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Si las gradas no son capaces de respetar a los jugadores, tal vez sea hora de jugar a puerta cerrada.
El racismo ha vuelto a manchar el fútbol español, y no es un caso aislado. En un mismo fin de semana, dos jugadores han sido víctimas de insultos racistas en dos partidos distintos de la Segunda División. Primero fue Haissem Hassan, del Real Oviedo, quien recibió el insulto de “mono de mierda” en el derbi asturiano contra el Sporting de Gijón. Y tan solo un día después, Lopy, jugador de la UD Almería, fue agredido verbalmente con el insulto «negro de mierda» durante el encuentro frente al CD Eldense.
LA IMPUNIDAD RACISTA EN EL FÚTBOL: ¿ES SUFICIENTE CON DENUNCIAR?
El hecho de que dos incidentes de racismo hayan ocurrido en tan corto tiempo evidencia un problema estructural en el fútbol español. Las declaraciones de LaLiga y los clubes implicados, condenando los hechos y prometiendo acciones contra los responsables, son un paso necesario. Sin embargo, las palabras y los comunicados no están siendo suficientes. Las medidas punitivas que se adoptan, como la expulsión de los aficionados del estadio o la identificación para posibles sanciones, no parecen disuadir a quienes continúan normalizando el racismo en los estadios.
El mensaje de LaLiga fue claro: «En el deporte no hay lugar para actos racistas o de odio». Sin embargo, mientras estos comportamientos sigan ocurriendo, nos enfrentamos a la realidad de que el fútbol en España, en lugar de ser un ejemplo de inclusión y respeto, está siendo escenario de una intolerancia cada vez más visible. ¿Qué más hace falta para erradicar el racismo de los estadios? La expulsión de los aficionados responsables es el mínimo exigible, pero el impacto de estas acciones a menudo queda diluido frente a la magnitud del problema.
Los insultos racistas no solo afectan al jugador que los recibe, sino también al deporte en su conjunto. Cada vez que alguien grita desde las gradas «negro de mierda» o «mono de mierda», no solo degrada a la víctima en cuestión, sino que también envía un mensaje a quienes observan, especialmente a las generaciones jóvenes: el racismo sigue siendo parte de la realidad en el fútbol, y no se están tomando suficientes medidas para erradicarlo.
EL RACISMO COMO UNA CONSTANTE: ¿HACIA DÓNDE VAMOS?
Este no es un problema nuevo en el fútbol español. Cada temporada, los titulares se llenan de incidentes similares, y la respuesta institucional sigue siendo limitada. La repetición constante de estos episodios deja claro que no se está haciendo lo suficiente. Los insultos hacia jugadores negros o racializados no son meras ofensas, son reflejos de un sistema deportivo y social que aún no ha confrontado su problema con el racismo.
El caso de Haissem Hassan es particularmente llamativo. El jugador regresaba a Gijón, donde había jugado la temporada pasada, y desde su llegada al campo fue recibido con una hostilidad que fue más allá de lo aceptable en un ambiente deportivo. Pitos, abucheos, insultos y, finalmente, el grito racista de una aficionada. El hecho de que un jugador sea insultado por la afición de un equipo en el que jugó demuestra el grado de normalización del racismo en los estadios. No es cuestión de rivalidades deportivas, sino de una profunda falta de respeto a la dignidad humana.
El racismo en el fútbol, lejos de ser una excepción, se ha convertido en una constante. Jugadores como Vinícius Júnior, Samuel Eto’o o Dani Alves también han sido víctimas de insultos racistas en los últimos años. Aunque estos casos han generado respuestas institucionales y han llevado a sanciones, el problema sigue siendo sistémico. No es suficiente con castigar a los aficionados individuales, es necesario replantear la forma en que se combate el racismo desde las mismas estructuras del fútbol.
EL FUTURO DEL FÚTBOL ESPAÑOL: ¿CIERRE DE ESTADIOS?
Llegados a este punto, es necesario cuestionar si el cierre temporal o definitivo de los estadios es la única medida efectiva para combatir el racismo. Si las gradas no son capaces de respetar a los jugadores, tal vez sea hora de jugar a puerta cerrada. Es una medida drástica, pero puede ser el golpe de efecto que el fútbol español necesita para empezar a tomarse en serio la lucha contra el racismo.
En otros países, como Inglaterra, las ligas han adoptado medidas mucho más contundentes para combatir el racismo. Los clubes pueden ser sancionados con multas elevadas, y en algunos casos se han suspendido partidos hasta que los aficionados responsables de actos racistas fueron identificados y sancionados. En España, estas medidas aún parecen lejanas, lo que deja a los jugadores expuestos a agresiones verbales que no deberían tener lugar en ningún espacio, y mucho menos en el deporte.
Cerrar los estadios no sería solo una sanción, sino un mensaje claro de que el racismo no tiene cabida en el fútbol español. Los clubes deben ser corresponsables de lo que ocurre en sus gradas. No basta con identificar y expulsar a los culpables; el ambiente general que permite que estos comportamientos ocurran debe cambiar. Si los aficionados saben que el racismo llevará al cierre de los estadios, es probable que su tolerancia a estos actos disminuya.
HACIA UNA ACCIÓN MÁS DECIDIDA
El racismo en el fútbol no desaparecerá por sí solo. Requiere una acción decidida y constante, tanto desde las instituciones como desde la propia afición. El fútbol español no puede permitirse seguir siendo testigo de episodios como los ocurridos este fin de semana sin tomar medidas más contundentes. Las sanciones deben ser claras, rápidas y efectivas, y los clubes deben asumir su responsabilidad en la lucha contra el racismo.
Si queremos que el deporte sea un lugar donde todos y todas puedan disfrutar y competir en igualdad de condiciones, es hora de dar un golpe sobre la mesa. Cerrar los estadios podría ser el primer paso para erradicar definitivamente el racismo del fútbol español.
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