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Cuando el odio se aplaude desde la tribuna pública, deja de ser un exabrupto y se convierte en programa político
El trumpismo ya no disimula. Lo que antes se insinuaba en tertulias incendiarias ahora se proclama desde el Congreso. El último episodio lo protagoniza Randy Fine, congresista republicano por Florida, que el pasado 16 de febrero escribió en X: “Si nos obligan a elegir entre perros y musulmanes, la elección no es difícil”. No era un comentario en un bar. No era una cuenta anónima. Era un representante público apelando a la deshumanización de millones de personas por su religión.
La frase no cayó en el vacío. Fue celebrada por el ecosistema MAGA, amplificada por voces mediáticas cercanas al expresidente Donald Trump y defendida como una muestra de “valentía”. Entre quienes le dieron respaldo está la activista ultra Laura Loomer, habitual agitadora islamófoba, que mostró su apoyo cerrado al mensaje. También el comentarista conservador Scott Jennings lo impulsó en su podcast.
EL ODIO COMO MÉTODO
La declaración de Fine no surge de la nada. Es hija de un clima político cultivado durante años. El propio Trump ha difundido bulos sobre haitianos que “se comen mascotas”, ha llamado “basura” a comunidades enteras y ha defendido redadas masivas del ICE contra supuestos “terroristas interiores”. La deshumanización no es un error del sistema: es la herramienta central del sistema.
Fine respondió supuestamente a un comentario irónico de la activista palestina Nerdeen Kiswani, quien el 12 de febrero de 2026 bromeó en X sobre la suciedad en las calles de Nueva York y los excrementos de perro. Ella misma aclaró que se trataba de una broma. Fine transformó ese comentario en un pretexto para enfrentar a “perros” contra “musulmanes”. La lógica es conocida: fabricar una amenaza cultural para legitimar la exclusión.
La reacción demócrata fue contundente. El líder de la minoría en la Cámara, Hakeem Jeffries, calificó a Fine de “intolerante islamófobo, repugnante y sin remordimientos”. La congresista Alexandria Ocasio-Cortez pidió su censura y expulsión de los comités. Pero el presidente de la Cámara, Mike Johnson, guardó silencio. Y el silencio institucional es la forma más eficaz de normalización.
No es la primera vez que Fine cruza esta línea. En julio de 2025 afirmó que la población de Gaza debía “morirse de hambre” hasta la liberación de rehenes israelíes. En diciembre de 2025 pidió prohibir la entrada de musulmanes en EE.UU., deportar a quienes ya residan en el país y revocar ciudadanías “siempre que sea posible”. No son deslices. Es una doctrina.
DEL RACISMO AL ESPECTÁCULO
El odio no se limita a la religión. También se dirige contra la cultura latina. Fine participó en la campaña contra Bad Bunny tras su actuación en la Super Bowl. Lo llamó “repugnante” y “depravado”, pidió multas contra la NFL y la NBC y exigió medidas contra las licencias de emisión. Su delito: cantar en español y cuestionar la narrativa nacionalista. Cuando el poder se siente amenazado por una canción, es que la canción dice la verdad.
Fine incluso escribió: “Hoy sería un gran día para detener y deportar a los indocumentados. Sobre todo a aquellos a quienes les gusta la porquería de Bad Bunny. TODOS. SIN EXCEPCIONES”. La mayúscula no es casual. Es una consigna.
El paralelismo es evidente. Primero se señala a una minoría religiosa. Después a una comunidad migrante. Luego a artistas y activistas. El patrón es idéntico al de otros momentos históricos en los que la ultraderecha convirtió la identidad en arma política. La diferencia es que ahora ocurre en tiempo real y con millones de seguidores amplificando cada mensaje.
El trumpismo ha entendido algo que otras fuerzas reaccionarias aprendieron antes: la provocación constante genera titulares, cohesiona a la base y desplaza el debate hacia el terreno del odio. Mientras se discute si comparar personas con animales es o no aceptable, se aprueban recortes sociales, se blindan privilegios fiscales y se erosiona el Estado de derecho. El ruido moral encubre la agenda material.
En este contexto, la islamofobia no es solo un prejuicio. Es un dispositivo político que legitima políticas de exclusión, vigilancia y deportación. Según datos del FBI, los delitos de odio contra musulmanas y musulmanes en EE.UU. han aumentado en la última década, con picos tras cada ola de retórica incendiaria. Las palabras desde el poder no son inocuas. Preparan el terreno para la violencia.
Lo alarmante no es únicamente lo que dice Fine. Es que lo dice desde el Congreso y recibe aplausos. Es que el partido que alguna vez se presentó como defensor del “orden constitucional” hoy tolera comparaciones que degradan la dignidad humana. Es que una parte de la sociedad aplaude la humillación como si fuera entretenimiento.
Cuando un representante público plantea elegir entre “perros y musulmanes”, no está lanzando una broma. Está trazando una frontera moral que convierte a vecinas y vecinos en enemigos internos. Y cuando la política se convierte en concurso de deshumanización, la democracia deja de ser un sistema de derechos para convertirse en una maquinaria de exclusión.
No es una frase aislada. Es un síntoma. Y los síntomas, cuando se ignoran, se convierten en enfermedad.
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