Los guardianes de la tradición están cada vez más a la defensiva, pero ¿quiénes son realmente los frágiles aquí?
Javier F. Ferrero
Hace unos años, se nos bautizó, con sorna y desprecio, como la generación de cristal. Según quienes abrazan esta etiqueta, vivimos ofendidas por todo: micromachismos, discursos de odio, racismo, homofobia… En su imaginario, somos una legión hipersensible, incapaz de enfrentar la «crudeza de la vida». Sin embargo, la realidad ha demostrado una ironía aplastante: los verdaderos ofendidos no son quienes alzan la voz contra las injusticias, sino quienes ven amenazado su control sobre el discurso público.
Les molesta que digamos «Felices Fiestas» en lugar de «Feliz Navidad», como si las celebraciones de quienes no profesan su religión fueran una herejía en un mundo plural. Les indigna el uso de «todes», aunque no les afecta directamente y, en muchos casos, ni siquiera comprenden su origen o finalidad. Les molesta una sirenita negra, porque altera su nostalgia por un cuento que, paradójicamente, jamás les perteneció. Y ahora, les ofende una simple estampa humorística de una vaca en las Campanadas. ¿Quiénes son realmente los frágiles aquí?
Esta obsesión por controlar cada representación cultural, cada palabra y cada gesto que no se alinee con su visión estrecha del mundo es un síntoma claro de una generación que, más que cristal, parece porcelana. Delicados y quebradizos, saltan al mínimo cambio en el statu quo, como si el respeto por la diversidad fuera una amenaza existencial.
UN CONTROL CULTURAL QUE SE DESMORONA
El miedo al cambio está en el núcleo de esta reacción exacerbada. La diversidad, la inclusión y el humor incómodo son recordatorios de que el mundo ya no gira en torno a sus dogmas. Cada «todes» que escuchan, cada representación diversa en pantalla y cada cuestionamiento a los privilegios heredados pone en evidencia que su control cultural está desapareciendo.
La reacción de quienes se autoproclaman defensores de lo «tradicional» no es un simple debate cultural; es una lucha desesperada por mantener su hegemonía. Pero su fragilidad los traiciona. Llenan las redes de quejas, denuncias y boicots para proteger sus símbolos, como si una crítica o un chiste pudiera derrumbar siglos de imposición ideológica.
El problema no es que les moleste. El problema es que pretenden legislar sobre sus molestias. Su estrategia no es participar en un debate abierto, sino imponer su visión a través de amenazas, demandas legales y censura. Esta táctica no solo es autoritaria, sino también profundamente antidemocrática.
Generación de cristal no es quien busca justicia, sino quien teme perder su pedestal. Y ese pedestal, de todas formas, ya se tambalea.
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Totalment d’acord! Jo hi afegeixo a més que estic fins dalt de tot de tota l’apropiació per part de l’església catòlica i el cristianisme en general de totes les festes estacionals: Hivern, primavera, estiu i tardor. (= nadal, setmana santa, sant joan, tots sants). També de patrons i patyrones, verges i sants de cada poble. Però amb l’excusa de «Tradició» se’ns cola la religió per tots els actes festius!
Estoy de acuerdo contigo en todo lo que afirmas. Sobre el especial, Nochevieja añado un comentario. José Mota me encanta como humorista, pero personalizar a los trogloditas con una bochornosa imitación del habla andaluza… Es un racismo lingüístico manido desde tiempos de la dictadura hasta esta pseudodemocracia actual.
España camisa blanca….