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El primer ministro israelí convierte un discurso de paz en munición propagandística para victimizarse y ocultar los crímenes contra la población palestina.
LA MÁQUINA DE LA MENTIRA ISRAELÍ
Benjamín Netanyahu ha vuelto a utilizar la retórica de la amenaza existencial. El jueves acusó a Pedro Sánchez de lanzar una “amenaza genocida” contra Israel a raíz de unas palabras manipuladas. La maniobra es clara: convertir al acusado de genocidio en víctima de genocidio. Una estrategia de espejos deformantes que ya nadie puede tomarse en serio, salvo quienes necesitan justificar la barbarie.
El primer ministro israelí citó fuera de contexto una frase del presidente del Gobierno español: “España, como saben, no tiene bombas nucleares, tampoco portaaviones ni grandes reservas de petróleo. Nosotros solos no podemos detener la ofensiva israelí”. Netanyahu la transformó en lo contrario, asegurando que era una invitación a usar armas nucleares contra Israel.
La reacción del Ejecutivo español fue inmediata. El Ministerio de Exteriores tachó los comentarios de “falsos y calumniosos” y llamó a consultas a la embajadora en Tel Aviv. España acusó al Gobierno israelí de manipulación deliberada y de un ataque directo a la diplomacia, mientras Israel prohibía la entrada a las ministras Yolanda Díaz y Sira Rego, acusando al Ejecutivo español de “antisemitismo”.
Netanyahu no se limitó a tergiversar. En su mensaje habló de la Inquisición, de la expulsión de los judíos en 1492 y del Holocausto. Una mezcla tóxica de historia y propaganda que busca blindar cualquier crítica contra Israel. El primer ministro pretende que condenar los bombardeos sobre hospitales y los bloqueos de ayuda humanitaria equivalga a querer exterminar al pueblo judío. La confusión interesada entre antisemitismo y denuncia de crímenes de guerra es la base de su relato.
GAZA: CIFRAS DE UNA BARBARIE
Mientras Netanyahu finge ser la víctima, los datos son incontestables. Desde el 7 de octubre de 2023, Israel ha matado a más de 64.000 personas en Gaza, entre ellas 18.000 menores. El asedio, denunciado por la ONU, ha convertido a la franja en una fosa común de niños y niñas muertos de hambre, familias enterradas bajo los escombros y hospitales reducidos a polvo.
Las medidas anunciadas por Sánchez no eran una amenaza sino un freno: consolidación del embargo de armas, prohibición de entrada a responsables israelíes implicados en crímenes y refuerzo de la ayuda humanitaria. Junto a ello, el Gobierno español reiteró su apoyo a la Corte Penal Internacional, que investiga a varios dirigentes israelíes por crímenes de lesa humanidad, y al Tribunal Internacional de Justicia, que analiza si Israel ha violado la Convención contra el Genocidio.
La pregunta incómoda es por qué Netanyahu se siente aludido cuando se habla de genocidio. Quizá porque sabe que los jueces internacionales ya no discuten si en Gaza hay crímenes, sino si esos crímenes encajan en la definición jurídica de genocidio.
España, además, no es sospechosa de antisemitismo. En 2023 aprobó su primer Plan Nacional contra el Antisemitismo y acogió a 72.000 sefardíes como connacionales gracias a una legislación específica. También condenó el atentado de Hamas del 7 de octubre y exigió la liberación de rehenes. El problema de Netanyahu no es España, es la justicia internacional que cada vez lo rodea más de cerca.
La diplomacia israelí intenta arrastrar a la Unión Europea al mismo terreno. Pero incluso Bruselas, con su tradicional ambigüedad, empieza a ceder: hace apenas días el Parlamento Europeo apoyó suspender parcialmente el acuerdo comercial con Israel. La presión popular, las denuncias de las ONG y la evidencia de los cuerpos de niñas y niños bajo las ruinas obligan a mover piezas.
Netanyahu, acorralado, responde con el mismo manual que otros líderes autoritarios: acusación preventiva, manipulación histórica, victimismo impostado. Lo hizo Milosevic en Yugoslavia, lo hace Putin con Ucrania y ahora lo repite Israel para justificar lo injustificable.
Netanyahu habla de la Inquisición española mientras en Gaza las madres cargan cadáveres diminutos envueltos en sábanas. Habla del Holocausto mientras convierte los campos de refugiados en un laboratorio de exterminio lento. Habla de antisemitismo mientras encarcela a periodistas israelíes que denuncian la ocupación.
Y cuando Pedro Sánchez dice que España no tiene bombas nucleares ni portaaviones, Netanyahu responde como si esas bombas apuntaran hacia Tel Aviv. El cinismo no tiene límites cuando se trata de ocultar miles de muertos.
El tiempo corre. La propaganda puede confundir titulares, pero las cifras permanecen: más de 64.000 muertos, más de 18.000 niños y niñas. Ninguna manipulación podrá borrar esa realidad escrita en la arena y en la sangre de Gaza.
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