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Una televisión pública entregada, un ejército convertido en decorado y una presidenta que confunde patria con plató.
UNA FIESTA CON OLOR A NAFTALINA
Cada 12 de octubre, el Estado español se disfraza de sí mismo. Desfila el ejército, suenan los himnos, se ondean banderas que cubren más culpas que heridas. Este año, sin embargo, el Día de la Hispanidad tuvo algo más obsceno que de costumbre: una entrevista en Telemadrid a Isabel Díaz Ayuso tan servil que ni en los años del NO-DO se habría permitido tanto bochorno.
La cadena pública madrileña —pagada con dinero de todas y todos— convirtió un acto institucional en un espacio de promoción personal. Las preguntas no incomodaban, las cámaras buscaban el mejor ángulo, y el tono era el de un anuncio electoral. “Todo espontáneo e improvisado”, decían con ironía las redes, mientras el público señalaba el espectáculo con una mezcla de cachondeo e indignación.
Ayuso aparecía sonriente, ensayada, perfectamente iluminada. A su alrededor, soldados formados, tanques, aviones. El decorado perfecto para una líder que necesita símbolos militares para sostener su relato de fuerza y orden.
Pero el problema no es solo de estética. Es político, estructural, sistémico. Porque cuando un medio público actúa como gabinete de comunicación de su gobierno, la democracia se degrada. Y cuando eso se normaliza, la frontera entre información y propaganda desaparece.
Jajaja todo espontáneo e improvisado en Telemadrid para que Ayuso responda al tuit publicado por Pedro Sánchez el Día de la Fiesta Nacional sin que aparezca la bandera de España.
— Julián Macías Tovar (@JulianMaciasT) October 12, 2025
"No quiero malmeter" dice el periodista que asalta por sorpresa a Ayuso. pic.twitter.com/715VqihVMp
TELEVISIÓN PÚBLICA, INTERÉS PRIVADO
La entrevista de Telemadrid no fue un error, sino la consecuencia lógica de un proceso largo de colonización informativa. Desde que el PP recuperó el control del ente autonómico, la pluralidad se ha convertido en decorado. Los consejos de redacción críticos fueron apartados, los periodistas incómodos silenciados y los informativos convertidos en escaparates del poder.
El resultado es un modelo en el que la presidenta se entrevista a sí misma a través de portavoces obedientes. Ninguna pregunta sobre los contratos de emergencia, los muertos en residencias o el deterioro de la sanidad madrileña. Solo frases hechas sobre el “orgullo de ser española” o el “buen clima político”.
Es el mismo patrón que se repite en otras televisiones autonómicas controladas por la derecha. La manipulación de la RTVA en Andalucía o el sesgo de À Punt en València siguen la misma lógica: el periodismo como herramienta de control ideológico, no como servicio público.
Y mientras tanto, el presupuesto de comunicación institucional crece cada año, blindando la maquinaria propagandística con dinero público. En Madrid, el gasto en publicidad del Gobierno autonómico superó los 70 millones de euros en 2024. En paralelo, Telemadrid recortó producción propia y externalizó contenidos.
La ecuación es clara: menos periodistas independientes, más propaganda pagada.
EL PATRIOTISMO COMO COARTADA
El desfile militar del 12 de octubre ya no celebra nada que no sea la nostalgia imperial. Se presenta como “Fiesta Nacional”, pero sigue siendo una exaltación del colonialismo. El poder mediático lo cubre como si fuera un espectáculo de moda: se comenta el peinado de Ayuso, su vestido rojo, su posición en la tribuna.
Ese es el nuevo patriotismo: una mezcla de marketing, autoritarismo estético y negación del pasado. Los medios públicos actúan como espejo complaciente del poder, y el poder responde reforzando su hegemonía simbólica.
Ayuso no gobierna, interpreta un papel. Es la heredera del franquismo mediático con filtros de Instagram. Habla de libertad mientras recorta derechos, se envuelve en la bandera mientras privatiza hospitales, y sonríe ante micrófonos que jamás preguntan lo que duele.
Telemadrid, en este contexto, no es una televisión: es una escenografía. Un espejo distorsionado donde el poder se mira y se aplaude. Un NO-DO del siglo XXI que maquilla la desigualdad con palabras como “esfuerzo”, “orgullo” o “patria”.
El desfile termina, las cámaras se apagan y los soldados se marchan. Pero la imagen queda: una presidenta posando entre uniformes, una televisión convertida en altavoz y una sociedad que aplaude como si nada estuviera pasando.
La pregunta no es si fue espontáneo o improvisado. La pregunta es cuánto tiempo más aguantaremos que la derecha convierta lo público en su cortijo y el periodismo en su alfombra roja.
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