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La ultraderecha ya no necesita parecer seria: le basta con parecer rabiosa, televisiva y vengativa.
EL ESPECTÁCULO COMO SUSTITUTO DE LA POLÍTICA
Hay una pregunta incómoda que atraviesa España, Colombia y buena parte del mundo: por qué tanta gente acaba votando a quienes parecen salidos de una parodia grotesca de la política. No hablamos de personajes excéntricos sin consecuencias. Hablamos de dirigentes, candidatos y agitadores que convierten la democracia en plató, la rabia social en mercancía y el miedo en papeleta. De Abelardo De la Espriella a Alvise Pérez hay un hilo evidente: la política convertida en espectáculo para vender autoridad sin ofrecer justicia.
En Colombia, De la Espriella se presenta como el hombre fuerte capaz de salvar una patria en llamas. La fórmula no es nueva. Huele a manual viejo con barniz de TikTok. Promete orden, mano dura, épica nacional y castigo. Todo envuelto en estética de cruzada. La segunda vuelta del 21 de junio no se disputa solo entre dos candidaturas. Se disputa entre dos formas de entender el poder: la política como negociación democrática o la política como venganza de clase maquillada de patriotismo.
Las encuestas han colocado a De la Espriella por delante de Iván Cepeda en la recta final. AtlasIntel le daba 52,6% frente al 44,8% de Cepeda. CNC situaba la ventaja en 48,6% frente a 44,7%. Son cifras importantes porque dicen algo más que una intención de voto. Dicen que el personaje funciona. Que la pose funciona. Que el grito funciona. Y eso debería preocupar a cualquiera que todavía crea que una democracia no se defiende solo votando, sino pensando qué se vota.
Alvise, en España, fue otro aviso. En las europeas del 9 de junio de 2024, Se Acabó La Fiesta logró 800.763 votos, el 4,59% y 3 escaños. No fue una anécdota. Fue un síntoma. Casi 801.000 personas votaron a una marca construida sobre el insulto, la conspiración, el linchamiento digital y la promesa infantil de barrerlo todo sin explicar qué viene después. La antipolítica, cuando gana sueldo público, deja de ser antipolítica. Pasa a ser negocio.
Y ahí está el truco. Estos personajes no vienen a acabar con el sistema. Vienen a ocuparlo con peores modales y menos controles. La ultraderecha no combate a las élites: fabrica nuevas élites con lenguaje de barra de bar y financiación opaca. Luego se presenta como pueblo. Como voz de los silenciados. Como látigo contra los corruptos. Mientras tanto, pide inmunidad, cargo, foco, dietas, aparato, escolta y audiencia.
Lo esperpéntico no es decorado. Es método. El exceso tapa la falta de programa. La provocación tapa la falta de soluciones. El insulto tapa la obediencia económica. Porque detrás de tanto grito contra “la casta” suele aparecer siempre lo mismo: más mercado, menos derechos laborales, más policía, menos servicios públicos, más frontera, menos igualdad, más impunidad para quienes mandan de verdad.
LA RABIA SOCIAL EN MANOS DE LOS DE SIEMPRE
Sería cómodo decir que quienes votan a estos proyectos son simplemente ignorantes. Sería falso. Y bastante inútil. Hay hartazgo real, precariedad real, inseguridad real, desprecio institucional real. Las y los trabajadores que encadenan alquileres imposibles, sueldos bajos y servicios públicos reventados no necesitan que nadie les explique que el sistema falla. Lo viven. Cada mes. Cada factura. Cada cita médica que no llega. Cada contrato basura.
El problema es que la ultraderecha llega a ese dolor antes que muchas fuerzas democráticas. Llega peor, pero llega. Llega con enemigos fáciles. Migrantes. Feministas. Periodistas. Sindicatos. Juezas y jueces. Personas pobres. Personas trans. Funcionariado. “Comunistas”. Cualquiera sirve. El capitalismo rompe la vida y la ultraderecha señala al vecino. Es una estafa perfecta. El banco sube la hipoteca, el fondo compra el edificio, la empresa congela el salario, y el agitador de turno te dice que el problema es una persona migrante en una cola de ayudas.
De la Espriella y Alvise pertenecen a esa misma familia política del ruido. Uno con envoltorio presidencial y retórica de salvación nacional. El otro con estética de canal de Telegram y guerra permanente contra fantasmas. Cambia el país. Cambia el acento. Cambia el traje. La operación es idéntica: convertir frustración legítima en obediencia reaccionaria.
No venden futuro. Venden desahogo. Eso es más peligroso. El futuro obliga a explicar cómo se financia la sanidad, cómo se garantizan pensiones, cómo se frena la especulación, cómo se reparten la riqueza y el poder. El desahogo no necesita nada de eso. Basta con prometer castigo. Basta con gritar que todo está podrido. Basta con presentarse como martillo. Aunque el martillo acabe golpeando siempre hacia abajo.
Alvise tuvo 3 escaños y después llegaron las investigaciones, los suplicatorios, la retirada de inmunidad del 19 de mayo y el ruido judicial por la presunta financiación irregular. El relato era “limpiar España”. La realidad olía a dinero, poder y privilegio. Qué sorpresa. La regeneración ultra casi siempre acaba igual: quienes venían a denunciar la cloaca pidiendo que no les miren las tuberías.
El voto a lo esperpéntico no nace de la nada. Nace de democracias vaciadas, medios convertidos en trituradoras, partidos que hablan raro, izquierdas que a veces llegan tarde, derechas tradicionales que abrieron la puerta al monstruo y empresarios que descubrieron que el odio también cotiza. Cada vez que una sociedad acepta que la política sea solo espectáculo, entrega sus derechos a quien mejor actúe el papel de salvador.
Y el salvador suele venir con motosierra, bandera, Biblia, criptomonedas o todo a la vez. Viene diciendo que habla por el pueblo mientras prepara el terreno para quienes siempre han mandado. Viene contra la corrupción, salvo la suya. Contra la censura, salvo cuando le critican. Contra las élites, salvo las que le financian. Contra el sistema, hasta que el sistema le paga el sueldo.
No es una broma. No es folclore. No es un meme que se fue de las manos. Es una degradación política útil para los poderosos. Porque mientras media sociedad se ríe del personaje y la otra media lo aplaude, nadie toca la caja fuerte.
Lo esperpéntico gana cuando la rabia de abajo termina trabajando gratis para los de arriba.
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