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Por Manu Pineda
La fase actual de la ofensiva imperialista contra Venezuela articula de manera sistemática la agresión directa, la presión diplomática, el cerco económico y una intensa guerra mediática dirigida a quebrar la cohesión política y moral del pueblo venezolano y de la solidaridad internacional. En este marco debe situarse el intento de imponer un relato conspiratorio que atribuye el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro a un supuesto acuerdo con sectores de la propia dirigencia chavista. Este relato, impulsado por el presidente estadounidense Donald Trump, su secretario de Estado Marco Rubio y un entramado político y mediático perfectamente coordinado, responde a un objetivo político concreto: generar confusión, desánimo y desconfianza en el seno del campo popular de apoyo al proceso revolucionario.
La elaboración de narrativas de este tipo constituye una práctica habitual de la intervención imperialista. La deslegitimación del liderazgo político de un proceso revolucionario, la insinuación persistente de fracturas internas y la difusión de sospechas entre cuadros, militantes y bases populares actúan como mecanismos eficaces para erosionar la capacidad de resistencia de un pueblo. En el caso venezolano, esta operación comunicacional se despliega en un momento preciso: cuando amplios sectores del pueblo se han movilizado masivamente para defender su soberanía, su Revolución y exigir la liberación del presidente secuestrado y de su esposa, la compañera Cilia Flores.
Resulta profundamente preocupante comprobar cómo determinados sectores de la izquierda han asumido y reproducido este relato. Al hacerlo, amplifican una campaña diseñada en los centros de poder del imperialismo. Esta reproducción adopta múltiples formas: desde la puesta en duda pública de la lealtad de la dirigencia bolivariana hasta la difusión de insinuaciones que presentan al chavismo como un espacio atravesado por conspiraciones internas. En todos los casos, el efecto político converge en un mismo resultado: el refuerzo de la estrategia de desmoralización impulsada por un imperialismo que avanza hoy mediante formas de ejercicio del poder crecientemente autoritarias y abiertamente neofascistas.
La dirigencia revolucionaria venezolana arrastra una trayectoria histórica de compromiso, coherencia y lealtad forjada a lo largo de décadas de lucha revolucionaria. Delcy Rodríguez, presidenta encargada desde el 5 de enero y, con anterioridad, vicepresidenta ejecutiva de la República, ha desempeñado responsabilidades centrales en la defensa de la soberanía venezolana en escenarios internacionales de máxima hostilidad, incluyendo su labor como ministra de Relaciones Exteriores y su papel clave en la articulación política del gobierno bolivariano. Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, ha sido un actor fundamental en la conducción política institucional del proceso revolucionario, en la defensa del orden constitucional y en la construcción de marcos de diálogo orientados a preservar la paz y la estabilidad del país frente a intentos reiterados de desestabilización.
Diosdado Cabello, dirigente histórico del chavismo, vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela y referente central del liderazgo político revolucionario, ha desempeñado un papel determinante en la organización, la movilización popular y la defensa del proyecto bolivariano frente a agresiones internas y externas. El general en jefe Vladimir Padrino López, ministro del Poder Popular para la Defensa, encarna la doctrina bolivariana de la unión cívico-militar, garantizando la subordinación de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana al poder civil y su compromiso con la defensa de la soberanía, la integridad territorial y el orden constitucional. El conjunto del liderazgo político y militar bolivariano ha construido una articulación orgánica basada en la disciplina revolucionaria, la claridad estratégica y una vinculación permanente con el pueblo.
Este compromiso colectivo se ha manifestado en escenarios de máxima hostilidad: golpes de Estado, intentos de magnicidio, terrorismo urbano, sanciones criminales, asfixia económica prolongada y amenazas militares explícitas. La cohesión del bloque revolucionario y su vínculo orgánico e inseparable con el pueblo venezolano han constituido uno de los pilares fundamentales que han permitido sostener el proceso bolivariano frente a una presión externa de una intensidad excepcional.
El chavismo emerge como un movimiento profundamente enraizado en el pueblo, construido en la experiencia histórica de la exclusión social, la resistencia política y la lucha por la soberanía nacional. Su dirigencia se ha formado en ese mismo proceso, compartiendo riesgos, persecuciones y sacrificios con las mayorías populares. Un análisis mínimamente riguroso de la historia del chavismo permite comprender que la lealtad política, la disciplina revolucionaria y el compromiso con la causa antiimperialista forman parte de la estructura profunda de este proyecto histórico. La falta de este conocimiento conduce de manera directa a lecturas superficiales que terminan sirviendo a intereses ajenos y contrarios al campo popular.
Cuando sectores de izquierdas reproducen el relato conspiratorio emanado desde Washington, lo hacen, en algunos casos, desde el desconocimiento de la historia concreta de la Revolución Bolivariana y de sus sujetos políticos. En otros casos, esta reproducción responde a motivaciones menos excusables y nada confesables. En ambos escenarios, el resultado político converge en un mismo punto: el debilitamiento del frente antiimperialista y la fragmentación de la respuesta popular frente a una agresión de enorme envergadura.
Las movilizaciones que se están desarrollando en Venezuela y en numerosos países del mundo, incluidos los propios Estados Unidos, expresan con claridad la vigencia del internacionalismo y la capacidad de los pueblos para identificar una agresión imperial cuando esta se produce. La amplitud, diversidad y masividad de estas movilizaciones han desbordado todas las previsiones, incluidas las de los centros de poder que planificaron esta operación. Esta respuesta popular explica el nerviosismo creciente del imperialismo y de sus terminales mediáticas y políticas, que intensifican la guerra informativa con el objetivo de compensar su aislamiento político y moral.
En este escenario, la responsabilidad de la izquierda adquiere una dimensión histórica. Asumir y amplificar los relatos del imperialismo implica integrarse en su maquinaria ideológica. La tarea que se impone es otra: reforzar la organización, profundizar la formación y comunicación política y desplegar una solidaridad activa y consciente con el pueblo venezolano. La etapa que se abre exige claridad estratégica, capacidad de análisis materialista y voluntad firme de resistencia. La ofensiva en curso busca redefinir correlaciones de fuerza a escala internacional y castigar de manera ejemplar a cualquier pueblo que ejerza su derecho soberano a decidir su propio destino.
Venezuela se ha convertido en un punto de condensación de esta disputa histórica. La defensa de su proceso revolucionario trasciende ampliamente sus fronteras y se vincula de forma directa con la defensa del derecho de los pueblos a la soberanía, la autodeterminación y la construcción de proyectos emancipadores propios. En este contexto, la organización, la movilización sostenida, la disciplina consciente y la unidad del campo popular internacional se presentan como tareas urgentes e inaplazables. La magnitud de la ofensiva en marcha exige una respuesta colectiva a la altura del desafío histórico que enfrentamos.
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