTUMBRADA A LA IMPUNIDAD
Las grabaciones llegaron a Igualdad Animal a finales de octubre de 2025. La denuncia administrativa fue presentada el 22 de diciembre de 2025. La respuesta institucional tardó meses. No fue hasta el 27 de febrero de 2026 cuando la Dirección General de Salud Pública de Castilla y León reconoció que se habían implantado medidas correctivas y que se iniciaban actuaciones para abrir un expediente sancionador contra el matadero.
Meses después.
Después de que más de 200 animales murieran en aquellas condiciones.
Y todavía hoy las administraciones siguen evitando muchas respuestas. Patrimonio Nacional no aclaró a elDiario.es detalles clave sobre la captura y trazabilidad de los animales. Tampoco la Junta respondió inicialmente sobre posibles incumplimientos o expedientes abiertos. Silencio administrativo frente a imágenes que habrían provocado un terremoto político si las víctimas hubieran sido otras.
Ese es el verdadero problema de fondo. La normalización.
Porque esto no ocurre en un sótano clandestino. Ocurre dentro de instalaciones autorizadas. Supervisadas. Reguladas. Con sellos oficiales. Con veterinarios. Con protocolos. Todo perfectamente legal hasta que alguien graba lo que pasa dentro.
Entonces aparecen las prisas. Las inspecciones. Los expedientes. Las declaraciones ambiguas.
La propia Consejería de Sanidad admitió después que el sacrificio de cérvidos “no constituye una actividad habitual” del establecimiento, aunque reconocía cifras enormes de sacrificios estacionales: 862, 879 y 574 cérvidos en distintos meses del año. Cifras industriales. Difíciles de compatibilizar con la imagen bucólica que suele venderse sobre la gestión ambiental y el control de fauna salvaje.
Igualdad Animal exige ahora medidas cautelares, incluida la posible clausura del establecimiento y la retirada de la autorización administrativa. También reclama verificar si el matadero cumplía el Real Decreto 695/2022, que obliga a disponer de sistemas de videovigilancia del bienestar animal en todas las áreas donde haya animales vivos.
Otra paradoja brutal. Cámaras obligatorias para evitar abusos que solo salen a la luz cuando alguien filtra imágenes desde dentro.
Mientras tanto, el discurso oficial sigue intentando convencernos de que el sufrimiento es una excepción, una anomalía, un fallo puntual dentro de un sistema esencialmente correcto. Pero cada nueva investigación desmonta ese relato un poco más. Pasó con las macrogranjas. Pasó con los mataderos porcinos. Está pasando ahora con los ciervos de El Pardo.
Porque quizá el problema no sea que el sistema falle a veces. Quizá el problema sea que funciona exactamente como fue diseñado: convertir seres vivos en mercancía y llamar “incidencia” a la agonía cuando alguien consigue grabarla.
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