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La derecha colombiana no se modera: cambia de envase, sube el volumen y aprende a vender autoritarismo como espectáculo.
EL URIBISMO NO MUERE, SE DISFRAZA
No es el fin del uribismo. Es su versión tuneada para la era Milei. Esa es la trampa. Presentar la pérdida de centralidad de Álvaro Uribe como una derrota limpia de su proyecto político permite olvidar lo esencial: muchas de sus obsesiones siguen intactas. La seguridad entendida como castigo. La patria convertida en propiedad privada. El enemigo interno como combustible electoral. La izquierda tratada no como adversaria democrática, sino como amenaza existencial. Cambia el rostro. No cambia el veneno.
La ultraderecha colombiana empieza a despedirse del liderazgo clásico de Uribe y abraza a Abelardo de la Espriella. No lo hace porque haya abandonado el autoritarismo. Lo hace porque necesita un producto más rentable para este tiempo. Más ruidoso. Más digital. Más emocional. Más internacionalizado. Donde antes había caudillismo de finca y despacho, ahora hay caudillismo de plató, algoritmo y TikTok.
Uribe fue durante décadas el centro gravitatorio de una derecha construida sobre la promesa de orden. Un orden duro, vertical, militarizado. Su relato funcionó porque mezclaba miedo, resentimiento y una idea estrecha de nación. Pero el uribismo envejeció. Su figura ya no moviliza como antes. Su candidata Paloma Valencia fracasó en la primera vuelta y el propio Uribe terminó aceptando la derrota de su sector el 31 de mayo, cuando pidió apoyar a De la Espriella. Esa escena dice mucho. El viejo jefe no desaparece: entrega la antorcha al nuevo vendedor de furia.
Y ahí entra Abelardo de la Espriella. No como anomalía, sino como consecuencia. Su ascenso no surge de la nada. Surge de una derecha que se cansó de fingir compostura y descubrió que la agresividad cotiza mejor que la prudencia. El candidato ultraderechista recoge los restos del uribismo, los mezcla con estética de celebridad, con espectáculo permanente, con referencias a Trump y Milei, y los lanza al mercado electoral como si la política fuera una campaña de marca personal. No propone un país: propone una descarga de adrenalina para una sociedad herida.
Lo peligroso no es solo el personaje. Lo peligroso es el ecosistema que lo hace posible. Una ciudadanía agotada por la violencia, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional puede ser empujada a comprar soluciones mágicas. Mano dura. Patria. Dios. Mercado. Castigo. El paquete completo. Las derechas lo saben. Y las ultraderechas, mejor aún. No necesitan explicar demasiado. Les basta con señalar culpables, gritar más fuerte y convertir cada matiz en traición.
LA NUEVA ULTRADERECHA VENDE RABIA COMO SI FUERA FUTURO
De la Espriella representa una mutación muy precisa. Ya no basta con el viejo discurso de seguridad. Ahora hay que actuarlo. Hay que performarlo. Hay que hacerlo viral. El liderazgo ya no se mide solo en estructuras partidarias, sino en capacidad de colonizar pantallas. El candidato aparece como figura de espectáculo, rodeado de gestos grandilocuentes, frases de choque y una promesa constante de ruptura. Pero ruptura con quién. No con los privilegios. No con las élites económicas. No con el país de los de siempre. Ruptura con los derechos conquistados, con la paz imperfecta pero necesaria, con la posibilidad de una democracia menos oligárquica.
El truco es viejo, aunque venga con filtro nuevo. La ultraderecha se presenta como rebelde mientras defiende el programa de siempre: orden para las mayorías, impunidad para las minorías poderosas y negocio para quienes convierten el miedo en oportunidad. No es antisistema: es el sistema con chaqueta de cuero, gesto de macho ofendido y asesoría internacional.
Por eso las referencias a Trump y al liberticida Milei no son decorado. Son brújula. Trump enseñó que se puede convertir la mentira en método político y la agresión en identidad. Milei demostró que se puede vender motosierra contra el pueblo con estética de rebeldía juvenil. De la Espriella recoge esa gramática y la adapta a Colombia. No hace falta copiarlo todo. Basta con importar el tono, la guerra cultural, la teatralidad, el desprecio por las mediaciones democráticas y esa fantasía de líder providencial que llega a “salvar” la nación de sus enemigos internos.
La pregunta no es si Uribe perdió influencia. La pregunta es qué ocupó el espacio que dejó. Y lo que aparece no es una derecha democrática más moderna, sino una ultraderecha más desacomplejada. Más ansiosa por el choque. Más cómoda en el insulto. Más dispuesta a hacer de la política un ring donde las y los adversarios dejan de ser ciudadanos para convertirse en objetivos.
Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de esa lógica. No habla desde una teoría abstracta. Habla desde una historia atravesada por violencia política, paramilitarismo, persecución social, líderes y lideresas asesinadas, territorios abandonados y una paz siempre saboteada por quienes viven mejor con el país en estado de amenaza. Por eso la estética TikTok no debe confundir a nadie. Detrás del brillo digital hay una vieja pulsión autoritaria. Detrás del show hay un programa de disciplinamiento. Detrás de la pose de valentía hay una política del miedo.
La ultraderecha colombiana no está inventando nada noble. Está actualizando una maquinaria. Antes necesitaba púlpitos, grandes medios y jefaturas partidarias. Ahora también necesita clips, memes, frases virales y guerra emocional permanente. El resultado es más peligroso, no menos. Porque llega más rápido, se consume mejor y se discute peor. La democracia no se rompe solo con tanques. También se erosiona con millones de impactos diarios que enseñan a odiar antes de pensar.
La izquierda, los movimientos sociales, las y los defensores de derechos humanos, las organizaciones feministas, la juventud precarizada y las comunidades golpeadas por la violencia no pueden leer esto como una simple pelea electoral. Es una disputa de época. De un lado, la promesa difícil de construir paz con justicia social. Del otro, la fantasía cómoda de restaurar el orden a golpes, aunque ese orden haya sido siempre una cárcel para los mismos cuerpos.
Colombia no está enterrando al uribismo: está viendo cómo sus herederos le ponen luces LED al mismo viejo proyecto de miedo.
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