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El despliegue militar de Estados Unidos apunta a una ofensiva inminente contra Teherán y abre la puerta a un conflicto regional de consecuencias imprevisibles
El 18 de febrero no fue un día cualquiera en el Mediterráneo. Fue, según analistas de inteligencia abierta, “uno de los días más intensos para la Fuerza Aérea estadounidense en Europa en tiempos recientes”. Casi una docena de aviones cisterna KC-135R/T Stratotanker cruzando el cielo, una cadena constante de C-17A Globemaster III trasladando material bélico hacia Oriente Medio y el litoral español convertido en pasillo logístico. Los tanqueros no dejan de llegar.
Mientras tanto, un asesor de la Casa Blanca admitía a Axios que existe un “90% de probabilidades” de una acción militar contra Irán en las próximas semanas. No hablamos de una escaramuza simbólica. El propio medio adelantó que sería una campaña de varias semanas, una guerra en toda regla, probablemente coordinada con Israel.
No es una exageración retórica. En la región ya hay dos portaaviones estadounidenses, una docena de buques de guerra, cientos de cazas y múltiples sistemas de defensa aérea. Solo en las últimas 24 horas, otros 50 cazas (F-35, F-22 y F-16) fueron enviados a la zona. Más de 150 vuelos militares de carga han trasladado armamento y munición a Oriente Medio. La maquinaria bélica está en marcha.
Y todo esto sucede tras la invasión de Venezuela del 3 de enero de 2026, cuando Trump ordenó secuestrar al presidente Nicolás Maduro y entregar la industria petrolera nacionalizada a sus donantes de campaña. El precedente no es menor. Es una declaración de principios: si Washington decide que un gobierno no le conviene, activa la flota.
UNA GUERRA “CORTA E INTENSA” QUE PUEDE INCENDIAR EL GOLFO
El vicepresidente JD Vance declaró esta semana en Fox News que el presidente “tiene todas las opciones sobre la mesa”. La línea roja es impedir que Irán obtenga armas nucleares. El problema es que el propio Trump fue quien abandonó en 2018 el acuerdo nuclear firmado en 2015, el JCPOA, que limitaba precisamente el programa iraní.
La paradoja es obscena. Se rompe un acuerdo multilateral, se imponen sanciones asfixiantes y luego se amenaza con bombardear porque el país sancionado busca reforzar su capacidad defensiva.
Según el Wall Street Journal, Teherán quiere alcanzar un nuevo acuerdo. Pero también prepara el peor escenario: despliegue de fuerzas, refuerzo de instalaciones nucleares y dispersión del mando. Un buque de guerra ruso ha atracado en el estrecho de Ormuz y maniobras militares conjuntas están previstas frente al portaaviones estadounidense USS Abraham Lincoln.
El analista Trita Parsi, del Quincy Institute for Responsible Statecraft, advirtió en Democracy Now! que ambas partes creen que una guerra breve puede mejorar su posición negociadora. Washington confía en su superioridad militar. Irán cree poder cerrar el estrecho de Ormuz, disparar el precio del petróleo y forzar a Estados Unidos a retroceder ante el coste económico.
El estrecho de Ormuz no es una metáfora. Por ahí transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Un cierre temporal dispararía los precios energéticos globales, golpearía a las economías europeas y castigaría a millones de trabajadoras y trabajadores que ya soportan inflación y precariedad.
La fantasía de la guerra quirúrgica es un mito útil para quienes nunca pisan el frente. Las guerras no son vídeos de precisión milimétrica. Son infraestructuras destruidas, hospitales colapsados, población civil atrapada entre bombardeos y represión interna.
EL CONGRESO CALLA, EL NEGOCIO ARMAMENTÍSTICO SONRÍE
La organización National Iranian American Council (NIAC) recordó el 18 de febrero que es el Congreso quien tiene la autoridad constitucional para declarar la guerra. Sin embargo, el Congreso controlado por el Partido Republicano ha rechazado resoluciones que intentaban limitar las acciones militares de Trump en Venezuela y en alta mar.
La separación de poderes se evapora cuando la guerra es rentable.
Una ofensiva contra Irán no solo pondría en peligro a civiles iraníes y a soldados estadounidenses. También podría extender el conflicto a Líbano, Siria, Irak o Yemen. Podría activar milicias regionales. Podría arrastrar a Rusia y tensionar aún más el tablero global.
Pero hay algo que rara vez aparece en los titulares económicos: cada despliegue militar es una transferencia masiva de dinero público hacia contratistas privados. Cada vuelo de un C-17 es facturación. Cada F-35 enviado a la región es presupuesto garantizado para la industria armamentística.
Mientras se recortan servicios públicos, la guerra siempre encuentra financiación.
El economista Yanis Varoufakis lanzó un mensaje directo: “Hands off Iran”. No es una consigna vacía. Es un recordatorio de que el derecho internacional no puede aplicarse solo a los enemigos geopolíticos de Washington.
Si Estados Unidos bombardea Irán sin mandato del Congreso y sin respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU, estaremos ante otra guerra ilegal. Otra intervención preventiva. Otro episodio en la cadena de conflictos que comenzaron con Irak en 2003 bajo el pretexto de armas inexistentes.
La historia reciente es un catálogo de errores estratégicos y crímenes impunes. Afganistán, Irak, Libia. Países fragmentados, millones de personas desplazadas, generaciones marcadas por la violencia.
Lo que hoy se presenta como una operación necesaria puede convertirse en la chispa que incendie toda la región.
Y mientras los tanqueros siguen cruzando el Mediterráneo y los cazas aterrizan en bases del Golfo, la pregunta no es si Estados Unidos puede ganar una guerra corta. La pregunta es cuántas vidas más se consideran un coste asumible en nombre de una hegemonía que se resiste a aceptar límites.
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