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La derecha estadounidense ya ni disimula: manipular distritos electorales para expulsar a representantes negros y blindar un poder blanco, conservador y cada vez más autoritario.
EL RETORNO DEL JIM CROW
Hay golpes de Estado que llegan con tanques. Y otros con mapas electorales dibujados en despachos. Lo que está ocurriendo en Carolina del Sur pertenece a esa segunda categoría. Más silenciosa. Más legal. Igual de obscena.
Los republicanos del estado han puesto en marcha una operación política para desmantelar el distrito electoral del congresista James Clyburn, el único representante demócrata que Carolina del Sur envía actualmente al Congreso de Estados Unidos y, también, el único congresista negro demócrata del estado desde 1897.
No es un detalle histórico cualquiera. Es la prueba de hasta qué punto el sistema político estadounidense sigue atrapado en una estructura racial profundamente desigual. Porque hablamos de un estado donde aproximadamente una cuarta parte de la población es negra, pero donde el poder institucional sigue cuidadosamente diseñado para que ese peso social apenas se traduzca en representación política.
La Cámara de Representantes estatal aprobó el 21 de mayo un nuevo mapa electoral destinado, en la práctica, a expulsar a Clyburn del Congreso. Ahora el plan debe pasar por el Senado estatal.
Y no. No se trata de una simple discusión técnica sobre redistribución de distritos. Esa es la excusa habitual. El maquillaje democrático.
Lo que hay detrás es una estrategia impulsada directamente por Donald Trump para reforzar el control republicano en un momento en que su proyecto político empieza a mostrar grietas judiciales, internacionales y electorales. El propio texto es claro: Trump ha presionado a los legisladores republicanos para romper el acuerdo político que dio origen al actual distrito hace 36 años, después de que el Tribunal Supremo vaciara parte de la Ley del Derecho al Voto.
Y ahí está el verdadero núcleo del asunto. Cuando las garantías democráticas molestan al poder, el poder cambia las reglas.
El sexto distrito de Carolina del Sur no surgió por generosidad institucional. Surgió porque el movimiento por los derechos civiles obligó al viejo aparato político blanco a aceptar un pacto. Un pacto mínimo. Básico. Que una parte de la población negra pudiera elegir al menos a un representante propio.
Ahora quieren destruir incluso eso.
El distrito atraviesa territorios marcados por la historia de la esclavitud, la pobreza y la segregación racial. Incluye comunidades gullah geechee, universidades históricamente negras y algunos de los condados más pobres de Estados Unidos.
No es casualidad que quieran fragmentarlo.
Porque el trumpismo entiende perfectamente algo: cuando las comunidades racializadas consiguen organización política estable, el monopolio conservador empieza a tambalearse. Y entonces aparece el “gerrymandering”. Ese elegante nombre anglosajón para una práctica profundamente antidemocrática: manipular fronteras electorales para decidir quién puede ganar antes de que nadie vote.
Democracia de laboratorio.
LA DERECHA QUE HABLA DE LIBERTAD
James Clyburn no es un congresista cualquiera. Fue una figura central del liderazgo demócrata en Washington. Participó en el movimiento por los derechos civiles. Ayudó a impulsar inversiones federales en infraestructuras, pobreza y banda ancha rural. En 2020, su apoyo fue decisivo para rescatar la campaña presidencial de Joe Biden.
Eso también molesta.
Porque la nueva derecha estadounidense no soporta las figuras negras con poder político real. Las tolera como símbolo vacío. Como foto institucional. Pero no como actores con capacidad de influencia nacional.
Por eso el propio Clyburn calificó el plan como un intento de construir un “Jim Crow 2.0”.
Y cuesta llevarle la contraria.
Las viejas leyes Jim Crow privaron durante décadas de derechos políticos a la población negra del sur de Estados Unidos. No hacía falta prohibir explícitamente el voto negro. Bastaba con rediseñar el sistema para que ese voto no sirviera de nada.
Eso mismo vuelve ahora. Solo que actualizado. Más sofisticado. Más televisivo. Menos vergonzante.
Mientras tanto, los republicanos siguen envolviendo todo en su discurso habitual sobre la libertad y la defensa del pueblo frente a las élites. Una ironía casi cómica si no fuera tan peligrosa. Porque aquí las élites son precisamente quienes manipulan el sistema electoral para perpetuarse en el poder aunque cambie la demografía del país.
Y la demografía está cambiando.
El propio reportaje explica que Carolina del Sur vive una transformación poblacional importante por la llegada de nueva mano de obra multirracial y población procedente de otros estados. Eso altera el equilibrio político. Y la derecha reaccionaria lo sabe.
Por eso intenta adelantarse. Blindar el tablero antes de perder partidas futuras.
Hay una frase especialmente reveladora en boca de Jessica Thomas, activista de Carolina del Sur: “También hay quienes quieren que todo siga funcionando como en los viejos tiempos, cuando los hombres blancos lo controlaban todo”.
Eso resume mejor que cualquier análisis académico lo que está pasando en Estados Unidos.
No estamos viendo una anomalía democrática. Estamos viendo la esencia del sistema cuando siente miedo. El capitalismo estadounidense siempre convivió perfectamente con la segregación racial mientras garantizara estabilidad política y beneficios económicos. Ahora que parte de ese equilibrio se resquebraja, reaparece el viejo reflejo: restringir representación, endurecer fronteras políticas y convertir la democracia en una herramienta de control social.
Luego hablan de “salvar Occidente”.
Pero cuando una democracia necesita redibujar distritos para expulsar al único congresista negro demócrata de un estado, lo que está intentando salvar no es la democracia. Es el privilegio.
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