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El presidente de Estados Unidos convierte una masacre escolar en una niebla administrativa: “misiles volando por todas partes”, culpa diluida, investigación eterna y una frase que resume la impunidad imperial.
Donald Trump ha encontrado una fórmula obscena para hablar de una escuela de niñas destruida en Irán: quizá nunca se sepa quién tuvo la culpa. Así. Como si más de 175 menores y docentes muertos fueran un problema técnico, una interferencia en el radar, una mala tarde de burocracia militar. Como si una escuela no fuera una escuela. Como si una niña muerta bajo los escombros pudiera archivarse bajo la categoría cómoda de “confusión”.
Trump dice que quizá nunca se sepa quién fue responsable del ataque contra una escuela de niñas en Irán que mató a más de 175 menores y docentes.
President Trump said it may never be known who was at fault for a deadly strike on a girls' school in Iran on February 28, the first day of the Iran war, that killed scores of children https://t.co/tYok2HffEC
— Reuters (@Reuters) June 25, 2026
La noticia completa de Reuters es todavía más brutal. El ataque ocurrió el 28 de febrero, primer día de la guerra contra Irán, en Minab, al sur del país. Reuters ya informó en marzo de que una investigación militar interna inicial de Estados Unidos apuntaba a que las fuerzas estadounidenses eran probablemente responsables del ataque mortal. El Pentágono elevó después la investigación, pero no ha reconocido públicamente esas conclusiones preliminares.
Y ahora Trump sale ante los periodistas y dice que no sabe si “alguna vez van a resolver ese problema”. Ese problema. No una masacre. No una escuela llena de niñas. No más de 175 vidas. Un problema.
CUANDO MATAN NIÑAS, EL IMPERIO HABLA DE CONFUSIÓN
La frase completa es de una indecencia casi perfecta. Trump dijo que no sabía si alguna vez se resolvería “en términos de quién tuvo la culpa” porque “había misiles volando por todas partes”. Y añadió que era “horrible lo que pasó”, pero que había misiles volando por todas partes. Ahí está el truco. La muerte aparece como una consecuencia atmosférica. Como lluvia. Como polvo. Como una tormenta inevitable provocada por nadie.
Pero las guerras no caen del cielo. Los misiles no salen de la nada. Los sistemas de ataque no se activan solos. Los datos de objetivos no se actualizan o se dejan obsoletos por arte de magia. Las órdenes no las firma el viento.
Reuters recoge que el ataque pudo ser consecuencia del uso estadounidense de datos de objetivos desactualizados, según fuentes familiarizadas con el asunto citadas en marzo. Traducido al lenguaje de las vidas humanas: una cadena militar, tecnológica y política pudo convertir información vieja en muerte nueva. Muerte sobre niñas. Muerte sobre docentes. Muerte sobre una escuela.
Y aun así, Trump insiste en que no ha visto nada que le lleve a creer que fue Estados Unidos. “No creo que fuéramos nosotros”, vino a decir. Claro. Nunca son ellos. Cuando el misil cae, es la niebla. Cuando la escuela arde, es la guerra. Cuando aparecen los cadáveres, es la investigación. Cuando toca asumir responsabilidad, aparece la frase mágica: quizá nunca se sepa.
Es una forma de poder muy vieja. Primero se bombardea. Luego se duda. Después se investiga. Más tarde se enfría. Finalmente se olvida. La maquinaria de la impunidad no siempre niega los hechos de golpe. A veces hace algo más eficaz: los deja pudrirse en un expediente.
LA ESCUELA COMO LÍMITE MORAL, Y NI ESO
Hay algo especialmente siniestro en el ataque a una escuela de niñas. No porque otras muertes sean menos importantes. No. Sino porque una escuela debería ser uno de esos lugares que incluso la barbarie reconoce como frontera. Un aula no es un cuartel. Una niña no es un objetivo militar. Una docente no es un “daño colateral”. Y una masacre de más de 175 menores y profesoras no puede convertirse en una frase vaga pronunciada desde Washington con cara de trámite.
Reuters recuerda algo elemental: atacar deliberadamente una escuela probablemente constituiría un crimen de guerra bajo el derecho internacional humanitario. Las autoridades estadounidenses han dicho públicamente que Washington no atacaría deliberadamente una escuela. Vale. Pero el problema no se agota en la intención declarada. El problema está también en la cadena de decisiones que permite que una escuela termine en la trayectoria de un misil. En la tecnología que mata con supuesta precisión. En los mapas que caducan. En los mandos que aprietan botones. En los gobiernos que luego se esconden tras una frase.
“Nadie lo hizo a propósito”, dice la defensa habitual. Como si eso bastara. Como si una niña muerta necesitara demostrar que su muerte fue intencionada para merecer justicia. Como si la negligencia militar a escala imperial fuera un accidente doméstico.
La oficina de derechos humanos de la ONU calificó el ataque de “absolutamente horrífico”. Y lo es. Pero lo verdaderamente insoportable es que lo horrífico ya no detiene nada. No detiene guerras. No detiene ventas de armas. No detiene alianzas. No detiene ruedas de prensa en las que un presidente puede mirar a la cámara y convertir una matanza escolar en una duda razonable.
Trump primero afirmó, sin pruebas, que Irán era responsable. Después dijo que no sabía lo suficiente. Luego que había una investigación en marcha. Ahora que quizá nunca se sepa. Es una escalera perfecta hacia la impunidad. Primero culpas al enemigo. Después te refugias en la ignorancia. Después prometes una investigación. Después preparas el olvido.
Y mientras tanto, más de 175 menores y docentes siguen muertos.
La palabra “culpa” aquí no es un detalle. Es el centro de todo. Porque la culpa, cuando toca a los poderosos, se vuelve resbaladiza. Se dispersa entre departamentos, informes, mandos, fuentes anónimas, revisiones internas y frases cuidadosamente ambiguas. Pero cuando toca a los países bombardeados, la culpa se vuelve inmediata, colectiva, absoluta. Si el misil cae sobre los otros, es un error. Si el dolor viene de los otros, es terrorismo.
Esa es la arquitectura moral del imperialismo.
No estamos ante una simple declaración torpe. Estamos ante un mensaje político. Estados Unidos puede participar en una guerra, puede atacar, puede provocar una masacre, puede ser señalado por una investigación militar interna inicial según Reuters, y aun así su presidente puede presentarse ante el mundo diciendo que quizá nunca se sepa. No porque no importe. Precisamente porque importa demasiado. Porque reconocerlo abriría una puerta que el poder no quiere abrir nunca: la puerta de la responsabilidad.
Más de 175 niñas y docentes. Una escuela. Minab. 28 de febrero. Una investigación inicial que apuntaba probablemente a fuerzas estadounidenses. Un Pentágono que no reconoce conclusiones preliminares. Un presidente que habla de misiles volando por todas partes.
Y una pregunta que queda flotando, sucia, insoportable: si ni siquiera una escuela de niñas obliga al poder a decir la verdad, ¿qué demonios queda del derecho internacional cuando el que dispara tiene bandera estadounidense?
Quizá nunca se sepa, dice Trump.
No. Quizá nunca quieran decirlo.
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