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Felipe González fue durante años el “jarrón chino” del socialismo español. Una figura a la que nadie sabía dónde colocar, pero que nadie se atrevía a retirar
Felipe González fue durante años el tótem sentimental de una generación. El primer presidente socialista tras la muerte de Franco. El símbolo del cambio. El hombre al que muchos escucharon en los años ochenta prometer una España distinta, moderna, europea, menos gris. Hoy, sin embargo, su figura se ha transformado en algo muy diferente: un recuerdo incómodo que interviene más para torpedear que para construir.
No se trata de edad ni de nostalgia. Se trata de coherencia.
González llegó al poder en 1982 con un discurso crítico con la OTAN y con la promesa de un giro social profundo. Poco después, defendió la permanencia en la Alianza Atlántica y abrazó el proyecto europeo como única vía posible. La reconversión industrial disparó el paro en cientos de miles de hogares. Los socialistas, entonces, no le dieron la espalda. Le acompañaron en cada viraje. Le defendieron cuando expropió Rumasa. Le sostuvieron cuando los casos de corrupción erosionaron su credibilidad. Incluso cuando el terrorismo de Estado de los GAL dejó una herida indeleble en la democracia española.
Nunca hubo un ajuste de cuentas interno serio. Nunca un cuestionamiento frontal desde su propio partido. El “señor X” quedó como una sombra, no como una ruptura.
MEMORIA SELECTIVA Y LECCIONES DESDE EL RETROVISOR
Lo llamativo no es el pasado. Lo inquietante es el presente.
Felipe González ha decidido convertirse en ariete contra el actual secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Le reprocha pactos, cesiones, estrategias parlamentarias. Le incomoda el “no es no” que marcó una ruptura con el establishment interno y externo. Pero conviene recordar que González también pactó. Y que lo hizo en contextos no menos controvertidos.
La diferencia es política y generacional. Sánchez gobierna con una estimación de voto cercana al 30% en un escenario fragmentado, con una derecha radicalizada y con una oposición que ha convertido el insulto en estrategia permanente. En ese contexto, parte de las viejas glorias socialistas parecen más cómodas coincidiendo con los argumentarios de la derecha que defendiendo la autonomía del proyecto que dicen haber construido.
No es una cuestión de discrepancia. Es una cuestión de oportunidad histórica.
España no está en 1982. Tampoco en 1996. El tablero es otro. La extrema derecha es tercera fuerza política. La precariedad es estructural. El salario mínimo ha subido de 735 euros en 2018 a 1.134 euros en 2024. Las pensiones se han revalorizado con el IPC. Se han aprobado impuestos extraordinarios a grandes energéticas y entidades financieras. Son decisiones discutibles, pero no irrelevantes.
Que el debate interno exista es sano. Que se utilice para debilitar en público a quien gobierna mientras la oposición erosiona cada medida, es otra cosa.
EL MITO Y EL PODER
Felipe González fue durante años el “jarrón chino” del socialismo español. Una figura a la que nadie sabía dónde colocar, pero que nadie se atrevía a retirar. Su legado es complejo. Modernizó infraestructuras, impulsó sanidad y educación públicas, consolidó la integración europea. También convivió con escándalos graves y decisiones que marcaron negativamente a miles de trabajadores y trabajadoras.
La historia no es un bloque monolítico. Es una suma de luces y sombras.
El problema surge cuando el mito se convierte en obstáculo. Cuando la autoridad moral se utiliza como herramienta de presión permanente. Cuando el pasado se emplea como vara de medir selectiva. No se puede exigir pureza estratégica desde una trayectoria que también estuvo plagada de pragmatismo extremo.
La izquierda española tiene suficientes desafíos externos como para dedicar su energía a batallas simbólicas con sus propios referentes históricos. Vox no crece por los pactos parlamentarios del PSOE. Crece por el desgaste social, por la fragmentación del espacio progresista y por la incapacidad de articular un relato común frente a la ofensiva cultural conservadora.
El debate sobre liderazgo es legítimo. Pero la nostalgia no puede convertirse en trinchera.
Felipe González fue esperanza. Fue poder. Fue contradicción. Hoy es, sobre todo, un recordatorio de que ningún liderazgo es eterno y de que la política no es un altar sino un campo de disputa permanente.
El jarrón no se rompe por cambiarlo de sitio. Se rompe cuando se usa para golpear a quienes intentan sostener la casa.
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