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La tierra se abrió el 24 de junio y dejó al descubierto algo más que escombros: la fragilidad brutal de una población abandonada a la emergencia permanente.
CUANDO LA TIERRA ROMPE LO QUE YA ESTABA ROTO
Venezuela sufrió este 24 de junio dos golpes sísmicos consecutivos que han sacudido no solo la costa central del país, sino también la idea miserable de que las tragedias naturales llegan a territorios neutros. No llegan a territorios neutros. Llegan a ciudades con edificios envejecidos, servicios públicos castigados, familias empobrecidas, hospitales al límite y barrios donde la vida cotidiana ya era una prueba de resistencia antes de que el suelo empezara a moverse.
El primer terremoto fue registrado por el Servicio Geológico de Estados Unidos a las 18:04, con una magnitud de 7,2, cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy, a unos 280 kilómetros al oeste de Caracas. Casi inmediatamente después, un segundo terremoto, todavía más fuerte, golpeó la misma zona: magnitud 7,5, con epicentro cerca de Yumare. Antes, las primeras mediciones hablaron de 7,1 en las inmediaciones de Morón, en Carabobo. Las cifras se revisan, sí. Pero la destrucción no espera a que los organismos técnicos terminen de ajustar decimales.
El temblor alcanzó Caracas, situada a unos 170 kilómetros de la zona inicialmente señalada, y se sintió con fuerza en Trujillo, Yaracuy, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira y la capital. Diosdado Cabello habló de un evento “muy superior a 7 de magnitud” y reconoció derrumbes, zonas con situaciones “alarmantes” y daños severos en puntos como Los Palos Grandes y Altamira. Lo dijo el poder por televisión. La calle ya lo sabía antes: paredes abiertas, fachadas rajadas, escaleras desprendidas, gente gritando, edificios convertidos en polvo.
No hay épica en dormir en la calle porque tu casa puede matarte. Hay abandono. Hay miedo. Hay una estructura social que siempre deja a las mismas personas más cerca del derrumbe.
En Chacao, el alcalde Gustavo Duque informó del colapso de un edificio de 8 pisos y otro de 12, y aseguró que se habían rescatado 18 personas con vida. En Baruta, Darwin González comunicó la muerte de 3 personas tras el colapso de 2 edificios. Son cifras iniciales. Frías. Incompletas. Detrás de cada número hay una familia esperando una llamada, una persona atrapada bajo cemento, una enfermera o enfermero corriendo hacia un hospital saturado, una madre buscando a su hija entre sirenas y polvo.
La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, declaró el estado de emergencia y habló de “graves consecuencias”. También afirmó que se había habilitado una aplicación para reportar familiares desaparecidos. Lo tecnológico aparece, como siempre, con su promesa ordenada. Pero cuando la tragedia golpea de verdad, lo primero sigue siendo lo más básico: sacar cuerpos de los escombros, apuntalar edificios, abrir hospitales, llevar agua, garantizar luz, organizar refugios, cuidar a quienes no tienen a dónde volver.
LA EMERGENCIA NO ES SOLO EL SISMO: ES LO QUE VIENE DESPUÉS
Las imágenes descritas desde Caracas y La Guaira son difíciles de mirar sin rabia: grandes edificios completamente colapsados, personas heridas, transeúntes llorando y abrazándose, gente evacuada con cuellos ortopédicos, calles llenas de polvo, barrios enteros paralizados. En el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, los vídeos mostraron a decenas de personas corriendo y gritando mientras el techo amenazaba con venirse abajo y las lámparas se descolgaban. La infraestructura sufrió daños graves y el aeropuerto quedó cerrado.
También se emitieron alertas de tsunami para Venezuela, Aruba, Bonaire, Puerto Rico y las Islas Vírgenes Británicas. Después fueron canceladas. Un alivio parcial. Muy parcial. Porque el mar no llegó, pero el país ya estaba bajo otra ola: la de las réplicas, la incertidumbre, los cortes y el temor a que otro edificio cediera durante la noche.
El USGS advirtió de numerosas víctimas mortales, pérdidas económicas importantes y posibles réplicas fuertes. La palabra “réplica” suena técnica, casi limpia. Pero para quien acaba de ver caer su edificio significa otra cosa. Significa no dormir. Significa mirar cada pared como una amenaza. Significa salir a una plaza con una bolsa, una botella de agua, un teléfono sin batería y una pregunta clavada en la garganta.
El Gobierno ordenó evacuar los edificios dañados y pidió no regresar hasta una evaluación técnica. Miles de personas se prepararon para pasar la noche en plazas y calles. El servicio eléctrico y la señal de internet quedaron interrumpidos en sectores de Caracas, La Guaira y otros estados. El gas natural directo fue suspendido en zonas afectadas como medida preventiva. También se paralizó el metro de Caracas, los ferrocarriles y el servicio de agua en varios estados. Las clases en escuelas y universidades quedaron suspendidas durante los próximos días, igual que las actividades económicas no esenciales.
La catástrofe no termina cuando deja de temblar. Empieza otra fase: la de quienes no tienen seguro, no tienen ahorros, no tienen una segunda vivienda y no tienen margen para caer.
Este 24 de junio era feriado en Venezuela por la conmemoración de la Batalla de Carabobo. Había más gente en casa que en un día laborable normal. Ese dato importa. Importa mucho. Porque la diferencia entre estar en la calle, en una oficina o en un edificio familiar puede marcar la vida o la muerte. La tragedia no se mide solo en magnitudes sísmicas. Se mide en horarios, materiales, barrios, pobreza, acceso a emergencias y capacidad real del Estado para responder sin convertir la ayuda en propaganda.
Ecuador, Bolivia, Brasil, El Salvador y Colombia ofrecieron apoyo. Donald Trump escribió en Truth Social que Estados Unidos estaría ahí para sus “nuevos y grandes amigos” y que los primeros reportes no eran buenos. La diplomacia tiene esa manía obscena de sonar solemne cuando todavía hay gente bajo losas de hormigón. La ayuda será necesaria, claro. Pero la solidaridad internacional no puede ser una postal ni una oportunidad para recolocar intereses geopolíticos sobre una montaña de ruinas.
Venezuela necesita rescate, atención médica, agua, electricidad, refugios, evaluación estructural, equipos especializados y transparencia. Necesita que las y los responsables hablen claro. Necesita que las víctimas no sean tratadas como decorado de discursos oficiales. Necesita que cada barrio afectado cuente lo mismo que cada zona rica, que cada persona desaparecida importe lo mismo que cada infraestructura estratégica.
Porque cuando un terremoto de 7,2 y otro de 7,5 atraviesan un país, la pregunta no es solo cuánta fuerza tuvo la tierra. La pregunta es cuánta vida estaba ya sostenida sobre grietas.
Y esta vez, Venezuela no se cayó por temblar: se cayó porque millones de personas llevaban demasiado tiempo obligadas a vivir sobre el borde.
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