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El problema ya no es solo Trump. El problema es una democracia que empieza a normalizar que un presidente juegue con la idea de suspender elecciones como si fuera una broma
CUANDO EL PRESIDENTE BROMEA CON ACABAR CON LA DEMOCRACIA
Donald Trump vuelve a hacer una de esas cosas que sus portavoces intentan vender después como “sarcasmo”, “provocación” o “una simple broma”. El problema es que ya nadie puede fingir ingenuidad. Cuando un presidente que intentó revertir unas elecciones, alentó el asalto al Capitolio y lleva años difundiendo mentiras sobre fraude electoral habla de cancelar elecciones, la cuestión deja de ser retórica. Se convierte en una amenaza política real. Trump lo ha insinuado varias veces en los últimos meses. Primero hablando con Zelenski sobre la suspensión electoral en Ucrania durante la guerra. “Eso es algo bueno”, llegó a decir. Después sugiriendo que “ni siquiera debería haber elecciones” debido a su supuesto éxito presidencial. Y la Casa Blanca, como siempre, corriendo detrás para apagar el incendio diciendo que “solo estaba bromeando”.
El problema es precisamente ese. Que el trumpismo ha convertido lo intolerable en paisaje cotidiano. Que una idea tan obscena como suspender unas elecciones federales ya no provoca un escándalo institucional permanente sino un ciclo de titulares de 24 horas antes de pasar a la siguiente barbaridad. Y mientras tanto, EEUU empieza a acostumbrarse a algo profundamente peligroso: un presidente que contempla la democracia como un obstáculo administrativo y no como el núcleo del sistema político. Porque aquí no hablamos de una excentricidad verbal cualquiera. Hablamos de alguien que ya intentó mantenerse en el poder desacreditando resultados electorales y alimentando una insurrección política el 6 de enero de 2021.
La historia estadounidense desmonta además cualquier excusa posible. Abraham Lincoln mantuvo elecciones en plena Guerra Civil mientras morían cientos de miles de personas. Roosevelt no suspendió comicios durante la Gran Depresión ni durante la Segunda Guerra Mundial. Ni Pearl Harbor, ni la amenaza nazi, ni el colapso económico de 1929 sirvieron como pretexto para cancelar la democracia. EEUU votó incluso en sus peores momentos históricos. Y ahora aparece Trump sugiriendo que unas elecciones podrían sobrar porque él considera que gobierna demasiado bien. La degradación institucional es tan grotesca que casi parece una caricatura escrita por alguien sin imaginación.
EL AUTORITARISMO YA NO SE ESCONDE
Lo verdaderamente inquietante es que Trump ya ni siquiera necesita disimular demasiado. El trumpismo lleva años erosionando algo fundamental: la idea de que perder elecciones forma parte del juego democrático. Ese consenso básico se está rompiendo. Y cuando un líder empieza a presentar los procesos electorales como opcionales, manipulables o prescindibles, el terreno empieza a parecerse demasiado al de los regímenes autoritarios que Washington decía combatir durante décadas.
El artículo de Robert Dallek plantea algo importante: no hace falta que Trump suspenda realmente unas elecciones para que el daño ya exista. Basta con instalar la posibilidad. Basta con que millones de personas empiecen a asumir que la continuidad democrática depende del humor político de un dirigente hipervitaminado por el culto a la personalidad. Porque el trumpismo no funciona solo a través de leyes. Funciona erosionando límites culturales, éticos e institucionales. Lo que ayer era impensable hoy es debatible. Y mañana quizá termine siendo aceptable para una parte del país.
Mientras tanto, la extrema derecha global observa y aprende. Netanyahu vaciando de contenido el derecho internacional. Milei atacando sistemáticamente a periodistas y sindicatos. Bukele gobernando bajo estado de excepción permanente. Y Trump coqueteando con la idea de que votar puede ser un problema si los resultados no le convienen. Todos comparten algo: convertir la democracia en una herramienta útil solo cuando garantiza su poder. Cuando deja de hacerlo, empiezan las teorías conspirativas, los enemigos internos y las fantasías autoritarias.
El verdadero peligro ya no es que Trump diga barbaridades. El verdadero peligro es que demasiada gente haya dejado de escandalizarse cuando un presidente habla de cancelar elecciones como quien comenta el tiempo.
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