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La advertencia es clara: sin método, sin generosidad y sin arraigo territorial, la extrema derecha seguirá creciendo mientras la izquierda compite entre sí
El 18 de febrero, en la sala Galileo Galilei de Madrid, Gabriel Rufián y Emilio Delgado se sentaron a discutir lo que muchas y muchos comentan en privado: la izquierda fragmentada está perdiendo terreno frente a la extrema derecha. No fue un mitin clásico. Fue una advertencia. Y también una enmienda a la totalidad al modo en que las organizaciones progresistas han gestionado su propia dispersión.
La propuesta se formuló sin rodeos: construir un “bloque histórico” capaz de disputar escaños a Vox provincia a provincia. No un eslogan, sino una estrategia electoral milimétrica. Rufián lo expresó con crudeza: “Yo no quiero ilusionar, yo quiero ganar”. Reclamó “ciencia, método y orden”. La apelación no era romántica, era matemática.
PROVINCIA A PROVINCIA: EL MÉTODO FRENTE A LA DISPERSIÓN
El planteamiento parte de un dato incómodo: el sistema electoral español premia la concentración del voto en circunscripciones pequeñas. En muchas provincias, dividir fuerzas progresistas significa regalar representación a la derecha. Rufián fue explícito: “¿Qué sentido tiene 14 izquierdas representando lo mismo si nos presentamos en el mismo sitio?”.
No pidió renuncias ideológicas ni que las fuerzas soberanistas abandonen sus banderas. Tampoco exigió una lista única estatal. Habló de acuerdos territoriales quirúrgicos. De decidir quién compite en Girona, en Sevilla, en A Coruña o en Madrid según arraigo y capacidad real de ganar escaño. Menos pureza simbólica y más cálculo estratégico.
Incluso deslizó la creación de un “grupo interparlamentario coordinado común”, con tres o cuatro puntos programáticos compartidos. Antifascismo, derecho a la autodeterminación y dignificación de las condiciones de vida. Lo demás, según su lógica, puede convivir en pluralidad.
El aviso no fue menor. Rufián habló de un horizonte de “ilegalizaciones” y “encarcelamientos”, dibujando un escenario de endurecimiento político si la extrema derecha continúa avanzando. Puede sonar alarmista, pero la normalización del discurso ultra en Europa y América no es un fenómeno teórico. Se traduce en políticas concretas.
El acto superó expectativas. Las entradas se agotaron en minutos. Acudieron representantes de partidos de Sumar, de ERC, de IU y de los Comuns. No estuvo la dirección de Podemos, aunque Rufián lanzó un guiño explícito a esa formación y elogió a Pablo Iglesias e Irene Montero. El mensaje fue claro: nadie sobra si el objetivo es frenar a Vox.
RECUPERAR BANDERAS: CLASE, BARRIO Y DISCURSO
Si Rufián puso el foco en la ingeniería electoral, Delgado insistió en el contenido político. Su diagnóstico es incómodo para parte de la izquierda institucional: se han abandonado determinadas banderas y la derecha las ha ocupado.
Habló de libertad y de seguridad. De jóvenes de barrio que no se sienten interpelados por discursos progresistas. Recordó cómo ciertos espacios supuestamente avanzados ridiculizan a los “chavs” británicos mientras presumen de sensibilidad social. La izquierda que pierde contacto con la periferia pierde su razón de ser.
Delgado diferenció entre el “nazi violento” y el joven que empieza a consumir relatos reaccionarios. Defendió que no se puede renunciar a disputar ese terreno cultural. Que un chaval no tiene que abandonar su identidad para abrazar valores feministas. Que hablar de seguridad en barrios con conflictos no convierte automáticamente a nadie en reaccionario.
También se abordó la inmigración, uno de los campos donde la extrema derecha construye hegemonía. Rufián habló de reconocer que existe miedo en determinados entornos y de afirmar derechos y obligaciones “te llames Adolfo o Brahim”. Introdujo además el debate sobre símbolos religiosos como el burka, reclamando coherencia laica.
Son asuntos espinosos. Pero la estrategia que plantearon parte de una premisa incómoda: el silencio no neutraliza el conflicto, lo cede al adversario.
El concepto de “bloque histórico” no es retórico. Implica movilización social, apertura de debates más allá de las cúpulas y una militancia que no se limite a pegar carteles. Delgado lo expresó así: la unidad electoral es necesaria, pero no suficiente. Hace falta reconstruir arraigo.
El trasfondo es evidente. En varias provincias pequeñas, unos pocos miles de votos determinan un escaño. Y cada escaño puede decidir mayorías. Si la izquierda compite entre sí mientras la derecha concentra voto, el resultado no es pluralismo, es derrota.
La charla no resolvió las tensiones internas ni borró desconfianzas acumuladas. Tampoco presentó un plan cerrado. Pero puso sobre la mesa una disyuntiva que atraviesa a todas las fuerzas progresistas: seguir defendiendo parcelas propias o asumir una coordinación inédita.
En política, las palabras suelen evaporarse rápido. Esta vez la advertencia quedó escrita con fecha y lugar: 18 de febrero de 2026, Madrid. La pregunta no es si el bloque histórico es deseable. La pregunta es si la izquierda está dispuesta a sacrificar protagonismos para evitar que la extrema derecha siga sumando escaños mientras las y los progresistas discuten quién hace el mejor tuit.
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