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El genocidio en Gaza y la guerra contra Irán erosionan una reputación que trabajaron para intentar hacerla intocable
Hay momentos en los que la percepción internacional cambia despacio. Y luego están los puntos de ruptura. Lo que está ocurriendo con Israel pertenece a lo segundo. Durante décadas, su imagen en Europa y Estados Unidos resistió guerras, ocupaciones y denuncias constantes. Pero algo se ha quebrado. Esta vez, de forma visible.
El desgaste no es puntual. Es acumulativo. Gaza, con más de 70.000 palestinos muertos, ha sido el detonante más brutal. Después llegó la implicación directa en la ofensiva impulsada por Donald Trump contra Irán. Y Líbano. Y con ello, la sensación creciente de que el Gobierno de Benjamin Netanyahu ya no actúa como un actor defensivo, sino como un factor de inestabilidad permanente en Oriente Medio.
Ese cambio se nota donde más importa: en la opinión pública. Por primera vez en décadas, Estados Unidos ya no muestra una simpatía clara hacia Israel. La encuesta de Gallup de febrero confirma un giro histórico: el 41% de la población estadounidense se muestra más cercana a los palestinos frente al 39% que apoya a Israel. Una diferencia pequeña, sí, pero simbólicamente enorme. El dato completo puede consultarse en la última medición de Gallup sobre simpatías en Oriente Medio.

Para entender el alcance del cambio hay que mirar atrás. En 2001, la ventaja a favor de Israel era de 35 puntos. Durante más de dos décadas se mantuvo estable. Ahora no solo ha desaparecido. Se ha invertido. Y no es una anomalía estadística. Es una tendencia.
Otro dato refuerza esa idea. Según Pew Research, publicado el 7 de abril, el 60% de los estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel, casi veinte puntos más que en 2022. Y un 59% desconfía directamente de Netanyahu. No es solo política exterior. Es credibilidad.
Una ruptura generacional que ya no se puede ocultar
El cambio no es homogéneo, pero sí profundo. Las personas entre 18 y 54 años han dejado de respaldar a Israel de forma mayoritaria. Solo los mayores de 55 mantienen ese apoyo, y aun así con cifras más bajas que nunca. Es un dato clave. Porque no habla del presente, habla del futuro.
Durante años, el respaldo a Israel en Estados Unidos se apoyó en una combinación de factores: alianzas estratégicas, narrativa mediática y el impacto emocional del 11S, que deterioró la imagen del mundo árabe en general. Ese marco ha dejado de funcionar. Las nuevas generaciones han visto otra cosa. Han visto Gaza.
No es solo una cuestión ideológica. Es también visual. Las imágenes de bombardeos, de destrucción masiva, de civiles atrapados sin salida. Todo eso ha erosionado el relato tradicional. Y lo ha hecho de forma irreversible para muchos sectores.
De socio estratégico a riesgo global
El problema para Israel no se limita a su imagen. Tiene consecuencias materiales. La guerra con Irán ha añadido una capa nueva: la económica. El Fondo Monetario Internacional ha advertido de que la tensión en el estrecho de Ormuz puede provocar una recesión global. El impacto en el petróleo no es una amenaza lejana. Es inmediata.
Esto ha cambiado el posicionamiento de muchos países. Estados que antes mantenían críticas genéricas ahora empiezan a preocuparse por los efectos directos en sus economías. El coste de apoyar sin matices a Israel ya no es solo político. Es financiero.
Y en paralelo, la credibilidad de Netanyahu se ha deteriorado también dentro de la lógica militar. Prometió a Trump una victoria rápida en Irán. Un cambio de régimen. La destrucción del programa de misiles. Nada de eso ha ocurrido. La guerra se alarga. Y el riesgo aumenta.
Europa empieza a moverse, aunque tarde
En Europa, el desgaste también se percibe. No de forma uniforme, pero sí creciente. Alemania, tradicionalmente uno de los aliados más firmes, ha advertido contra la anexión de facto de Cisjordania. Italia ha congelado la renovación automática de su acuerdo militar con Israel. Son gestos. Pequeños, pero significativos.
La reacción del Gobierno israelí, sin embargo, sigue el mismo patrón de siempre. Cualquier crítica se interpreta como antisemitismo. No hay matices. No hay espacio para el desacuerdo. Esa estrategia, que durante años funcionó, empieza a mostrar límites. Sobre todo cuando se utiliza incluso contra aliados históricos.
El caso alemán es revelador. La respuesta del ministro Bezalel Smotrich, comparando al canciller con los nazis, no es solo una salida de tono. Es un síntoma. Una forma de confrontación que erosiona aún más las relaciones internacionales de Israel.
Una sociedad que respalda la guerra
Dentro de Israel, el escenario es distinto. Las encuestas muestran un respaldo amplio a la continuación de las ofensivas militares. Un 61% se opone a una tregua temporal en la guerra impulsada por Trump. Y un 69% apoya seguir atacando Líbano para acabar con Hizbolá. Es un consenso que contrasta con el rechazo internacional.
Ese apoyo interno también tiene consecuencias. Reduce el margen para cualquier cambio político. Y refuerza la idea de una estrategia basada en la confrontación permanente. No es nuevo. Israel ha invadido Líbano en siete ocasiones en los últimos 50 años. Pero el contexto global ahora es distinto.
Mientras tanto, en Cisjordania, la violencia de colonos contra población palestina sigue aumentando. Especialmente desde el inicio de la guerra con Irán. Es otro frente. Otra grieta más en una imagen internacional que ya no aguanta.
La conclusión no necesita adornos. Israel ha ganado poder militar durante décadas. Pero está perdiendo algo más difícil de recuperar. Legitimidad. Y eso, cuando se pierde, no se recompone con bombas.
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