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El millonario abandona el gobierno furioso por el giro fiscal de Trump y dinamita la ‘One Big Beautiful Bill Act’
LA FRACTURA ENTRE LA OLIGARQUÍA TECH Y EL NACIONALISMO ULTRALIBERAL
Elon Musk ha estallado públicamente. Y esta vez, no contra los sindicatos ni contra la prensa crítica, sino contra su antiguo socio político: Donald Trump. Apenas cuatro días después de dejar su cargo como “empleado gubernamental especial” —una figura opaca, sin funciones claras, pero con acceso privilegiado al núcleo duro del Ejecutivo—, el magnate ha reventado en su red X con una andanada dirigida contra la ‘One Big Beautiful Bill Act’, la ley estrella del trumpismo para su segundo mandato.
“La ley es una abominación asquerosa”, escribió Musk el martes 3 de junio de 2025. “Llena de chanchullos, derroches y partidas clientelares. Quienes la han votado deberían sentir vergüenza. Y lo saben”.
Lo que parecía un desacuerdo técnico sobre cifras se convirtió en un ajuste de cuentas ideológico. Musk, que hasta hace unos días posaba junto a Trump bajo el busto de Abraham Lincoln, ha acusado al Congreso republicano de “llevar a la bancarrota a Estados Unidos” con un déficit previsto de 2,5 billones de dólares solo este año. Un agujero fiscal que ni el marketing trumpista puede tapar con superlativos vacíos.
Pero lo relevante no es la crítica fiscal. Es el divorcio político. Musk ha dejado de jugar a ser consejero de la sombra para convertirse en saboteador a plena luz. Lo confirma su mensaje más incendiario: “En noviembre del año que viene echamos a todos los políticos que han traicionado al pueblo americano”. Así, sin matices, sin filtros y con la arrogancia mesiánica de quien se cree por encima de todos los poderes.
LO QUE HAY DETRÁS DEL ESTALLIDO: VENGANZA, NEGOCIOS Y PODER
Detrás del tuit, como siempre con Musk, hay negocio. Y venganza.
- El Congreso ha eliminado de la ley los créditos fiscales a vehículos eléctricos que beneficiaban directamente a Tesla.
- La Casa Blanca se ha negado a ampliar el estatus especial de Musk más allá de los 130 días legales.
- La FAA ha rechazado usar su red Starlink para el control aéreo, apostando por redes propias.
- Trump ha retirado la nominación de Jared Isaacman, aliado y amigo de Musk, para dirigir la NASA por sus donaciones pasadas a demócratas.
Elon Musk no está indignado por el déficit. Está enfadado porque ha perdido cuota de poder. Ya no es el tecnócrata estrella del Gobierno, sino un millonario despechado al que se le han cerrado varias puertas en la misma semana. Su repentina conciencia fiscal se activa justo cuando su influencia directa se desactiva.
El billonario no es el único que se siente traicionado. Varios congresistas republicanos —como Marjorie Taylor Greene o Mike Flood— han confesado públicamente que no conocían todos los detalles de la ley cuando votaron a favor. La norma tiene más de 1.000 páginas y fue tramitada a toda velocidad. Entre otras perlas, incluye la prohibición de regular la inteligencia artificial a nivel estatal durante los próximos 10 años y restricciones al poder judicial local para sancionar por desacato.
La ‘One Big Beautiful Bill Act’ es un monstruo legislativo lleno de trampas, resquicios legales y favores a corporaciones amigas. Y sí, Musk contribuyó a cocinar parte del menú… hasta que le sacaron de la cocina.
El bloque trumpista intenta apagar el fuego. Mike Johnson, presidente de la Cámara, ha enviado “un largo mensaje de texto” a Musk explicándole el contenido del proyecto. Según él, hablaron durante más de 20 minutos. Musk, por su parte, prefirió ignorarlo y lanzar su campaña personal de demolición desde X.
Donald Trump, mientras tanto, se enfrenta a una revuelta interna. Cuatro senadores republicanos ya han amenazado con votar en contra del proyecto, que aún debe pasar por el Senado y regresar a la Cámara. Los líderes del partido tratan de convencer a pesos pesados como Rand Paul, Ron Johnson o Rick Scott, pero las fisuras son profundas.
La bronca fiscal de Musk puede haber sido el empujón final para que el bloque libertario del Partido Republicano se rebele contra la megaley. Y si eso ocurre, la joya legislativa de Trump se hundirá bajo su propio peso: el de un déficit inflado, un contenido opaco y un millonario herido.
No es la primera vez que Musk sabotea una iniciativa del Congreso: en diciembre pasado ayudó a tumbar un acuerdo de financiación federal que habría evitado el cierre del Gobierno. En aquella ocasión, el Partido Republicano cedió y propuso un parche temporal.
El juego de Musk ya no es influir. Es destruir. Desde fuera, desde su púlpito digital y con el resentimiento del que se cree indispensable. Su ruptura con Trump no es una epifanía moral. Es un aviso de que el poder, cuando no lo tiene, lo dinamita.
Trump le dio a Musk una oficina, una misión (la famosa DOGE: Department of Government Efficiency) y una narrativa de grandeza. Ahora que lo ha perdido todo, lo único que le queda es arrastrar la narrativa de todos con él.
Porque si algo ha quedado claro esta semana es que la ultraderecha corporativa no tiene amigos. Tiene intereses. Y cuando esos intereses se ven amenazados, los dioses tecnológicos no caen. Se llevan por delante el templo entero.
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