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DE LOS BABY BOOMERS AL VACÍO GENERACIONAL
Durante décadas, la industria estadounidense funcionó como un músculo hipertrofiado, impulsado por millones de cuerpos jóvenes que crecieron entre acero, sudor y sindicalismo. Pero ese músculo hoy está atrofiado. No por la “traición” de China, ni por el libre comercio, ni por el feminismo, ni por los derechos civiles, como te susurran los pastores evangélicos y los economistas de Fox News. Está atrofiado porque no hay quien lo mueva.
Más del 50% de las y los trabajadores industriales que aún quedan en EE.UU. tienen más de 45 años. Los llamados “baby boomers”, que levantaron la infraestructura moderna del país tras la Segunda Guerra Mundial, se jubilan en masa. Según el Bureau of Labor Statistics, en 2030 un tercio de la fuerza laboral estará por encima de los 60 años. Y las nuevas generaciones, simplemente, no están ahí. Ni en número, ni en disposición.
La tasa de natalidad lleva décadas desplomada, y la natalidad blanca aún más. La lógica racista que impulsa políticas antiinmigración se da de bruces con un dato elemental: el país se está quedando sin gente que quiera o pueda trabajar con las manos. Se está quedando sin clase trabajadora. Pero no porque la juventud sea perezosa o esté “en TikTok”, como pontifica el viejuno libertarismo con gorra MAGA, sino porque el sistema ha construido un desierto demográfico. No hay relevo. Y si lo hay, está en otra parte del mundo.
Prohibir la inmigración mientras cierras institutos públicos, recortas becas y criminalizas sindicatos no es defensa nacional: es sabotaje laboral.
UNIVERSITARIOS SIN FUTURO Y OFICIOS DESPRECIADOS
Durante décadas, el relato hegemónico vendió el cuento de que había que ir a la universidad para escapar del “trabajo sucio”. Estudiar, endeudarse y aspirar a ser parte de los “ganadores”. Hoy, millones de personas graduadas arrastran deudas impagables en carreras que no garantizan empleo. Y mientras tanto, el país carece de electricistas, soldadores, fontaneros, conductores, operadores de maquinaria o técnicos en energías renovables.
Un dato reciente de la National Association of Manufacturers lo resume sin matices: más de 600.000 puestos industriales no se cubrirán este año por falta de personal cualificado. No por culpa de “los robots” o “la IA”, sino porque el sistema desprecia todo lo que no cabe en un PowerPoint financiero.
Y cuando alguien decide formarse en un oficio técnico, se enfrenta al estigma: salarios bajos, precariedad, desprestigio cultural. ¿Quién quiere trabajar con las manos si se ha educado para ser un “emprendedor de sí mismo”? ¿Quién va a fabricar coches eléctricos, montar placas solares o reconstruir puentes si todos los incentivos están orientados a crear ‘startups’ fallidas o pedir propinas en Uber Eats?
La obsesión por formar consumidores aspiracionales ha vaciado el país de trabajadores reales.
EL ESPEJISMO DEL “OBRERO BLANCO AMERICANO” AUTOSUFICIENTE
Trump y los suyos revivieron el mito del obrero blanco que “no necesita ayuda”, que “quiere recuperar su país”, que “odia al inmigrante porque le quita el trabajo”. Pero esa caricatura no fabrica nada. No empuña herramientas, no estudia oficios, no impulsa cooperativas ni exige mejoras laborales. Solo grita. Solo vota contra sí mismo.
En lugares como Ohio, Kentucky o Michigan, donde la desindustrialización ha hecho estragos, el discurso reaccionario ha sustituido la acción sindical por resentimiento racial. En vez de reindustrializar con justicia, se criminaliza al migrante, se glorifica el pasado y se reescribe el mapa del conflicto social: ya no es arriba contra abajo, sino dentro contra fuera.
Pero los números son tercos. El 17% de toda la mano de obra en el sector construcción en EE.UU. es migrante. En California y Texas, más del 40%. En la industria agrícola, sin migrantes no se cultiva una sola fruta. En enfermería, en restauración, en transporte, en logística, las personas migrantes no “roban trabajos”: mantienen vivo el cuerpo económico de un país que finge no verlas.
EL CAPITALISMO SIN CLASE TRABAJADORA ES SOLO PROPAGANDA
Puedes imprimir dólares, vender patriotismo, levantar aranceles o montar cumbres de CEOs. Pero sin personas que fabriquen, reparen, trasladen, instalen, mantengan, enseñen, alimenten y curen, no hay economía que sostener. Lo demás es humo.
La ideología neoliberal —esa que convierte a todo el mundo en consumidor endeudado o autónomo ficticio— ha diluido la identidad de clase hasta volverla irreconocible. Pero la fábrica no se gestiona sola. Las placas solares no se atornillan con discursos. Las ciudades no se reconstruyen con nostalgia.
La pregunta no es si Estados Unidos puede reindustrializarse, sino si está dispuesto a dejar de odiar a quienes podrían hacerlo posible. Si está dispuesto a entender que el enemigo no está en la frontera, sino en las oficinas que pagan salarios de miseria, recortan en educación y hacen lobby para criminalizar a quienes migran o protestan.
¿Quién va a levantar tu fábrica, Donald?
Desde luego, no quien se hace fotos con una gorra roja mientras subcontrata todo a China.
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